Gregorio Buiten es un hombre hecho de huecos. Literalmente: un cuerpo humano como de catalogo médico, pero los órganos han sido sustituidos por globos de cumpleaños a medio inflar y, si uno escucha con atención, oyen dentro una melodía de jazz barato, flauta dulce y ukelele que le dan la bizarra dignidad de un corbatón de terciopelo. Vive en el séptimo piso de un edificio que fue biblioteca y luego templo y ahora solo tiene los pecados de sus inquilinos. Afuera, las campanas del reloj son toses asmáticas, adentro el eco de gongs invisibles. Todo parece a punto de derrumbarse, pero aún colgado, como los calzoncillos de Gregorio, en la cuerda floja de la vida adulta.
La rutina abría a Gregorio la nevera cada mañana: primero, la inspección de yogures (todos caducados desde una era geológica), después la caja mágica de huevos (vacía desde la independencia de Polonia, por lo que respecta a su estómago) y, por último, un tupperware con un trozo de pastel convertido en fósil, cubierto de un moho que ahora, sin duda, había desarrollado religiones, sistemas de gobierno y una Constitución. Gregorio, fiel a su mezquina espiritualidad, le deseaba un buen día a la colonia esmeralda, cerraba la tapa y se preparaba café.
Ese sábado la tetera sonó como si pariera cachorros de mamut y Gregorio, que nunca escuchó la palabra “destino” sin bostezar, decidió que ese día bajaría a la carnicería. Y ahí empieza el problema, o la iluminación, dependiendo de cómo uno interprete el encuentro con una pierna de cerdo punk decorada con tachuelas, o con un piano vertical en el mostrador, encima del cual el carnicero—un tipo afeitado solo hasta la mitad y con bigote pintado de azul—intentaba tocar la Marcha Turca de Mozart con dos botellas de vino como baquetas.
“¿Qué desea usted, hombre de aire?” preguntó el carnicero, sin apartar la vista del teclado ni dejar de repiquetear un Do sostenido con una corva desnuda.
“Quiero una respuesta a mi falta de carne y un cuarto de salchichón.”
El carnicero asintió, como si ambas cosas fueran perfectamente intercambiables, y le rebanó un trozo de salchichón tan largo como la deuda externa.
“¿Va a pagar en verso o en silencio interplanetario?”
Gregorio sacó una moneda, pero en cambio salió flotando una media de su tía Juana, atascada en los engranajes de su subconsciente. El carnicero, sin sorprenderse, la estiró y la colgó en el atril del piano, como si fuera una nota aguda en una partitura de jazz existencial.
La cola de clientes incluía:
— Un pato vestido con frac, que tocaba trompeta con la nariz.
— Una anciana embarazada de noventa y siete años, que mascullaba palabras prohibidas en esperanto.
— Una bolsa de patatas con rostro humano, que le guiñó un ojo a Gregorio antes de comenzar a recitar versos de Bukowski mal traducidos.
De repente, la luz se cortó. El carnicero golpeó furioso la tecla Mi bemol, se partió un vaso en la cabeza y declaró solemne:
“¡Queda inaugurada la Noche de Parodias Siderales!”
Al instante, la carnicería se llenó de humo violeta y la tía Juana—desde la media, convertida ahora en lámpara de lava—empezó a recitar el menú del día:
—Mollejas de unicornio en salsa de pesadillas.
—Paté de recuerdos humillantes.
—Pierna de carnicero rebozada en improvisación.
Gregorio, recordando el último consejo de su psiquiatra (“No aceptes comida de objetos en combustión lenta”), pidió solo agua, pero le sirvieron un vaso de lágrimas de payaso.
La escena, como cualquier cuento para adultos, desembocó en lección moral: Un piano en una carnicería es tan lógico como los deseos de un treintañero en crisis, y solo los valientes compran salchichón cuando las medias de tía Juana gobiernan la realidad.
Cuando Gregorio despertó horas después—o años, ¿quién puede medir el Tiempo alrededor de un piano carnicero?—descubrió que era lunes, que le faltaba un zapato, y que en su nevera, debajo del pastel fosilizado, un diminuto carnicero de plastilina practicaba Chopin sobre la tapa de un yogur vencido. Fue entonces cuando supo: en la vida real, solo sobrevive quien sabe bailar la parodia.
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