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Portada del relato Crónica en la Sombra del Manhattan Inexistente
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Fragmento:


La noche prometía, aunque nadie sabía muy bien qué. Mi cita, Loretta, profesora suplente de filosofía y militante ocasional en causas que cambian cada luna llena, tenía la particular capacidad de citar a Nietzsche y pedir cosmopolitans con una languidez enteramente artificial. Sus ojos revelaban o un trauma infantil o una inconfesable afición por la telenovela argentina media tarde. Me lancé: “¿Qué piensas de la vida?” pregunté, justo cuando el camarero, un tipo con gafas redondas y cabello tan liso que parecía dibujado, derramó una copa sobre mi pantalón, inaugurando la velada con una embarrada de tamaño psicológico, que es mucho más traumático que el tamaño real.

Duración: 04:10

Crónica en la Sombra del Manhattan Inexistente
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Era una noche húmeda en Nueva York, lo que sólo puede significar dos cosas: humedad y Nueva York. Yo, Murray Fishbein, psicoanalista en formación y neurótico a tiempo completo, me encontraba en el fondo de un local llamado “El Cliché Existencial”, un bar para gente que siente que nadie la entiende pero que no tiene el coraje suficiente como para mudarse a París. Mi terapeuta decía que debía salir más; yo sostenía que eso era exactamente el tipo de consejo que, por definición, jamás debería salir de la boca de un terapeuta con un consultorio oscuro, con persianas bajas y olor a sopa instantánea.

La noche prometía, aunque nadie sabía muy bien qué. Mi cita, Loretta, profesora suplente de filosofía y militante ocasional en causas que cambian cada luna llena, tenía la particular capacidad de citar a Nietzsche y pedir cosmopolitans con una languidez enteramente artificial. Sus ojos revelaban o un trauma infantil o una inconfesable afición por la telenovela argentina media tarde. Me lancé: “¿Qué piensas de la vida?” pregunté, justo cuando el camarero, un tipo con gafas redondas y cabello tan liso que parecía dibujado, derramó una copa sobre mi pantalón, inaugurando la velada con una embarrada de tamaño psicológico, que es mucho más traumático que el tamaño real.

Loretta, ignorando la catástrofe líquida, me miró con aire de quien sabe todo lo que no debería decir: “La vida es una sucesión de errores compensados con postre.” Diez minutos después, debatíamos sobre el sentido de la conciencia, el aborto de la creatividad en la rutina doméstica y por qué las aceitunas tenían hueso mientras yo sospechaba que, en algún lugar, un dios aburrido nos miraba y apostaba si íbamos a pedir segundo plato.

Por supuesto, en algún punto apareció mi ex, Judy, un torbellino de autoayuda y tics nerviosos que tenía la virtud de entrar en cualquier lugar como si fuera la escena de un crimen y ella la detective principal. Me saludó con un asentimiento que tenía más filo que el cuchillo de untar mantequilla de mi madre. Había llegado con un tipo inexplicablemente rubio, probablemente actor o aficionado al yoga tántrico. Decidí ignorarlos; tomé una servilleta y empecé a dibujar una espiral mientras Loretta recitaba a Kierkegaard o a algún otro danés deprimente.

El camarero volvió, esta vez con pan y la cuenta, aunque sólo habíamos pedido una bebida. Lo miré como se mira a la persona que, después de arruinarte la infancia, seca el vómito del perro en la alfombra del salón. Pagamos, claro, porque el concepto de deuda me ataca pánico desde que tengo uso de razón y me enteré, a los siete años, de que la biblioteca municipal podía multarte si no devolvías “Las Aventuras de Tom Sawyer”.

En la vereda, la lluvia caía con la obstinación de un escritor rechazado. Loretta, que ya había perdido interés en la conversación, consultó su móvil y murmuró algo sobre una asamblea feminista performática. Me quedé solo, huérfano de diálogo y pronto de paraguas. Es decir, un martes cualquiera.

La ciudad, desde afuera, tiene ese encanto clandestino de las cosas que duelen pero no matan. Decidí caminar. Pasé de largo un hotel con luces de neón intermitente, una mujer gritándole a un taxista y un tipo intentando vender paraguas sin mayor éxito que el editor de mi primer libro de relatos.

Me detuve en una esquina, reflexionando sobre las grandes preguntas de la vida: ¿Por qué seguimos amando a quien ya no nos ama? ¿Por qué las conversaciones profundas terminan pidiendo la cuenta? ¿Y cuál es el verdadero significado de la felicidad, si no es poder irse de un bar sin que te miren como el protagonista de una tragedia griega? En ese instante, fui interrumpido por una paloma que decidió bautizar mi hombro con un blanco existencialismo.

Me reí. La noche era imperfecta, la ciudad cruel y mi vida, un chiste demasiado largo para contarlo en una sola sesión de análisis. Pero estaba bien; al menos tenía el consuelo de saber que, entre el absurdo, la rutina y la tragedia, siempre habría un bar al que entrar, una cuenta sin pagar y una conversación frustrada. Y quizá —sólo quizá— la próxima vez, también una risa compartida.

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