Fragmento:
Con él, como dictaban las malas costumbres y los peores instintos de supervivencia, se encontraban dos compinches. Archibaldo Cortenucas, ladrón profesional de objetos inútiles y presidente vitalicio del Gremio de los Sinsentidos, y la infame Dama Pluncetta, maga interina cuyo mayor logro había sido evocar una rebelión de cucharillas de té. La noche prometía conflictos de identidad, tramas enrevesadas y, como suele ocurrir en los relatos bien equilibrados, un cerdo de hierro con aspiraciones políticas.
Duración: 05:16
En una noche tan oscura como la cerveza barata de la taberna del "Oso y la Rana Bisexual", la ciudad de Ankh-Morpork resoplaba, protestaba y trataba de ignorar los gritos procedentes del Callejón del Almizcleufo. Allí, bajo el parpadeo nervioso de una farola acosada por polillas sindicalizadas, se desarrollaba una epopeya de dimensión ridícula: Lord Baboso, noble por error administrativo y tan sagaz como una piedra en huelga, trataba de recuperar su legitimidad tras perder en una partida de "Enhebra la Anguila" su último sombrero digno.
Con él, como dictaban las malas costumbres y los peores instintos de supervivencia, se encontraban dos compinches. Archibaldo Cortenucas, ladrón profesional de objetos inútiles y presidente vitalicio del Gremio de los Sinsentidos, y la infame Dama Pluncetta, maga interina cuyo mayor logro había sido evocar una rebelión de cucharillas de té. La noche prometía conflictos de identidad, tramas enrevesadas y, como suele ocurrir en los relatos bien equilibrados, un cerdo de hierro con aspiraciones políticas.
Todo había comenzado cuando Lord Baboso, envalentonado por una media botella de vino que, según él, olía a misterio y a pies, decidió desafiar a la Sociedad Secreta de Fabricantes de Sillones. El premio era el legendario Sillón Real, una pieza de mobiliario tan incómoda como legendaria, que otorgaba, se rumoreaba, poder sobre la incomodidad ajena y acceso ilimitado a galletas rancias. La asamblea, presidida por el misterioso Sr. Bislumbre, exigía una prueba de ingenio. El problema era que todos los presentes, incluido el vigilante, carecían del mismo.
"Tedioso es poco", susurró Dama Pluncetta, lanzando chispas involuntarias del extremo de su sombrero, diseñado para ser repelente tanto a la lógica como a la moda.
Archibaldo agitó su bolsa de cosas robadas, produciendo el inquietante repiquetear de cucharas de sopa, llaves sin cerraduras y, en algún punto, el sonido de una rana indignada por la falta de espacio. "¿De verdad necesitas ese dichoso sillón, Baboso? Podríamos venderlo y comprar media docena de buenas razones para emborracharnos," murmuró.
Pero Baboso, cuya carrera política había comenzado y terminado en apenas medio minuto, declamó: "¡No es por el sillón, es por el sombrero! Mi altivez requiere accesorios a juego."
La prueba diseñada por la Sociedad Secreta era simple: encontrar la legendaria Cuchara que No Sabe Dónde Está y presentarla ante el consejo antes de que el cerdo de hierro, ex candidato a alcalde y actual atracción de feria, lograra cantar el himno nacional invertido.
Como es lógico, la última cuchara conocida había huido con una tetera libertina y se escondía bajo el nombre de Señorita Ladylead, de la que sólo se sabía que era aficionada al parchís y a los sombreros de copa.
Comenzó entonces un frenesí de persecuciones, donde Baboso trató de razonar con muebles, Archibaldo sobornó a una marioneta para que le vendiera un mapa, y Dama Pluncetta intentó, sin éxito, lanzar un hechizo de rastreo pero solo logró multiplicar las cucharas existentes hasta que el local parecía la cubertería de un gigante con problemas compulsivos.
Mientras tanto, el cerdo de hierro, conocido en otros tiempos como Lord Tocino, ensayaba estrofas de la canción nacional entre estornudos metálicos y apropiaciones indebidas de nabos ornamentales. Su campaña política, basada en la promesa de más barro y menos vigilancia ciudadana, tenía adeptos inesperados: dos caracoles y una bandera que se negaba a ondear.
La persecución llevó al trío hasta las profundidades del Sótano Supremo del Gremio de Sillones, un lugar tan polvoriento que hasta las telarañas hacían huelga por insalubridad. Allí, tras consultar oráculos embotellados y discutir con una mesa camilla de fuerte acento extranjero, encontraron a la Señorita Ladylead. Estaba, como corresponde, disfrazada de azucarero y custodiada por el mismísimo Sr. Bislumbre en persona, que resultó no ser una persona sino tres erizos disfrazados.
El diálogo que se produjo contenía tantos malentendidos y ecos de alcohol barato que ninguna mente sensata podría seguirlo, así que resumámoslo: tras un concurso de insultos en verso y una breve partida de cartas con normas inventadas, la cuchara accedió a regresar si a cambio le prometían televisión por cable y no ser usada jamás para revolver café soluble.
Baboso, con la cuchara triunfalmente atada al sombrero cual pluma ceremonial, regresó a la asamblea justo mientras el cerdo de hierro, en el quinto verso de su versión dodecafónica del himno, era distraído por un enorme pastel lanzado por Archibaldo tras descubrir la magia del catapultismo espontáneo.
El Sillón Real fue otorgado, la Sociedad Secreta se disolvió para siempre por exceso de risa, y el cerdo fue elegido representante del municipio bajo el lema: “Ni un solo nabo sin barro”.
Y así, bajo un crepúsculo más absurdo que un elefante en tutú, Baboso reinó desde su incomodísimo sillón con una cuchara vigilante, entre consejos de muebles parlantes, política porcina y sombreros decididamente poco dignos. Porque en Ankh-Morpork, como en la vida real, la mejor forma de sobrevivir es saber cuándo sentarse, cuándo cantar y, sobre todo, cuándo esconder las cucharillas.
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