Fragmento:
Guardo una cierta debilidad, no lo voy a negar, por los sótanos mal iluminados y las promesas incumplidas. Y así fue como acabé en una convención de entusiastas de lo mundanamente absurdo, una congregación tan memorable que en la recepción ofrecieron galletas de aspecto sospechoso y café grisáceo, cuya sola contemplación parecía adelantar tres años la fecha de caducidad de mi hígado. La razón de mi asistencia tampoco era heroica: me había afiliado por error a la Sociedad de Microrrelatos Ornitorrínquicos, convencido de que se trataba de un club de etimología. Ya saben, uno de esos lugares donde la gente se alegra enormemente de descubrir el origen de la palabra “bufanda”.
Duración: 04:18
Guardo una cierta debilidad, no lo voy a negar, por los sótanos mal iluminados y las promesas incumplidas. Y así fue como acabé en una convención de entusiastas de lo mundanamente absurdo, una congregación tan memorable que en la recepción ofrecieron galletas de aspecto sospechoso y café grisáceo, cuya sola contemplación parecía adelantar tres años la fecha de caducidad de mi hígado. La razón de mi asistencia tampoco era heroica: me había afiliado por error a la Sociedad de Microrrelatos Ornitorrínquicos, convencido de que se trataba de un club de etimología. Ya saben, uno de esos lugares donde la gente se alegra enormemente de descubrir el origen de la palabra “bufanda”.
Al llegar, un caballero con bigote de orquídea y gafas del grosor de una pecera me dio la bienvenida, o algo aproximado, pues me saludó mientras peleaba con una bolsa de patatas que se aferraba a su muñeca como el último superviviente en una película de catástrofes. Me pregunté si era un performance, porque todo en su expresión sugería que aquel no iba a ser un día normal. Y acerté, claro: nunca lo es cuando uno escucha al presidente de la mesa pronunciar la frase “Ahora, procederemos a la sesión de lectura nudista voluntaria”.
Ah, sí, la famosa sesión nudista. Nadie me había advertido, aunque sospecho que el leve nerviosismo en los párpados de los asistentes sí lo sugería. Desvié mi atención al programa impreso (en Comic Sans, para aumentar la agresión psicológica) que prometía sesiones sobre “El Vodevil Existencial en la Literatura nórdica” y “Cómo no escribir un best seller”. Me apoyé en la pared, que devolvió un suspiro melancólico —o fue el fontanero tras ella, nunca lo supe—, y recé porque la parte de nudista y literaria no fueran simultáneas.
A media tarde, y tras un almuerzo compuesto íntegramente por mariscos infernales y algo que sólo pude describir a Scotland Yard como ‘paté con complejo de broma’, decidí explorar. Aquí es donde la historia llega a su cumbre, o quizá a su bajío, porque encontré algo que cambiaría la narrativa de mi día: la puerta del baño. Ah, pero no era un baño ordinario, no, sino un baño con anuncios colgando que detallaban una subasta de papel higiénico “con historia”.
Entré con cautela reverente, como quien visita la cripta de un santo poco respetable. Allí, un hombre de barba con la consistencia exacta de las estalactitas, estaba sentado en un taburete leyendo “Cincuenta sombras de Grieco: Guía para electricistas con ideas poco convencionales”. Nuestra breve conversación fue un resumen elegante de toda la trayectoria de las discusiones humanas: él explicó que estaba escribiendo un tratado sobre la trascendencia del retrete como punto focal de todas las decisiones importantes de la vida. Dije que me parecía más útil que muchos programas de autoayuda.
El lavabo goteaba. Los tubos cantaban. Sentía claramente que, de todas las posibles vidas, ésta era la única en la que compartiría oxígeno con alguien que afirmaba haber encontrado el sentido del universo tras cinco minutos sentado en una taza galaico-romana.
Volví a la sala principal a tiempo para la conferencia sobre “Las mejores formas de sobrevivir a un club literario utilizando solo sarcasmo y mantequilla”. Esta intervención, francamente larga e incomprensible, fue acompañada por la pantomima de un señor que, sin previo aviso, fingió desintegrarse en polvo mientras el público contemplaba con la absoluta seriedad que sólo se le da a las cosas más ridículas.
Después, hubo un sorteo oscuro y sospechosamente amañado de una tostadora de segunda mano con la promesa solemne de que “a veces tuesta”. Perdí por un número: el fatídico 72, que siempre he sospechado que es una invención de la aristocracia para fregarnos a los demás. Desde ese momento supe que aquel día era ya, oficialmente, un giro argumental de mi vida.
Al caer la noche, y justo cuando consideraba la huida, el presidente me pidió que leyera un microrrelato ante la audiencia. Opté por un texto ambiguo sobre un ornitorrinco llamado Bob que buscaba trabajo como meteorólogo en Escocia. Resultó tan profundamente poco inspirador que la mitad del público despertó súbitamente, bajo la sospecha de que algo monumentalmente intelectual acababa de ocurrir sin que ellos se percataran. El presidente aplaudió como si acabaran de descubrir la cura para el hipo.
Abandoné la convención poco después, atropellado por un tipo disfrazado de salchicha con sombrero de copa. Al mirar atrás, sólo puedo afirmar esto: el sentido de la vida, al menos del mío, probablemente no está en los clubes literarios, ni en los baños filosóficos, ni siquiera en las subastas de papel higiénico. Quizá esté en la certeza de que, por absurdo que sea el día, siempre habrá alguien dispuesto a aplaudirte por intentar comprender a un ornitorrinco. Y eso, en este mundo o en cualquier otro, me parece el mayor de los consuelos posibles.
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