Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
La chica del lago
La niñera
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Portada del relato Orgullo, prejuicio y margaritas
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Fragmento:


De todos modos, acepté la invitación. Si una iba a vivir la vida con el vigor de alguien que se traga las mentas antes de un beso, había que correr riesgos, aunque sean del tamaño de una cita organizada por la vida laboral y las bajas expectativas. Ni bien llegué, Dan ya tenía dos vasos aguardando. Un detalle romántico si pensamos que eran de plástico, llenos de café con leche templado y sobraba espuma porque la barista tenía el mismo pulso que yo al sacarme una ceja. Dan lucía una camisa lila, dos tallas más pequeña, con la leyenda “Seminario de finanzas para influencers” en el bolsillo. Mal presagio.

Duración: 04:19

Orgullo, prejuicio y margaritas
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No puedo recordar en qué momento exacto empecé a identificar los días por el tipo de refresco que quedaba en la nevera, pero fue en torno al tiempo en que la tía Audrey decidió regalarme un libro de autoayuda con el seductor título: “Sé tu propia heroína sin parecer demasiado necesitada”. Me asomé al prefacio y a la primera página, pero abandoné la lectura cuando sugería que los gatos eran sustitutos pasionales del sexo. Era probable que tener tres los catalogara como un síntoma agudo más que un divertido rasgo excéntrico, pero hay verdades que es mejor dejar a la imaginación (o debajo del sofá, junto con las pelusas y alguna braga solitaria).

El viernes amaneció con lluvias inesperadas y un WhatsApp suyo: Dan Malgarini, el contable del tercer piso, hombre de apellidos sonoros y costumbres ignominiosamente tempranas. “¿Café hoy después del trabajo? 😉”. El guiño me puso en alerta, lo cual, considerando que lo máximo que había recibido la semana anterior era un recibo de la luz y un meme de mi hermana sobre soltería, era motivo de una ligera combustión interna. Después de repasar tres veces el mensaje en busca de un error ortográfico, respondí con el emoticono del perrito jadeando. Mala decisión. Sabía que había fracasado cuando me contestó solo: “LOL”.

De todos modos, acepté la invitación. Si una iba a vivir la vida con el vigor de alguien que se traga las mentas antes de un beso, había que correr riesgos, aunque sean del tamaño de una cita organizada por la vida laboral y las bajas expectativas. Ni bien llegué, Dan ya tenía dos vasos aguardando. Un detalle romántico si pensamos que eran de plástico, llenos de café con leche templado y sobraba espuma porque la barista tenía el mismo pulso que yo al sacarme una ceja. Dan lucía una camisa lila, dos tallas más pequeña, con la leyenda “Seminario de finanzas para influencers” en el bolsillo. Mal presagio.

—Me alegra mucho que hayas venido, Penny. Siempre he pensado que eres una mujer con mucha energía… sexual —dijo, como quien anuncia la llegada del ciclo menstrual con jingle propio.

Le di un sorbo al mejor estilo experta y murmurando algo como “Gracias, es el brócoli”. Conversación fluía como salsa de tomate barata: densa, roja y proclive a salpicar donde no debía. Dan asintió mucho más de lo necesario, y para cuando llegó su tercer relato sobre el colapso de los fondos indexados, yo visualizaba mi fantasma flotando sobre la sala, persiguiendo a los gatos de los otros clientes.

Mi móvil vibró. Justo a tiempo: un grupo de chat llamado “Antirománticas sin fronteras” (fundado por mi prima Agatha después de casarse con un poeta finlandés depresivo). Fingí gran preocupación.

—¿Tangólica? —dijo Dan, visiblemente entusiasmado por el término.

—Problema de familia —mentí—. Mi tía ha perdido el sentido del olfato y el perro ya no la reconoce. Tengo que irme.

Afuera llovía. Corrí el riesgo de empaparme y resfriarme, pero por lo menos no tendría que oír ninguna anécdota más sobre criptomonedas humanizadas. Caminé hasta el supermercado de la esquina. Reflexioné sobre los placeres maduros: patatas fritas con crema agria, vino en botella de plástico y la lujosa alegría de no tener que compartir sábanas con ningún “contador con sex appeal administrativo”.

Al llegar a casa, me recibió el grito afónico de un gato, una notificación bancaria sobre saldo insuficiente y la promesa de una noche de telerrealidad británica de alto voltaje y cero implicaciones emocionales. Concluí que, pese a todo, la vida estaba adecuadamente balanceada. Puede que no tuviera citas sexys ni heroínas internas por descubrir, pero lo compensaba con suficientes manteles sucios y excusas creativas para ejercer el delicioso arte del autoengaño feliz.

Mientras me servía un cuenco (enorme) de helado y me lanzaba al sofá, recibí otro mensaje de Dan: “¿Te gustaría ir al club de debate financiero la próxima semana?”. No respondí. Algunas tentaciones solo merecen ser ignoradas, igual que los libros de autoayuda o los exmaridos con nuevo peinado.

Y así, me dormí soñando que alguien, por ahí, inventaba aplicaciones para bloquear sugerencias de citas malas y sobredosis de emociones mal gestionadas. Dulces sueños, Penny. Hoy no habrá moraleja. Y, al menos, el helado estaba delicioso.

Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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La niñera
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.

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