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Portada del relato El sospechoso caso de las ardillas bilingües
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Fragmento:


La investigación principal recayó sobre el Inspector Quesón, un tejón especialmente dotado para resolver enigmas de la flora, y cuya máxima preocupación era evitar arruinarse con un sandwich de mermelada cada mañana. Quesón inspeccionó las lágrimas, las analizó con su lente aumentadora y concluyó: “Definitivamente son lágrimas. Poco saladas, cierto, pero eso es porque aquí la sal es muy cara. Una pista.”

Duración: 05:15

El sospechoso caso de las ardillas bilingües
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En algún lugar invisible, entre el hexágono dos y la parcela de las ranas poseídas, estaba el Bosque Realmente Muy Agradable de la Señora Migaja. Era ese tipo de bosque que hacían los mapas para añadir bonita decoración de árboles, a pesar de que jamás una agencia turística sensata recomendaría visitarlo. Los árboles aquí no sólo susurraban por el viento; recalculaban impuestos, despachaban consejos no solicitados y, de vez en cuando, lloraban. Porque llorar en un bosque es más fácil que, por ejemplo, en una sala de juntas o en una convención de brujos.

El día en que todo empezó (y con "empezó" entendemos una cadena de calamidades que sólo podría desatar un grupo de ardillas armadas con rapidez mental y nueces macizas), el Sol se levantó sin permiso, los pájaros se quejaron de la claridad y la Señora Migaja, envuelta en su manta de setenta y tres bolsillos secretos, decidió cocinar panecillos. Era su estrategia habitual ante circunstancias que requerían autoridad. O harina.

Las lágrimas de los árboles estaban por toda la senda principal. No eran gotas tímidas y esporádicas, sino serruchos líquidos, impregnados de un mal humor maderero, completamente implacable. El roble ancestral, cuya edad sólo se podía calcular en cifras imaginarias, gemía en una polifonía de do y sol sostenido (“¡Ay, mi savia sensible!”). El sauce hacían gorgoritos agudos. Pamela la Haya, propietaria intelectual de las raíces más largas, lloriqueaba por culpa de la deforestación, la crisis de identidad y la caída de Instagram la semana pasada.

Acudieron al bosque toda clase de expertos: el Druida Autónomo, que cobraba por hora y facturaba por minuto; la Abuela Burbuja (no relacionada) que sólo hablaba en eufemismos y versos con rima forzada; y una docena de ardillas automáticamente sospechosas, porque nadie debe confiar en roedores con más habilidades comunicativas que un político post-electoral.

La investigación principal recayó sobre el Inspector Quesón, un tejón especialmente dotado para resolver enigmas de la flora, y cuya máxima preocupación era evitar arruinarse con un sandwich de mermelada cada mañana. Quesón inspeccionó las lágrimas, las analizó con su lente aumentadora y concluyó: “Definitivamente son lágrimas. Poco saladas, cierto, pero eso es porque aquí la sal es muy cara. Una pista.”

Mientras tanto, las ardillas correteaban entre las ramas superiores, farfullando en dos idiomas a la vez. Pronto se supo que no sólo sabían chillar “¡Cuidado devolución de impuestos!” en ardillés antiguo, sino también “¡Mi hipoteca está en juego!” en básico moderno. Nadie pudo determinar si eso las hacía sospechosas o simplemente irritables.

El bosque, al notar la agitación, empezó a dramatizar a un nivel aún más histriónico. El pino sollozó: “¡Nadie aprecia mi resina!” Mientras tanto, los helechos se abrazaban entre sí, mojando el musgo circundante con lágrimas agudas que olían a perdida de dignidad y abono barato.

En consejo de urgencia, la Señora Migaja distribuyó panecillos entre todos los presentes —porque, como decía, ‘nunca nadie soluciona nada con el estómago vacío, salvo las lombrices’— y el Druida, tras la tercera ronda, expresó que la mejor idea era consultar a la Oruga Pitonisa.

La Oruga Pitonisa vivía en el tercer risco a la izquierda, debajo del cartel colorido que rezaba “No molestar, reencarnando”. Cuando finalmente salió, todavía envuelta en su saco de dormir de seda, exclamó con voz profética (y llena de migas): “El llanto durará hasta que se resuelva el gran mal. O hasta que las ardillas devuelvan lo que han robado.”

Quesón entendió, con intuición tejonesca, que el mal robado no podía ser otra cosa que las etiquetas de nombres de los árboles, arrancadas sistemáticamente para cambiar a los nuevos nombres en tendencia. “Sauce Kardashian”, “Pino de la Criptomoneda”, “Roble Sin Gluten”. Un virus cultural más devastador que el escarabajo barrenador.

—¡Ardillas bilingües! —gritó Quesón, con voz de detective de las cuatro de la tarde—, ¿por qué retiran etiquetas e imponen tendencias?

La líder ardilla, conocida como Pompón DobleSílaba, se encogió de hombros. “Las tendencias dictan el flujo de la savia, Inspector. Y nos pagan en nueces premium.”

El círculo, pues, se cerraba. La pena del bosque era, en el fondo, su anhelo por la autenticidad perdida, por la buena madera de antes. Tras largas negociaciones, promesas de hashtags moderados y una cesta de panecillos especialmente elaborados, las ardillas acordaron devolver las etiquetas originales. A cambio, se les permitió escribir subtítulos discretos y abrir una cuenta de redes sociales para el bosque (la contraseña: “madera123”).

Cuando el último cartel fue reintegrado (“Roble robusto, no influencer”), el bosque recuperó la compostura e, irónicamente, sólo lloró de emoción. Los árboles dejaron las lágrimas teatrales para los sauces y los helechos aprendieron a secarse con dignidad.

Y así fue como el bosque aprendió que el llanto es necesario a veces, pero que la moda puede causar más estragos que una plaga de orugas. Especialmente si las ardillas tienen acceso bilingüe y WiFi.

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