Fragmento:
Esta historia comienza un martes, cuando Bernardina recibió una carta inesperada en papel color azafrán, con un perfume sospechosamente masculino: colonia de barbería barata mezclada con el inconfundible aroma del salchichón olvidado en un bolsillo. La carta decía, sin la menor cortesía bibliográfica: “Estimada señora Rubio, ha sido elegida entre varios millones de personas para presidir el Comité de Ética de los Helados Prohibidos. La ceremonia de investidura tendrá lugar esta noche a las once, en el sótano del club más antiguo del barrio: La Secta del Postre Inconveniente. Traiga su propio cubierto.” Firmaba: “El Gran Bigote Anónimo”.
Duración: 04:48
Bernardina Rubio era una señora respetable de mediana edad, con tantos gatos como sombreros de copa (diecisiete, para quienes necesitan certezas). Vivía en la esquina de una ciudad donde los vecinos aún se saludaban y compartían memeces por debajo del umbral de la decencia, pero por encima del buen gusto. La vida de Bernardina solo podía describirse como una ceñuda declaración de intenciones: desayunar huevos cocidos, cuidar geranios, leer prospectos de medicinas y escribir cartas mordaces a la cadena de supermercados denunciando la existencia de conservas de albóndigas veganas. No era feliz ni infeliz, sólo moderadamente indignada, que es el estado natural de alguien que ha sobrevivido a toda su familia, a su juventud, y, sobre todo, a su inocencia.
Esta historia comienza un martes, cuando Bernardina recibió una carta inesperada en papel color azafrán, con un perfume sospechosamente masculino: colonia de barbería barata mezclada con el inconfundible aroma del salchichón olvidado en un bolsillo. La carta decía, sin la menor cortesía bibliográfica: “Estimada señora Rubio, ha sido elegida entre varios millones de personas para presidir el Comité de Ética de los Helados Prohibidos. La ceremonia de investidura tendrá lugar esta noche a las once, en el sótano del club más antiguo del barrio: La Secta del Postre Inconveniente. Traiga su propio cubierto.” Firmaba: “El Gran Bigote Anónimo”.
Bernardina, que sólo iba a esos clubes en sueños (y pesadillas provocadas por queso demasiado curado), decidió que asistir era, lisa y llanamente, lo más razonable que podía hacer. Así que, armada con su tenedor de plata heredado y su abanico funerario (más grande que cualquiera de sus gatos), partió bajo la llovizna. El barrio estaba cargado de contradicciones: en la panadería vendían pan sin gluten y tartaletas de manteca extra, y en las farmacias, los farmacéuticos recetaban antidepresivos mientras aconsejaban sonreír. Pero a Bernardina no la engañaban los excesos del mundo moderno; a ella le bastaban los suyos propios.
El club estaba custodiado por un hombre alto, lampiño y tan inexpresivo como un huevo duro. Tras pronunciar la contraseña (“Mayonesa para todos”), Bernardina fue conducida a una sala forrada de terciopelo violeta. Dentro, la esperaban diecisiete personas de lo más dispar, cada una tan peculiar como una enciclopedia de insectos imaginarios. Uno tocaba el serrucho, otra lloraba lágrimas de mermelada de tomate, otro daba vueltas sobre sí mismo por obligación legal (un caso de hiperkinesia judicial). Todos, sin excepción, llevaban un postizo absurdo: pestañas postizas hechas de fideos, narices de patata y gafas sin pupilas.
El Gran Bigote Anónimo ocupaba un pequeño estrado, iluminado por velas encendidas dentro de sandías huecas. Su bigote era, en efecto, memorable: parecía una fiesta de navidad entre dos orugas deprimidas. El hombre carraspeó, tirando unas migas de croissant de la perilla al suelo:
“Señora Rubio, la hemos elegido porque usted ha demostrado a lo largo de su vida un temple de acero inoxidable, un rechazo sistémico al sentido común y sobre todo, una heroicidad inexplicable en el arte de llevar bufanda en agosto. Es momento de decidir el próximo gran escándalo culinario. ¿Permitiremos los helados de garbanzos? ¿Aceptaremos el regreso triunfal del flan de bacalao?”
Aquí Bernardina sintió que, por primera vez en muchos años, el mundo requería su opinión no para fastidiar, sino para construir barbaridades que otros degustarían en la intimidad del horror gastronómico. Así que intervino, empuñando su tenedor y su dignidad como un ariete ilógico:
“¡Prohibamos la castañuela en repostería y vedemos el azúcar a los poetas tristes! El mundo necesita un poco menos de razón y más de circo. Propongo que sólo los que puedan recitar versos en latín sean servidos con tarta de zanahoria y que los helados prohibidos lleven un certificado de inutilidad, firmado con lágrimas de burócrata.”
El Gran Bigote aplaudió y todos lo imitaron, aunque uno, por error, aplaudió con una berenjena. La reunión terminó con una orgía inexpresiva de palmaditas en la espalda, helados ambiguos y poesía invertida. Bernardina, entre sabor amargo y satisfacción inexplicable, abandonó el club cuando ya despuntaba el alba.
De vuelta en su casa, sirvió comida a sus diecisiete gatos, les leyó la carta de aceptación de su nuevo cargo y, sentada entre geranios y medicinas, decidió que nunca más mandaría cartas al supermercado. Había encontrado, al fin, la utilidad de su indignación: gobernar el mundo secreto de los placeres inconfesables del paladar. Y lo haría con su tenedor en alto y el bigote, virtual pero necesario, de la osadía absurda.
Porque en la vida, y sobre todo en las reposterías, el único pecado real es tomarse en serio uno mismo. Y Bernardina Rubio, presidenta vitalicia del Comité de Helados Prohibidos, nunca más cometió semejante imprudencia.
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