MEMENTO MORI: Las Tumbas
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Portada del relato Las cicatrices de Medianoche
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Aquella tercera noche, sin embargo, algo se desvió de la rutina siniestra. El reloj de la sala, siempre exacto, se detuvo a las doce en punto. Con la pausa deteniéndose incluso en su propio pulso, Sophie fue arrastrada inexorablemente hacia el umbral de la puerta trasera, donde sobre el alféizar crujiente descubrió una pluma negra, tan larga como un dedo, con rastros de cera rojiza en la punta. No recordaba haber visto un cuervo en semanas. Aún así, su abuela le había dicho una vez, entre la vigilia y el sueño: “cuando las cosas del otro lado vengan, te avisarán por su color y su calor”.

Duración: 06:25

Las cicatrices de Medianoche
-a / +A

***

La tarde caía sobre el umbral de la pequeña casa de piedra a las afueras de Larchmere cuando Sophie esperó, con un vaso de vino malgastándose en su mano, el chirrido familiar del viento contra las contraventanas. Habían pasado ya tres noches desde que el mundo conocido se deshilachó frente a sus ojos, la frontera entre lo posible y lo otro difuminada en la penumbra tormentosa de un crepúsculo que nunca hubiera imaginado temer.

No era una mujer que creyera en presagios. La rutina le había dado la autocomplacencia del escepticismo: los libros apilados junto al fuego, los paseos por el bosque, el sonido grave de la voz de Christophe envolviendo el salón en madrugadas de invierno. Pero desde el funeral de su abuela—una mujer tan severa y enigmática, que aún de niña temía pisar su sombra—se encontraba perseguida por detalles inconsistentes: espejos empañados sin razón, pasos leves en el desván, la sensación eléctrica de estar observada mientras dormía.

Aquella tercera noche, sin embargo, algo se desvió de la rutina siniestra. El reloj de la sala, siempre exacto, se detuvo a las doce en punto. Con la pausa deteniéndose incluso en su propio pulso, Sophie fue arrastrada inexorablemente hacia el umbral de la puerta trasera, donde sobre el alféizar crujiente descubrió una pluma negra, tan larga como un dedo, con rastros de cera rojiza en la punta. No recordaba haber visto un cuervo en semanas. Aún así, su abuela le había dicho una vez, entre la vigilia y el sueño: “cuando las cosas del otro lado vengan, te avisarán por su color y su calor”.

Sophie tomó la pluma, sintiendo a través de ella un escalofrío singular—no de frío, sino de reconocimiento. Tras un suspiro seco, la puerta se abrió sola, invitando al aire gélido a colarse con resignada parsimonia por el corredor. Fue entonces cuando, por primera vez desde niña, experimentó la certeza distintiva de no estar sola.

La sombra lucía, al principio, una forma incierta. Una silueta en la que los ojos parecían distenderse como dos destellos de una antorcha apagada, arrastrando tras de sí una estela de olor a tierra húmeda y a flores marchitas. Sophie retrocedió sin querer, manteniendo la pluma extendida ante ella como un talismán ridículo pero ancestral.

“Sophie…,” susurró la oscuridad, la voz de Christophe, pero carcomida, distorsionada como si emergiera desde el fondo de un pozo. “¿Por qué no me dejas entrar?”

El anhelo y el miedo se entrelazaron en su interior; el dolor de la ausencia de Christophe desde su inexplicable desaparición tres meses atrás era una herida expuesta. Pero incluso en el aire embalsamado de la noche, Sophie supo que aquello—eso—no era Christophe. No del todo. El timbre era reconocible, la cadencia dolorosamente familiar, pero tras la voz se deslizaba una nota agria, una profundidad extraña que sugería otras bocas pronunciando su nombre ahora.

La sombra se acercó, el acero de la incredulidad resquebrajándose en su pecho. “Prometiste no dejarme solo”, susurró de nuevo el ser, “pero hay tanto aquí fuera… Tanto que aprender.”

“¿Qué eres?” Sophie apenas reconoció su propia voz, un lamento cortado a medias, tan frágil y feroz como la brisa que reclamaba la chimenea.

El contorno indescifrable de la criatura titiló, su negrura invadiendo el espacio entre los dos. “Soy un eco, un deseo. Soy lo que buscabas cuando llamabas a los muertos con tu llanto.” La figura se detuvo. “Estoy aquí porque tú me trajiste.”

Las palabras le recordaron los relatos prohibidos, las advertencias en voz baja entre las madres del pueblo, las miradas que lanzaban a su abuela cuando salía al mercado con el corazón reseco de secretos incomprensibles. “No vine sola”, murmuró la sombra con un escalofrío, y en ese momento la casa entera crujió, un quejido de madera y piedra, como si el tiempo mismo se encogiera.

De la oscuridad emergieron nuevas figuras, trasgos escurridizos de ojos de perla, bestias que parecían tomar forma del humo y del suspiro más profundo del anhelo humano. Moviéndose a través de las paredes sin peso ni silencio, desplazaron el aire con una danza inhumana, arrastrando jirones de recuerdos y de deseos extinguidos.

Sophie sintió algo desgarrarse internamente, un tirón feroz en las raíces de su mente, el zarpazo de quien intenta separar la carne de la sombra. Recordó las palabras de advertencia, grabadas en la Biblia forrada en cuero en la habitación de la abuela: “No llames aquello de lo que no puedas deshacerte”. Su abuelo, hacía tanto, había desaparecido también una noche de tormenta.

Las sombras susurraban, cada una con voces que recogían fragmentos rotos de rostros familiares, amantes antiguos, enemigos olvidados, y la súplica final de no quedarse atrás. No venían a hacerle daño, sino a arrastrarla hacia el límite mismo entre la memoria y el vacío, donde ningún horror es peor que perderse a uno mismo.

Sophie, con la pluma apretada en el puño—el único talismán contra el olvido—, comprendió entonces que la batalla sería nocturna y perpetua. Que lo paranormal no era tanto lo que invadía desde afuera, sino lo que germinaba en las grietas que dejamos abiertas; que todo lo que se amaba podía volver con otras caras, formas y pétalos venenosos.

“¿Qué quieres de mí?”, jadeó, la voz descarnada, mientras su sombra propia comenzaba a desprenderse de sus talones, arañando el suelo con uñas invisibles.

“He venido a recordarte quién eres cuando nadie escucha tu nombre. He venido porque es hora de que decidas de qué lado del umbral quieres quedarte”, respondió la figura, su rostro entretejiéndose de mil expresiones, algunas que Sophie recordaba, otras que deseaba haber olvidado.

Las criaturas se arremolinaron, formando un círculo. El vino tembló y se volcó en la alfombra, derramando un trazo rojo igual al de la cera en la pluma. Sophie se aferró al objeto, y cerrando los ojos pronunció el único conjuro verdadero que conocía: “No toméis de mí más de lo que el amor ya me ha robado”.

La casa vibró, las sombras chillaron y retrocedieron, arrastrando tras de sí un remolino de suspiros, hasta ser tragadas una vez más por la negrura expectante de la noche. Pero el perfume del olvido no se disipó: en el aire quedó flotando la promesa de otro umbral, otra noche, otra pregunta aún sin respuesta.

Y en el suelo, la pluma. Ardía ahora con una luz tenue, como invitando a Sophie a recordarlo todo, o atreverse, una última vez, a mirar hacia el otro lado.

MEMENTO MORI: Las Tumbas
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.