Fragmento:
Carla encendió la vela más cercana. Una llama azul se alzó y la penumbra bailó a su alrededor, creciendo y menguando con cada respiración. Se percató de la silueta en la ventana: apenas una mancha más densa, el contorno apenas sugerido de un hombre. Los ojos —puros glaciares en detonación— la atraparon. “Estás despierta,” dijo la sombra, y la piel de Carla estalló en puntos de fiebre.
Duración: 04:21
Carla se despertó sudando, la fina sábana enredada en sus tobillos, el corazón retumbando un ritmo algo fuera de lo humano. Corrió las cortinas y una luna enorme y rojiza colgaba en el cielo, demasiado cerca, como si vigilara la ciudad en vez de iluminarla. Los relojes estaban muertos: la electricidad no había vuelto desde la tormenta y el tic-tac silencioso le recordaba el otro silencio que aguardaba en el pasillo, detrás de todas esas puertas cerradas.
Había soñado con él de nuevo. Ese desconocido que llevaba ojos como el trueno y una sonrisa tallada a fuerza de secretos. En el sueño, su piel se curvaba bajo la suya y el mundo se volvía del revés, atravesado por relámpagos lilas que no existían en la vigilia. Sabía perfectamente que era más que un sueño: llevaba semanas despertando con marcas rojizas y una humedad entre las piernas que nada tenía que ver con la temperatura de la noche.
Bajó descalza por el largo pasillo, con la bata a medio abrochar, la casa entera empapada en ese silencio denso y expectante. Él estaba allí. No en carne, no del todo, pero sí. Un escalofrío la rozó y supo que, invisible, él la observaba en cada sombra. Las puertas pesadas hacían eco de sus pasos. “¿Hoy vendrás de verdad?” susurró, la voz más felina que humana. En la sala, el aire se volvió más frío al instante.
Carla encendió la vela más cercana. Una llama azul se alzó y la penumbra bailó a su alrededor, creciendo y menguando con cada respiración. Se percató de la silueta en la ventana: apenas una mancha más densa, el contorno apenas sugerido de un hombre. Los ojos —puros glaciares en detonación— la atraparon. “Estás despierta,” dijo la sombra, y la piel de Carla estalló en puntos de fiebre.
Sabía quién era, aunque ningún humano tenía su nombre. Un demonio, un guardián, un amante arrancado de algún infierno para lamer sus heridas. “¿Quieres jugar conmigo esta vez?” preguntó, acercándose tanto que la vela chisporroteó. Su voz era como vino oscuro sobre una herida. Carla se lamió los labios, sintiendo la electricidad recorrer su columna. “No he dejado de quererlo desde la primera noche.”
Brazos invisibles, pero contundentes, la rodearon, empujándola hacia el diván. Un frío besó su nuca y después caliente, una lengua de sombra mojó su clavícula y bajó por el escote abierto. Manos que no podía ver la abrieron y le apartaron la bata. Su piel se templó con cada susurro que le dejaba en el oído: palabras en el idioma de los suspiros.
Carla se arqueó cuando la boca de sombra recorrió su pecho, su vientre, las curvas que temían despertar. Sintió el peso de un cuerpo imposible sobre el suyo, la presión emocionante del deseo y el peligro. Podía olerlo: a humo, a relámpago, a bosque mojado tras una noche prohibida. “Déjame verte”, murmuró. Él rió, bajo y oscuro, y la realidad osciló: durante un instante, su rostro emergió del crepúsculo —pómulos afilados, labios crueles, una belleza voraz que dolía ver.
Las manos de niebla se hicieron carne justo donde ella más lo necesitaba. El placer la perforó, vibrando como el primer grito de tormenta. Ella lo cabalgó con la misma ferocidad con la que había amado hombres mortales, pero este no era un hombre —era todo instinto, poder y noche, y la hizo suya en un estallido deliciosamente inhumano. Refugio en su abrazo, el peligro en la forma en que la mordía sin dientes y la bebía sin labios.
Horas después, aún entrelazados en un nido de frío y calor, Carla clavó la vista en la luna, ahora blanca, suave. “¿Mañana vendrás?”, preguntó, la voz un poco temblorosa de cansancio y deseo satisfecho. Él la miró —ojos morados como la aurora— y asintió. “Siempre que me nombres antes de dormir, amor mío. La noche nos pertenece.”
Y la electricidad regresó en el mismo instante —luces parpadeando, la ciudad entera volviendo a respirar. Menos en su sala, donde las sombras seguían bailando en torno a sus cuerpos aún entrelazados, esperando otro eclipse, otra noche, otro abrazo imposible. Carla sonrió, sabiendo que los días ya no le importaban. Había encontrado placer y peligro en los brazos de un amante al que sólo la oscuridad podía reclamar. La ciudad podría dormir; ella no.
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