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Portada del relato Susurros en la penumbra
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Fragmento:


La lluvia golpeaba el ventanal con intensidad, ocultando por momentos el lejano ulular del viento entre los riscos. El salón apenas se iluminaba con el débil resplandor de la chimenea, proyectando sombras movedizas sobre las paredes cubiertas de antiguos retratos. Cada imagen parecía observarla, siguiendo cada paso con ojos inmóviles, atentos. En el centro de ese mundo detenido, Lyria se desplazaba descalza, envuelta en una bata de terciopelo negro que relucía apenas bajo la danza del fuego.

Duración: 04:26

Susurros en la penumbra
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La lluvia golpeaba el ventanal con intensidad, ocultando por momentos el lejano ulular del viento entre los riscos. El salón apenas se iluminaba con el débil resplandor de la chimenea, proyectando sombras movedizas sobre las paredes cubiertas de antiguos retratos. Cada imagen parecía observarla, siguiendo cada paso con ojos inmóviles, atentos. En el centro de ese mundo detenido, Lyria se desplazaba descalza, envuelta en una bata de terciopelo negro que relucía apenas bajo la danza del fuego.

Desde su llegada a la mansión Armand, los susurros no le habían dado tregua. Se deslizaban bajo las puertas, retozaban en esquinas escondidas, llamándola por su nombre entre el crepitar de la madera vieja. Había intentado ignorarlos, atribuyéndolos al cansancio o tal vez a los caprichos de su imaginación, pero esta noche no había forma de apartarlos. Algo la empujaba —un ansia en la sangre que no podía explicar— a recorrer los corredores prohibidos más allá de la biblioteca, hacia el ala este, sellada desde la muerte abrupta del último señor de la casa.

La puerta crujió, cediendo bajo la presión de su mano temblorosa. El pasillo estaba impregnado del dulce olor de las flores marchitas y un perfume más intenso, carnal, que Lyria apenas lograba identificar. Una figura recortada por la penumbra surgió delante de ella. Alto y elegante, el extraño lucía tan fuera de lugar como una sombra en la nieve. Tenía ojos de un azul imposible y una sonrisa entre peligrosa y seductora.

—Te preguntaba cuándo te atreverías, pequeña —musitó él, y su voz llegó como una promesa gastada—. La casa no acepta extraños, ¿sabes? Solo los elegidos.

Lyria sintió que su cuerpo respondía antes que su lógica. Su corazón latía como otro susurro dentro de su pecho al cerrar la distancia entre ambos. Pudo apreciar la piel pálida de él, los labios que la invitaban al pecado y la repulsión simultánea. Sus palabras se colaron en su conciencia como una caricia y una amenaza a la vez.

—¿Quién eres? —preguntó, aunque la respuesta vibraba en sus venas como una melodía antigua.

—Soy la verdad que temes y el deseo que niegas. Aquí, todos llevamos máscaras. Pero tú… eres la excepción.

Él extendió una mano enguantada, y al rozar la suya, Lyria sintió su mundo desmoronarse y rehacerse al mismo tiempo. En ese toque había historias de amantes devorados por sus pasiones, promesas de entrega absoluta y secretos que ningún mortal debía conocer. Quiso apartarse, pero el calor, el vértigo, fueron más fuertes que cualquier voluntad.

El pasillo fue cortándose a su paso, como si la casa misma los empujara, atrapándolos en una habitación cuyo aire era denso —invadido por el aroma de la madera, el incienso y el ansia compartida. El respaldo de una cama antigua detuvo a Lyria y solo entonces comprendió el verdadero peligro al que se enfrentaba. No había salida allí. Y, con un suspiro entre sus labios, el extraño se inclinó, rozando apenas su mandíbula.

—Quiero tus secretos —susurró él—. Dame tus miedos, permíteme mostrarte la oscuridad que también te pertenece.

El estremecimiento que recorrió el cuerpo de Lyria fue tan físico como espiritual. Sintió que, en ese momento, su alma oscura se entrelazaba con la de aquel ser. Supo que no podía huir, que no tenía deseo de hacerlo, y que toda su vida la había preparado para este preciso instante. La tela de la bata resbaló de sus hombros como una sombra. Él la rodeó con sus brazos y la besó sin prisa, reclamando cada parte de ella como un secreto desvelado al fuego.

El reloj antiguo dio la media noche. La casa calló de golpe, y los susurros cesaron, como si todos los fantasmas aguardaran lo siguiente. Los cuerpos se buscaron en la oscuridad; la piel se volvió el único sendero seguro, y el placer se mezcló en los labios y las manos como una fuerza ancestral. Era dulce, era feroz, era, sobre todo, la certeza de pertenecer, aunque fuera en la tiniebla.

Después, él la contempló largo rato, mientras el secreto de sus nombres flotaba silencioso entre ambos.

—No temas, Lyria. Esta noche es solo el principio —le prometió el extraño—. A veces, la oscuridad no es enemiga, sino amante.

Y mientras la tormenta rugía afuera y las viejas paredes susurraban su contento, Lyria comprendió. No todas las pasiones son para la luz del día. Algunas arden eternas… en el corazón mismo de la sombra.

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