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Portada del relato Susurros en la Ciénaga
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Fragmento:


La niebla se enrollaba en los castaños como una piel húmeda y pálida, y el aire cargado de ese olor terroso que augura lluvia. El pueblo de Swallow Creek tenía leyendas para espantar a propios y extraños, pero ninguna que advirtiera sobre noches como esta, en que el miedo se colaba bajo las puertas como el agua de la ciénaga.

Duración: 04:49

Susurros en la Ciénaga
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La niebla se enrollaba en los castaños como una piel húmeda y pálida, y el aire cargado de ese olor terroso que augura lluvia. El pueblo de Swallow Creek tenía leyendas para espantar a propios y extraños, pero ninguna que advirtiera sobre noches como esta, en que el miedo se colaba bajo las puertas como el agua de la ciénaga.

Lena caminaba despacio, sus botas chapoteando mientras se adentraba en la oscuridad. Sus cabellos rojos, opacos por la humedad, le pegaban al cuello, y cada paso parecía arrastrar secretos. Llevaba años trabajando como forense en Charleston, pero había regresado para cuidar a su madre moribunda. La vieja casa familiar crujía con más historias de las que Lena estaba dispuesta a escuchar.

Esa noche, mientras manejaba de regreso a casa después de otra tarde en el hospital, vio el coche estrellado contra el viejo roble al borde la carretera. Frenó. El faro delantero del sedán oscilaba, mostrando la sangre en el parabrisas rota y una figura inmóvil en el asiento del conductor. Lena se apresuró, el desasosiego creciendo. Al abrir la puerta —con ese olor a sangre y cobre y miedo— vio a una mujer joven, sus ojos verdes abiertos y fijos en un punto imposible, la boca intentando formar una palabra que la muerte había dejado a medias.

El susurro llegó más tarde. En la ducha, con la cortina empañada y los azulejos fríos bajo sus pies, Lena se sintió observada. Un silbido, primero, y después una cadencia: “Ayúdame”. El agua resbaló junto a algo más, la certidumbre helada de que no estaba sola. Se envolvió con la toalla y salió temblando al pasillo. Por un momento, creyó ver una silueta tras la puerta, los cabellos empapados y los ojos verdes reflejando el resplandor de la lámpara.

Al día siguiente, mientras examinaba el cadáver en la morgue improvisada del pueblo, el forense local meneó la cabeza. “No es de aquí. Nadie la ha visto antes.” Lena, con guantes de látex, tocó la muñeca fría, y—por un instante—el leve estremecimiento de un músculo debajo de la piel muerta. En sus oídos, otra vez esa voz húmeda: “No me dejes aquí”.

Esa noche se le rompió la calma. Lo buscaba en internet—accidentes, desapariciones en Swallow Creek, leyendas antiguas—pero ninguna referencia a una joven con ojos verdes ni a su espectro insomne. En el umbral del dormitorio, escuchó el eco de una respiración que no era la suya. La ventana se empañó con una huella de mano, marcando un mensaje ilegible. Lena se preguntó si la ciénaga, fuente de todos esos susurros y misterios del pueblo, no estaría reclamando una nueva víctima. O un testigo.

Los días siguientes fueron un desfile de señales: cabellos mojados en el lavabo, agua goteando de un grifo que cerraba con mano firme, un perfume dulzón flotando en el corredor. La presencia avanzaba, rodeando su cama, sentándose en la oscuridad a pocos metros de donde Lena intentaba dormir. En sus sueños veía el coche estrellado una y otra vez, pero la joven nunca moría; seguía caminando hacia la ciénaga. Lena, desde la otra orilla, sólo podía mirar.

Decidida a cerrar el círculo, Lena acudió al viejo pastor del pueblo. “Dicen que la ciénaga guarda lo que es suyo”, le confió él, sin mirarla, “pero de vez en cuando, escupe algo que no debe”. No hay exorcismos en el mundo moderno, pero Lena recogió una cruz herrumbrosa y un frasco de sal, reliquias para una guerra inútil.

Aquella noche llovió tan intensamente que el agua lamió los peldaños del porch. Lena salió con la linterna y el corazón galopándole en el pecho. Sintió la atracción de la ciénaga, vislumbró a la joven—empapada, pálida, sus ojos furiosos de sufrimiento. “No me dejes aquí”, suplicó una vez más, su silueta borrosa por la lluvia.

Lena, en un gesto desesperado, la siguió hasta la orilla. El agua estaba helada, labios invisibles besando sus tobillos, y la figura se movía hacia el centro, cada vez más transparente, como si la misma muerte la reclamara. “Ayúdame”, imploró una última vez, tendiendo la mano.

Sin saber cómo, Lena encontró la fuerza para abrazar ese cuerpo incorpóreo, apretándolo contra sí mientras el agua ascendía. La sal ardió en la cintura, la cruz brilló y se enfrió entre sus dedos, y la ciénaga, hambrienta, pareció soltar una bocanada de aliento antiguo. Hubo un destello, luego solo oscuridad.

Al amanecer, la ciénaga estaba en calma. No había rastro de la joven, ni del accidente, ni siquiera de las huellas fangosas bajo las ventanas de Lena. Solo ella, de pie, empapada y temblando bajo el sol incierto, se preguntaba si acaso había salvado a alguien o si una pequeña parte de su alma había sido reclamada en el pacto silencioso que tejían los vivos y los muertos en las noches de Swallow Creek.

Desde entonces, cada vez que la niebla baja y el viento trae voces, Lena se asoma a la ventana, buscando otra figura en la ciénaga, escuchando susurros que prometen que el mundo, después de todo, nunca abandona a sus fantasmas.

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