Fragmento:
La tormenta estalló justo cuando el reloj marcó medianoche, cubriendo el bosque con una neblina azulada y eléctrica. En la cabaña de madera, Aurora sentía el tamborileo de la lluvia como un eco lejano de su propio corazón, agitado y expectante. Afuera, lobos aullaban, la luna filtrándose entre los árboles con una claridad cortante; adentro, el aire estaba denso de presagios. Sabía que él volvería aquella noche —y, pese al peligro, lo deseaba.
Duración: 04:01
La tormenta estalló justo cuando el reloj marcó medianoche, cubriendo el bosque con una neblina azulada y eléctrica. En la cabaña de madera, Aurora sentía el tamborileo de la lluvia como un eco lejano de su propio corazón, agitado y expectante. Afuera, lobos aullaban, la luna filtrándose entre los árboles con una claridad cortante; adentro, el aire estaba denso de presagios. Sabía que él volvería aquella noche —y, pese al peligro, lo deseaba.
Gideon era un secreto oscuro que se ocultaba entre sombras y medias verdades; sus ojos, tan inhumanos como hermosos, la encontraban siempre en los lugares donde el miedo se abrazaba con la excitación. Cada encuentro dejaba una huella pequeña en su espíritu, una quemadura dulce de la que no podía —ni quería— curarse. El crujido de la puerta la estremeció, y reconoció el aroma de humo y bosque que precedía a ese visitante del crepúsculo.
—No debiste venir —susurró Aurora, pero su voz no era de reproche, sino de bienvenida temblorosa.
Gideon la estudió por un largo segundo, su silueta apenas visible en la penumbra, grande y peligrosa. Él cerró la puerta tras de sí, la madera retumbando como la sentencia de un juez. Su presencia llenaba la estancia: un músculo apenas contenido, una furia domada solo por la fragilidad de su cariño hacia ella.
Con paso lento, se acercó. Aurora lo sentía en la piel, en el pulso; sentía el peligro que acechaba bajo su piel, como si el mundo entero pudiera romperse en un instante si él así lo decidía. Gideon alzó una mano, acariciando su mejilla con los nudillos. Sus dedos eran fríos, pero dejó tras de sí la estela ardiente del anhelo.
—La tormenta me ha traído hasta ti —dijo, con esa voz que sonaba a piedra y promesa—, y esta vez no pienso irme.
Aurora no respondió. Se dejó guiar, atrapada en la mirada de esos ojos que prometían paraísos y oscuridades a partes iguales. Gideon la arrastró suavemente hacia su abrazo, hasta que su respiración se mezcló con la de ella. El relámpago iluminó por un segundo la estancia, haciendo brillar la marca al rojo vivo en el cuello de él; el antiguo sello por el que otros lo cazaban, y por el que ella, inexplicablemente, lo quería más.
Sus labios la encontraron, primero suaves, después exigentes. Aurora respondió, cada besó eludía la razón, deslizándola por el suave abismo que sólo ellos compartían. Por fuera, la tormenta arreciaba, pero allí, bajo las mantas y el fulgor de sus cuerpos, solo existía el roce, el deseo, la comunión silente de quienes conocen los riesgos y los toman.
Los secretos entre ambos eran muchos, pero esa noche, ninguno importó.
Aurora hundió los dedos en el pelo de Gideon, atrayéndolo aún más. Él se dejó caer sobre ella, los dos envueltos en la promesa rota de la madrugada: que habría un mañana. Pero ambos sabían que cada encuentro podía ser el último. Cuando sus cuerpos se unieron, Aurora sintió la vibración del otro mundo atravesándola; un pulso antiguo, ancestral, que solo aquellos ligados por el destino podían reconocer. Sus ritmos se entrelazaron como los árboles vencidos en un vendaval, y todo lo demás desapareció.
Después, cuando el sudor y el temblor empezaron a enfriarse, Gideon apoyó la frente contra la de Aurora, sus palabras un susurro cargado de terror y ternura:
—Nunca dejaré que te hagan daño. Si alguna vez te pierdo… la noche misma vendrá por todos nosotros.
La frase quedó suspendida en el aire, vibrante, mientras el primer indicio del amanecer hacía palidecer la tormenta lejana. Sabían que, al abrir los ojos, el mundo insistiría en separarlos; que otros poderes acechaban, deseosos de romper esa burbuja de tiempo robado bajo la lluvia. Pero, por unas horas, la cabaña fue solo suya: peligrosa y secreta, abrasadora de vida y misterio, resonando todavía con la voz de los truenos y la promesa temblorosa de otra noche juntos.
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