Fragmento:
Él cruzó el umbral, y la tormenta pareció aullar con aprobación. Cerró la puerta sin tocarla, y con ese gesto la realidad se plegó: la madera, el aire, incluso la humedad parecieron confabularse, cerrando el mundo y dejándolos a solas en la atmósfera vibrante del reencuentro. Alexandra quiso preguntar su propósito, pero una parte de sí misma sabía el motivo de esa visita, lo había soñado noche tras noche, encarnado en caricias invisibles sobre su piel.
Duración: 05:44
La tormenta había comenzado justo cuando Alexandra sintió la inquietud crecer en su interior, una vibración en la sangre que no conocía pero que reconocía como una llamada. Intentó ignorarla mientras descendía la escalera centenaria de la casona aislada, pero era imposible apartar la presencia que, invisible, reptaba tras su sombra. La noche afuera devoraba el mundo, salvo por destellos eléctricos que dibujaban figuras extrañas en los ventanales empañados. Un perfume antiguo, mezcla de madera húmeda y jazmín, la seguía como una caricia inquietante.
No estaba sola.
La mansión había pertenecido a su familia por generaciones, pero esa noche Alexandra se sentía como una desconocida, una intrusa en una realidad que desafiaba sus recuerdos de infancia. Al llegar al vestíbulo, la mirilla de la puerta principal reflejó algo más que su figura: vio ojos dorados, fijos y luminosos, brillando más allá del cristal, más allá de lo humano.
Afuera, la lluvia lavaba la oscuridad y el silencio, pero dentro el aire se arremolinó con un murmullo gutural. Alexandra dudó, sus dedos temblando sobre el pomo. La sensación de expectativa era casi dolorosa, un temblor en la columna que prometía tanto peligro como posibilidad. Abrió.
Él estaba allí. Alto, nada más cruzar la puerta su presencia llenó cada hueco de la estancia, desplazando la realidad cotidiana con algo más… antiguo. Los ojos dorados encendieron en ella recuerdos que no eran suyos: pasajes de un bosque bajo lunas gemelas, manos entrelazadas que sanaban heridas, promesas juradas bajo umbrales de piedra. Sabía su nombre incluso antes de oírlo.
—No has olvidado, Alexandra. La sangre se acuerda —dijo la voz, oscura y aterciopelada, rozándola como labios en la nuca.
—Debería haberte temido —susurró Alexandra, aunque su miedo era tan dulce que rozaba el deseo.
Él cruzó el umbral, y la tormenta pareció aullar con aprobación. Cerró la puerta sin tocarla, y con ese gesto la realidad se plegó: la madera, el aire, incluso la humedad parecieron confabularse, cerrando el mundo y dejándolos a solas en la atmósfera vibrante del reencuentro. Alexandra quiso preguntar su propósito, pero una parte de sí misma sabía el motivo de esa visita, lo había soñado noche tras noche, encarnado en caricias invisibles sobre su piel.
—Has sentido la llamada —afirmó él, acercándose. El perfume de su piel era como el de las hojas mojadas al alba, adictivo, ancestral.
Su aliento rozó la piel de Alexandra, quemando más allá de lo físico. Sabía que él no era humano. Había escuchado las historias de su bisabuela sobre hombres que venían con la lluvia y se alimentaban de deseo, pero esas historias eran advertencias… o invitaciones. No importaba ya. Porque el pulso que compartía con ese ser la llamaba a rendirse, a diluir la voluntad en placer y en peligro.
—¿Por qué ahora? —preguntó, apenas un susurro.
Sus manos, grandes, suaves, le rodearon la cintura. Su boca trazó un sendero sobre la línea de su mandíbula, y Alexandra tembló, el cuerpo despertando a sensaciones nuevas bajo la promesa de posesión.
—Porque esta noche eres de la sangre y de la luna. Y porque yo también recuerdo.
Y la besó, y en el beso Alexandra vio la verdad de los susurros familiares. El roce de sus labios fue un pacto antiguo, y la energía que los envolvía bailó entre la vida y la muerte, la redención y el peligro. La pasión la desbordó con fuerza ancestral; el deseo era tan vasto y profundo como la noche.
Él la llevó hacia la escalera, los pasos retumbando en la madera como latidos desbocados. Mientras subían, la textura de la casa les iba entregando secretos: las sombras proyectadas por el relámpago, el rumor subterráneo de voces pasadas. Al llegar a la habitación, la atmósfera era densa, saturada de humedad, feromonas y promesas cumplidas al fin.
Se despojaron de la ropa como quien se deshace de siglos de distancia. Alexandra sintió que cada prenda era un velo, no solo de tela, sino de recuerdos y siglos de espera. Él la acarició como si cada rincón de su piel fuese sagrado, lamiendo heridas invisibles, despertando fuego bajo su carne, hasta que todo en ella vibró con energía eléctrica y cruda.
El placer fue como una corriente oscura, subiendo por su columna, haciéndola gemir, moverse por instinto bajo el roce seguro y paciente. Él le susurraba palabras en un idioma que reconocía la médula de sus huesos, promesas de unión que no terminaban jamás. Cuando le invadió, lo hizo con suavidad brutal, llenándola de un calor febril, haciéndola sentir anclada entre mundos. Juntos se movieron en una danza cíclica, tan vieja como la noche y el tiempo, donde los límites de lo físico y lo etéreo se disipaban.
La tormenta alcanzó su clímax allá afuera justo cuando ambos se rendían al suyo. Alexandra gritó su nombre —Melkior, el nombre que no conocía y que ahora recordaría para siempre— justo cuando la energía de él la llenó y la salvó. En ese instante supo que su vida ya no le pertenecía, que algo en ella había cruzado definitivamente el umbral del otro mundo.
Después, yacieron entrelazados en la oscuridad, lado a lado, respirando en sincronía. Melkior jugó con su cabello, y Alexandra sintió la paz de quien finalmente ha regresado a casa tras milenios de ausencia.
—¿Esto es para siempre? —preguntó ella.
—Siempre fue para siempre, amor mío —susurró él, y la caricia de su voz desterró cualquier miedo.
Mientras la tormenta se alejaba y el alba comenzaba a pelear su sitio entre las nubes, Alexandra comprendió la magnitud de la promesa cumplida. Allí, entre las sombras y el deseo, era amada, y peligrosa, y eterna.
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