Pack Harry Potter - La serie completa
Powerless (edición especial limitada)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Portada del relato Cautivos de Medianoche
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Fragmento:


Se detuvieron a centímetros, su aliento era un enjambre de mariposas oscuras. El reloj daba las tres y veintitrés. Fuera, las primeras gotas de lluvia caían sobre la ciudad, arañando el cristal, marcando el compás de un encuentro que ya había sucedido mil veces en el filo de la luna. Cassian pasó los dedos por la mejilla de Annalise, apenas rozándola, pero ese contacto fue suficiente para que el teatro exhalara un gemido. El edificio reconocía el rito, el inminente sacrificio.

Duración: 04:46

Cautivos de Medianoche
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Estaba oscuro, mucho más allá de la simple ausencia de luz. Una oscuridad que tenía peso, que jadeaba, que susurraba su deseo hambriento en recovecos de mármol frío y terciopelo rojo. En el vestíbulo del antiguo teatro, una figura aguardaba de pie, perfectamente erguida, como el acorde de un violinista en clave menor que precede al estallido de una sinfonía prohibida. Su piel era pálida, casi translúcida bajo el dorado mutilado de una lámpara art decó que parpadeaba en el vacío. Se llamaba Cassian.

Por las escaleras, el eco de unos pasos, agudos y descalzos, caminaban el mármol con la impaciencia de un deseo viejo. Annalise se acercó envuelta en seda negra, la tela resbalando como agua sobre un cuerpo dibujado solo para el pecado. No se miraron. El aire entre los dos vibraba con el tipo de electricidad que precede a la tormenta o a la destrucción. Había una historia cerrada entre ellos, capítulos escritos en la lengua de los insomnes y los malditos.

"Te llamé", dijo Cassian, y su voz era un vino tinto derramado sobre una losa funeraria. Annalise sonrió, mostrando los colmillos afilados no como una amenaza, sino como una invitación.

"Sabes bien que nunca puedo resistirme a tus invocaciones", contestó ella, aproximándose, dejando atrás el mundo de los vivos con cada paso sensual.

Se detuvieron a centímetros, su aliento era un enjambre de mariposas oscuras. El reloj daba las tres y veintitrés. Fuera, las primeras gotas de lluvia caían sobre la ciudad, arañando el cristal, marcando el compás de un encuentro que ya había sucedido mil veces en el filo de la luna. Cassian pasó los dedos por la mejilla de Annalise, apenas rozándola, pero ese contacto fue suficiente para que el teatro exhalara un gemido. El edificio reconocía el rito, el inminente sacrificio.

"¿Vas a hacerme suplicar esta vez?", susurró Annalise, envolviendo a Cassian con sus brazos, sintiendo la rigidez sobrenatural de su cuerpo. Era como abrazar una tormenta detenida, eléctrica y peligrosa.

"No", replicó él, "esta noche será diferente. Esta noche no te dejaré atrás."

Una chispa eléctrica zumbó entre sus bocas antes de besarse. Cassian sabía a hielo y especias, a eternidad contenida, a secretos nocturnos resguardados durante siglos. Annalise mordió con suavidad, lamiendo la sangre con una destreza aprendida mucho antes que el remordimiento o la vergüenza. Sus cuerpos temblaron mientras los límites entre el dolor y el placer se desdibujaban en el terciopelo mancillado del teatro.

La oscuridad se hizo aún más densa, como si el mismo espacio quisiera presenciar la comunión. El estigma del deseo recorrió sus venas, encendiendo cada nervio. Cassian, fuerte y poseído, dominó el silencio, acunando el cuello delicado de Annalise, mientras ella le respondía en un lenguaje sin palabras. Una danza de garras y lenguas y jadeos. El sonido de la piel húmeda en la penumbra llenaba el aire de una música que sólo los fantasmas podían bailar.

"¿Me deseas?", rompió Cassian el silencio, su voz baja enterrada en la garganta de Annalise.

"Siempre te he deseado. Incluso antes de saber quién era yo. Incluso antes de saber que tú eras real."

Mientras la sangre caía gota a gota en la grieta entre tablones antiguos, el eco de una excitación ancestral se propagó por los corredores. El teatro se iluminó desde adentro, un resplandor carmesí que palpitaba en cada rincón.

No había amor en lo que hacían, no en el sentido terrenal. Era hambre, escozor, la rabia de los que han tenido que vivir ocultos al deseo, la venganza sutil de las noches interminables. Annalise se arqueó, y Cassian la sostuvo, engullendo cada estremecimiento, cada retazo de alma que se le escapaba de los labios rojos.

Los cuerpos empapados, las lenguas enredadas, la lluvia golpeando con furia afuera y el ardor encendido adentro, crearon un microcosmos donde la realidad se astilló. Nadie era quién parecía. No permanecían en el mundo de los vivos ni de los muertos: solo en la grieta que ambos ocupaban juntos.

Cassian apretó el pulso de Annalise contra su boca mientras ella lo miraba, orinando en la oscuridad, con ojos llenos de lo eterno y lo funesto. Él bebió, sintió el vértigo de la caída, la promesa de destrucción mutua. Annalise lo atrajo aún más cerca, y juntos, desbordados, cruzaron un umbral al que ya no pertenecían.

La ciudad nunca supo cuán cerca estuvo de ser devorada por la misma tormenta que gemía bajo las ruinas del teatro. Solo los amantes recordaron, en la sangre y el éxtasis, que la noche tiene dueños, y a veces —solo a veces— permite que dos monstruos se salven juntos.

El silencio regresó, tan denso como antes. Los ecos de su unión persistieron, arañando las paredes, gritándole al amanecer que hay placeres tan oscuros que ni el sol se atrevería a mirar.

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