Fragmento:
El resto de la mañana lo emplearon en itinerarios cruzados. Álex desapareció en los bajos fondos del puerto, reclamando favores viejos, mencionando el nombre de Lara entre bocas que solo se abrían para pactos de silencio y deudas ya saldadas. Descubrió a dos viejos informantes—uno ya tullido, el otro entregado al alcohol—que recordaban a la agente caída en desgracia. Lo habitual, escuchó, era que Lara se moviera entre almacenes en Montjuic y bares del Paral·lel, disfrazada, invisible para casi todos, pero no para quienes sabían ver más allá del disfraz. Se reunieron horas después en un bar de tragaperras y televisores sin volumen. Rebeca traía noticias de la redacción: la presión policial sobre el periódico aumentaba y la editora Teresa, la única aliada fiable en el diario, había sido citada a declarar por la comisaría. Alguien había filtrado que estaba en contacto con los investigadores del caso Rubí. Quien filtró no se atrevía aún a traicionarlos del todo, pero la cuerda se tensaba.
Duración: 13:35
Capítulo 4: Tratos en las sombras
La ciudad despertaba a trompicones, con la fatiga agrietando cada baldosa, cada cara. Barcelona, después de noches como la anterior, amanecía costrosa, irritable, y a cada rincón—sobre todo en los rincones donde la ley calla—el aire olía a miedo y a café recalentado. Álex Valera observó la calle desde la repisa de la ventana de la pensión, acunando una taza grasienta. Bajo él, la niebla intentaba ocultar lo que los hombres no podían o no querían olvidar; la escoria de quince años, los rostros que se habían borrado del registro y de la memoria, el hedor persistente del caso Rubí.
El correo con la grabación y la fotografía había partido a medias entre la vergüenza y el alivio. Aún así, la inquietud reptaba en la piel de Álex. Se sentía observado, perseguido por algo más que la policía. Eran las siete y media de la mañana y nadie les había tocado la puerta, pero eso no traía consuelo.
Rebeca no había dormido. Hablaba sola, murmurando listas de nombres, tachando apellidos y dibujando flechas que terminaban siempre en el mismo círculo de silencio: el poder. Había multiplicado las copias de los documentos comprometedores: la foto de Mateu junto a Rubí, la lista de técnicos, los informes de Lara, extractos de nóminas cruzadas entre políticos y contratistas. Ni el agotamiento le quitaba ese aire de inmediatez crispada.
—Hoy irán a por nosotros —murmuró al verle— o a por Lara. Desde que el enlace nos envió la grabación, las redes hierven. Una agencia ha rebotado la foto, la fiscalía ha anunciado una investigación interna... pero la comisaría sigue controlada por los de siempre. Si escapamos es porque quieren darnos tiempo para asustar a los testigos.
Álex asintió, apartando la cortina con el pulgar. —No te olvides: una prensa aterrada o servil también puede silenciarnos —remarcó—. Y si Lara cae, no sólo perdemos información. Quizá también perdamos nuestra única garantía de protección.
La preocupación se materializó en un plan de urgencia. Había que contactar con Lara, confirmar su paradero y asegurarse de que la información seguía dispersa. Decidieron moverse de noche, aunque sus planes reclamaban inmediatez. Para el mediodía tenían una cita peligrosa; al mediodía, el sol ya no protegía a los perseguidos.
Caminaron hasta un locutorio próximo a Sant Antoni, donde Lara había dado instrucciones de llamar desde un teléfono público. El contestador respondió la primera vez: dos pitidos, una pausa, y luego el débil zumbido de una voz disfrazada detrás de una grabación.—Nos veremos en la plaza del Rei, junto a la fuente, a las cuatro. Traed sólo el material imprescindible. No traigáis a nadie. Si sois seguidos, no vendré.
Rebeca colgó, tragando saliva. —Si nos la jugamos, valdrá la pena. Si no...—No terminó la frase. El miedo era tangible, pero aún más lo era el pulso acelerado del instinto.
El resto de la mañana lo emplearon en itinerarios cruzados. Álex desapareció en los bajos fondos del puerto, reclamando favores viejos, mencionando el nombre de Lara entre bocas que solo se abrían para pactos de silencio y deudas ya saldadas. Descubrió a dos viejos informantes—uno ya tullido, el otro entregado al alcohol—que recordaban a la agente caída en desgracia. Lo habitual, escuchó, era que Lara se moviera entre almacenes en Montjuic y bares del Paral·lel, disfrazada, invisible para casi todos, pero no para quienes sabían ver más allá del disfraz. Se reunieron horas después en un bar de tragaperras y televisores sin volumen. Rebeca traía noticias de la redacción: la presión policial sobre el periódico aumentaba y la editora Teresa, la única aliada fiable en el diario, había sido citada a declarar por la comisaría. Alguien había filtrado que estaba en contacto con los investigadores del caso Rubí. Quien filtró no se atrevía aún a traicionarlos del todo, pero la cuerda se tensaba.
Al llegar la hora convenida, recorrieron a pie la Via Laietana. El tráfico emanaba su letanía de cláxones y sirenas, pero bajo ese ruido, sentían la punzada de ser observados. En la plaza del Rei, la fuente borboteaba entre copas de turistas y algún músico callejero. Álex y Rebeca se sentaron en un banco, simulando una conversación casual. Tras varios minutos, Lara emergió de las sombras de una arcada: era un espectro más huesudo de lo que ambos recordaban, el rostro surcado de cicatrices nacientes y viejas, los ojos escondidos tras gafas oscuras de lentes ahumadas.
—No tengo mucho tiempo —murmuró—. Nadie debe saber que estoy aquí. Han disparado la alerta máxima en la comisaría. Hay órdenes..., no sólo de apartarnos. Esta vez, buscan cerrar bocas. Yo ya no puedo regresar.
Mostró un pendrive envuelto en plástico. —Aquí hay informes médicos originales, hojas de ruta del abuso de fondos, reconocimientos forenses nunca entregados a la prensa. También la lista original de asistentes a la fiesta donde Rubí desapareció. —Deslizó el pendrive en la palma de Álex—. Cópienlo y distribuyan todo fuera de España. La protección aquí ya no existe.
—¿Alguien más te está vigilando? —preguntó Rebeca, tensando la mandíbula.
—No sólo dentro de la policía. Ahora hay sicarios buscando el rastro de los técnicos, de Consuelo y de cualquier testigo. Incluso a mí me siguen. Ya no puedo garantizar ni mi propia supervivencia. Lo que necesitáis está ahí: el nombre de quien dio la orden de cerrar la investigación en el puerto, la secuencia de transferencias a cuentas de empresas fantasma, la lista de forenses a sueldo del Ayuntamiento. Carmen Gil, una de las pocas médicas que se negó a falsificar informes, también podría hablar... si la encuentran.
Lara bajó la voz. —Me quedaré sin contacto durante semanas. Borrad mis huellas. Si sobrevivo, buscaréos cuando el escándalo estalle. No confíen ni en la fiscalía. Ya no hay aliados, solo trincheras.
Se giró sin una despedida clara, mezclándose en el flujo anónimo de la plaza.
Álex apretó el pendrive como un talismán maldito. —Hay que hacer copias ahora mismo —susurró—. Y repartirlas entre Teresa, una cuenta cifrada extranjera y algún pariente lejano, por si nos remueven del tablero.
Rebeca, sin dejar de mirar alrededor, sentenció—. El día que salga todo esto, la ciudad va a arder. Pero antes, nos van a intentar quemar con ella.
Se movieron rápido, refugiándose en una librería donde Álex tenía un contacto viejo, un librero que ofrecía también servicios de hackeo y duplicado de discos. Mientras clonaban el pendrive, Álex revisó algunos archivos: contratos millonarios firmados por Mateu y una sociedad pantalla, transferencias a cuentas en Suiza semanas después del caso Rubí, registros de vigilancia ordenados a funcionarios díscolos. Una carta codificada con el listado de asistentes a la fiesta: entre ellos, varios diputados ahora en el gobierno regional, jueces en ejercicio y toda la plana mayor policial de la época.
El librero, sin preguntar, les entregó tres copias en sobres sellados.
—Guardadlas bien, pero sabed esto—dijo serio—: la mitad de los perdidos de la ciudad acabarán matándose entre ellos si sale todo a relucir. ¿Sois conscientes del precio?
Álex asintió, sintiendo el sudor frío en la espalda. —Lo que no se paga con dinero, se paga con sangre.
Salieron a la calle con los sobres. Decidieron separarse de nuevo. Rebeca iría al hospital Clínic, donde seguía ingresado Joan Miquel, el técnico apaleado. Álex contactaría con Consuelo Díaz al teléfono clandestino que obtuvieron el día anterior; si la mujer aceptaba verse, podría atar los cabos finales de la noche de la desaparición.
La visita al Clínic fue breve y brutal. La policía custodiaba la planta, pero Rebeca, experta en camuflaje, se infiltró haciéndose pasar por familiar. Joan Miquel Farré yacía vendado, el rostro amoratado y el miedo saturando la habitación.
—No sé cuánto me queda aquí—susurró—. Me dejaron vivo para que no pudiese hablar, pero a la próxima no habrá aviso. La grabación debe estar ya en la prensa. Pero recordad: hay una trampa. Si elegís mal el destinatario, la policía revisará las pruebas. No confiéis en nadie del juzgado de instrucción. Tienen un tope de dinero o una pistola fría esperándoles a todos.
Le dio a Rebeca una nota con la contraseña de un banco cifrado donde almacenaba otra copia del video, “por si muero aquí dentro”. Dejó caer una advertencia—. No deis mi nombre. No me llamen más. Vuelvan a desaparecer.
Rebeca le prometió que harían lo posible para protegerle y se marchó, el corazón comprimido. El hospital ya no era un refugio para nadie.
En paralelo, Álex contactó de nuevo con Consuelo. El miedo de la mujer era un veneno que transmitía incluso a través del teléfono. Dudó, sollozó, y al final, cedió a una cita fugaz en el portal de una iglesia abandonada en el Poble-sec.
La esperaba, encogida sobre sí misma. El cabello canoso, el abrigo al cuello, la mirada errante.
—Usted no entiende…—balbuceó—Desaparecieron a varios. A Rubí, y otra muchacha antes. Yo vi al político entrar. Alguien la llamaba por un nombre, “La Niña de la Casa”. Llevaba una muñeca. Cuando cortaron la luz, la fiesta siguió, pero nadie se marchó hasta tres horas después. Yo limpié sangre—escupió como si necesitase purgar el recuerdo—. Pero no sé de quién era…
Álex la dejó hablar, sin interrumpir. Cuando preguntó sobre la participación de Mateu, la mujer guardó un silencio largo antes de aventurarse:
—Él subió las escaleras, vi cómo arrastraba a alguien. La policía tapó todo. Les pagaban para arrastrar los cuerpos al sótano, eso decían entre susurros… Luego, la orden fue borrar. Yo tuve que huir justo después, alguien me buscaba. No sé si acabé aquí por miedo o por justicia…
Le entregó un papel: una lista con nombres y turnos de limpiadoras “ausentes” durante la noche de autos. Muchos estaban marcados con una cruz o una interrogación. Álex la abrazó con cautela, sin palabras. La mujer se esfumó en cuanto escuchó la sirena de un coche.
Al llegar la tarde, el movimiento policial en la ciudad era palpable. Los noticieros anunciaban el hallazgo de pruebas que exculpaban a Mateu de corrupción en otro caso menor; era una cortina de humo, un modo de distraer a la opinión pública. Mientras tanto, en la sombra, la red de aliados se encogía. Teresa salvó a duras penas el pellejo al ser apartada temporalmente de la redacción. Lara, si seguía viva, era invisible hasta para sus viejos contactos.
Ya de noche, con la paranoia latiendo como un segundo corazón, Álex y Rebeca se refugiaron en un piso franco de la Barceloneta, uno de los refugios que la vieja Lara había dispuesto años antes. La lluvia, como empecinada en no dejar cicatrizar la ciudad, caía con furia sobre los tejados. Allí, sentados ambos frente a un portátil viejo, repitieron el ritual de copiar material, encriptar cuentas y repartir palabras clave con las que garantizar la supervivencia del relato.
De repente, el sonido de cristales rotos se mezcló con el traqueteo de la tormenta. Dos siluetas irrumpieron en el piso. No hubo tiempo de pensar: Álex reconoció tarde al primero—un antiguo compañero de la policía, ahora vendido a la brigada de asuntos internos. Cargaba una pistola, con la cara crispada y la voz temblando de odio o miedo.
—Dejadlo, Valera. Ni la prensa ni vuestros fantasmas os van a salvar. Habéis ido demasiado lejos. La orden es clara: borrar pruebas, cerrar bocas.
Rebeca intercedió. —No tienes por qué hacerlo. Es tarde para tapar todo. La foto de Mateu y la grabación ya están fuera. Si disparas, sólo acabas de rematar tu carrera.
El silencio fue tenso. Nadie se movía. Fuera, la sirena de un patrulla elevó la tensión. El segundo hombre, inesperadamente, bajó el arma y murmuró—Nadie va a callar a la ciudad entera. Buscaos otro refugio. Ahora, huid.
Se marcharon dejando la puerta abierta. Álex y Rebeca, sudando, empaquetaron el material, y quemaron el portátil y los sobres que no necesitaban. Salieron en dirección al metro, agazapados en la noche, mezclándose entre turistas tardíos.
Antes de la medianoche, recibieron un último mensaje cifrado de Lara: “No os fiéis de nadie. El traidor lleva mucho tiempo cerca. Recordad, sólo quien nada debe, nada teme. El círculo se cierra pronto.”
Esa noche no hubo refugio. Se alojaron en un hostal sin nombre, con la angustia de saber que el siguiente golpe podía ser el último. La ciudad, ajena y despierta, se encogía bajo la lluvia y el miedo. Tratos en las sombras se revelaban en cada esquina, pactos de silencio que ya no garantizaban ni dinero ni protección.
Antes de cerrar los ojos, Álex y Rebeca repasaron el caudal de pruebas: la declaración de Consuelo, la copia de la grabación, las transferencias y los informes médicos. Comprendieron que lo único que quedaba intacto era su determinación y el riesgo de pagar el máximo precio. Sabían que al despertar, la línea entre la vida y la muerte, entre la justicia y la venganza, sería todavía más difusa. El ciclo de corrupción y miedo seguía, inmutable.
El amanecer, si es que llegaba, sería un parte aguas definitivo. Para entonces, cada trato en las sombras habría cobrado su deuda, y en las cicatrices abiertas de la ciudad se leería una verdad que ni el poder, ni la policía, ni la prensa serían capaces de tapar ya. Por fin, todo estaba en juego. Y las sombras, una vez más, iban a decidir el precio de la justicia.
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