Capítulo 3: Pecados del pasado
A veces, el pasado late con tanta fuerza que la ciudad entera parece respirar al ritmo de sus pecados. Aquella mañana —si es que podía llamarse así a ese amanecer sucio y fragmentado tras una noche de insomnio y miedo— Álex Valera recorría las calles de Barcelona con el mismo sigilo de un animal herido, escoltado por las sombras de edificios que por momentos le parecían portadores de todas las miradas de la ciudad.
La noche anterior había dormido apenas dos horas en una pensión de mala muerte junto a Rebeca, con el estómago encogido tras la visita a Alcántara y el nombre de Cristóbal Mateu quemándole entre las sienes. Rebeca había colocado el pestillo de la puerta con una silla y dormía a ratos, cuaderno en mano, murmurando una lista de nombres como si repasar testigos pudiera protegerla del desastre inminente. Cuando Álex se incorporó, la encontró remendando anotaciones y subrayando los pocos datos que les permitían ordenar el rompecabezas: el círculo de funcionarios y empresarios, la lista incompleta de personal de limpieza del Ayuntamiento durante el año de la desaparición de Rubí, el informe de Lara sobre políticos y policías que estaban demasiado cerca del epicentro de la corrupción.
–Alcántara tiene razón –susurró Rebeca, sin levantar la vista–. Si lo que cuenta es cierto, Mateu estaba en la fiesta. Pero sigo pensando en la chica de la limpieza. ¿Y si fue ella la última que vio a Rubí? ¿Y si desapareció porque sabía demasiado?
Álex frotó la frente, aturdido por el insomnio y la resaca emocional–. No tenemos confirmación de su nombre, sólo referencias cruzadas en la base de datos y una anotación a mano en la lista de recursos humanos filtrada…
–Consuelo Díaz –corrigió Rebeca, señalando la página ajada–. Es la única que aparece y, a las pocas semanas, renunció. Después, ni rastro. Ni nómina ni constancia fiscal, como si se la hubiese tragado la tierra.
Dejaron la pensión poco después, turnándose la vigilancia de las calles. Nadie parecía seguirles, pero después de la paliza del puerto, la amenaza telefónica y el asesinato del comisario, la paranoia era la única defensa posible.
La investigación les llevó por el dédalo del Gòtic y luego hacia la zona alta, donde la desigualdad se modula por la altura de los edificios y el número de cámaras de seguridad en cada portal. Rebeca había conseguido la antigua dirección de Consuelo a través de una fuente en la Seguridad Social, una periodista de tribunales que aún le debía favores. Era un bloque obrero en el Carmel, tan desangelado como tantos otros de la ciudad, donde la memoria y el miedo comparten descansillo.
Llamaron. Nadie respondió. Un vecino se asomó tras la cortina y, por el rabillo del ojo, Álex percibió ese instinto ancestral de los barrios derrotados: la protección mutua, la ley del silencio. A punto estuvieron de marcharse cuando una anciana abrió la puerta de al lado.
–¿Buscan a Consuelo? –preguntó, con la voz apagada por la edad y las decepciones–. Hace tiempo que se fue. Los hombres de traje vinieron varias veces. Después, su madre murió. Nadie la ha vuelto a ver… salvo un chico que juraba verla por el Raval.
–¿Un chico?
–El hijo de la portera. Pero se fue a Londres. Consuelo… ella no quería problemas con la policía. Aquí, a veces, es mejor no saber nada. ¿Quiénes son ustedes?
Rebeca improvisó rápido una historia sobre una ayuda social pendiente y la mujer confió lo suficiente para darles un número antiguo escrito en una caja de medicinas.
–No sé si todavía funcionará. Pero después de todo aquello… la pobre Consuelo nunca volvió a ser la misma.
Álex y Rebeca se miraron. El nombre de Consuelo Díaz era, de pronto, mucho más que una nota en un expediente. Cuando bajaban por la escalera, Álex notó cómo su propio reflejo en la ventana era una mueca de cansancio viejo: las sombras del caso Rubí no pertenecían sólo a la niña desaparecida, sino a todos los sobrevivientes mudos condenados a arrastrar aquel silencio.
Salieron a la calle y llamaron al número. La respuesta fue inmediata, una voz ronca, tensa, que reaccionó al simple hecho de pronunciar la palabra "Rubí" con un grito y luego un llanto incontenible. Tardó en calmarse. Se identificó como Consuelo, pero les advirtió que no podía reunirse con nadie.
–Desaparecieron a Rubí y a mucha más gente, ¿sabe? No me pregunten por esa noche… Yo sólo limpiaba. No quiero acabar como la otra chica…
–¿Cuál otra? –preguntó Rebeca.
–La que vio entrar al jefe de policía y a los del despacho de arriba. Ella desapareció antes que Rubí. Después vinieron por mí, pero logré marcharme. No puedo dar detalles, todavía me buscan. Sólo les diré una cosa: lo que pasó aquella noche está escrito en las cámaras de seguridad que cortaron. Busquen a los técnicos, alguno sigue trabajando para la empresa de alarmas del Ayuntamiento. Uno se llama René, el otro, Joan Miquel.
La llamada se cortó abruptamente. Álex se quedó mirando el móvil, apretando la mandíbula.
–Están todos muertos de miedo. Esos técnicos… ¿puedes localizarlos?
Rebeca consultó la base de datos que había construido con retales de registros públicos, informes de prensa y chats anónimos.–René Santamaría falleció el año pasado, accidente de moto. Joan Miquel Farré aún aparece como autónomo. Vive en el Raval, según la guía.
Regresaron a pie al centro, camuflándose entre turistas y vendedores ambulantes. La ciudad bullía, pero la primavera prometía más lluvia. En la Plaça dels Àngels, se detuvieron para comprobar que no venían seguidos. Álex reconoció una figura discreta entre la multitud: un hombre que fingía leer el periódico pero les había observado desde la salida del metro.
–No estamos solos –musitó.
La persecución fue breve; el hombre no tardó en claudicar, y Álex se acercó para encajonarlo contra una verja.
–¿Para quién trabajas? –espetó, firme, mientras Rebeca hacía de retaguardia.
–No he venido por vosotros… de verdad –balbuceó el tipo, enseñando una placa deteriorada–. Soy Samuel, Policía Nacional. Me han puesto a seguir al tal Valera desde el asunto del bar en el puerto. No entiendo nada, sólo sé que hay una orden para que abandones el caso, que no toques a los "intocables" del Ayuntamiento.
Álex se encogió de hombros.–Vete y diles que me busquen si quieren. O mejor aún, que recojan el cadáver del próximo que mande el comisario corrupto de su parte.
El agente desapareció, y los protagonistas prosiguieron hacia la calle Hospital, en el Raval. Joan Miquel Farré les recibió en un taller donde el polvo y el humo de soldadura disfrazaban su nerviosismo. Les hizo pasar tras comprobar que no eran policías.
–¿Venís por Rubí? –preguntó, sin rodeos–. Oí rumores de que el caso había resucitado. Yo estuve de guardia la noche de la fiesta. Cuando desapareció la niña, los jefes nos obligaron a extraer todas las grabaciones de las cámaras. No sé lo que había, pero uno de los técnicos mayores, René, me dijo que vio al comisario meterse en la oficina con un hombre trajeado. Más tarde, llegó la orden de destruir los originales. Pero yo conservé una copia, por si un día servía como seguro de vida.
–¿La tienes?
–No aquí –contestó, ceñudo–. La tengo… en una caja de seguridad. Si me pasa algo, enviad a este correo la palabra "Marina" y recibiréis el enlace. Pero dadme cuarenta y ocho horas. Entendedme, no quiero acabar como René.
Rebeca le agradeció la confianza.
–¿Viste a Cristóbal Mateu aquella noche?
–No puedo jurarlo. Reconocí su coche en la grabación, pero nunca supe qué hacía allí. La cámara del sótano grabó a la niña corriendo hacia la escalera de incendios. Después hubo un corte de luz… y desapareció.
Cuando salieron a la calle, el teléfono de Álex vibró. Un mensaje de Lara, cifrado: "Nos vemos hoy a medianoche. El caso se complica. Confirman que Paredes fue 'suicidado'. Trae pruebas."
–Paredes, el comisario –explicó Álex–. El asesinato en el puerto no fue un ajuste de cuentas. Lo silenciaron para que nadie tirase del hilo. Todo esto… va más allá de la policía.
La tarde se escurrió entre archivos y nervios. Se repartieron tareas: Rebeca revisaría la pista de Consuelo y buscaría entrevistas a antiguos funcionarios municipales. Álex intentaría reconstruir, a partir de los archivos filtrados por Lara, los movimientos del círculo de poder durante aquella época. Alguien había blindado la fiesta donde Rubí desapareció, invitando a empresarios, políticos y altos mandos policiales con la impunidad de saber que la ciudad entera les pertenecía.
A cada nombre que surgía, Rebeca lo subrayaba y añadía anotaciones al margen. Los sobres con cifras en cuentas suizas, las transferencias bancarias cruzadas, los ascensos inesperados en puestos cruciales del Ayuntamiento: el caso Rubí era sólo la punta del iceberg de una trama de abusos sistemáticos y silencios cómplices.
Por la noche, Álex y Rebeca se encontraron con Lara en un local clandestino del Paral·lel. Lara lucía gafas oscuras y un pañuelo sobre la cabeza. La cicatriz en el labio recordaba la última vez que se enfrentó a un alto mando corrupto y sobrevivió de milagro.
–Van a ir a por vosotros –sentenció, antes siquiera de saludar–. Tenéis enemigos dentro de la comisaría. Hay una filtración en vuestra red de contactos. Lo sé porque han pinchado la línea de Teresa, la editora de Rebeca. Alguien vendió información sobre el contacto con Alcántara.
Rebeca palideció.–¿Quién?
Lara suspiró.–No lo sé aún. Pero debéis dejar la ciudad unos días. O acelerar todo y hacerlo público antes de que os callen. Yo sólo puedo ofreceros estos archivos…
Sacó de un sobre antiguo toda una serie de documentos con sellos policiales y anotaciones al margen. Informes de toxicología de la noche de la fiesta, partes de lesiones de testigos y una lista oculta de nombres, varios con una cruz roja. Al fondo del fajo, una fotografía de Rubí, con las mejillas aún manchadas de tarta; a su lado, la silueta difusa de un hombre que, tras ampliarse, revelaba el rostro de Cristóbal Mateu.
–Es la única imagen que le sitúa en ese lugar a esa hora –dijo Lara–. Si la hacéis llegar a la prensa, más de un político va a caer. Pero tened claro que os jugaréis la vida. Piénsenlo. Alcántara está escondido, y uno de los técnicos ha sido localizado esta tarde y apaleado. Sólo vivirá si calla.
–¿Dónde?
–Hospital Clínic, planta cuarta. La paliza la dieron dos tipos con placa. Ya nadie disimula.
Álex sintió una mezcla de furia impotente y determinación. La corrupción no era una abstracción filosófica; era un expediente oculto, un testigo apaleado, una niña desaparecida. Miró a Lara y luego a Rebeca.
–No hay marcha atrás –dijo–. Si emiten la grabación y la foto, al menos tendrán que responder ante la opinión pública. Es nuestro escudo.
Lara les observó con severidad–. Entonces, preparaos. En las próximas horas la policía va a montar un operativo, probablemente con la excusa de nuevas pruebas contra Valera. Quieren una cabeza de turco. Y Rebeca, tú eres su próxima diana en la prensa.
La reunión terminó abruptamente. Lara desapareció como llegaron: sin mirar atrás. Álex y Rebeca salieron al bullicio de la avenida, conscientes de que el reloj de la ciudad se había acelerado inexorablemente.
Antes de separarse, entraron en un locutorio y enviaron, a través de un portal cifrado, la fotografía y los informes médicos a la redacción de Teresa y a dos medios extranjeros. No podían esperar más ni confiar sólo en la policía o la justicia local.
–¿Crees que servirán de algo? –preguntó Rebeca, con el cansancio pesándole en la voz.
–Al menos, si caemos, alguien sabrá por qué –respondió Álex, tragando saliva mientras afuera las sirenas brotaban de algún lugar que ya les buscaba de cerca.
El resto de la noche fue una sucesión de sobresaltos. Recibieron dos amenazas más por teléfono. Un coche con una matrícula falsa les siguió hasta la pensión. Amenazas anónimas comenzaron a llegar al buzón de Rebeca.
A las cuatro de la madrugada, un mensaje sacudió el móvil de Álex: la palabra "Marina" y un enlace a la grabación extraída por Joan Miquel. Era corta y de mala calidad, pero mostraba el revuelo junto a la escalera de incendios, la silueta de la niña, el rostro de un hombre que la persigue justo cuando se apaga la luz. Era Mateu. No quedaban dudas.
De pronto, todas las piezas encajaron. Los pecados del pasado habían regresado, la red de abusos homicidas había dejado huellas hasta en la alcaldía y la policía. En otra habitación, Rebeca, sentada en el suelo, trataba de ordenar todas las pruebas en la esperanza vana de coser con ellas un relato capaz de vencer al silencio del sistema.
Antes de dormir, Álex anotó en su cuaderno lo aprendido de aquel día: hay heridas que la ciudad no quiere curar porque duelen más cerradas que abiertas. Entendió, por primera vez en mucho tiempo, que tal vez el peor crimen de todos era ese silencio viscoso que envolvía Barcelona cada vez que la verdad amenazaba con salir a la luz.
La mañana siguiente traerá nuevas amenazas, nuevos aliados traicionados y, tal vez, la arremetida final del poder. Mientras tanto, bajo los tejados, la ciudad acumulaba otro día más de pecados añejos, esperando –quién sabe– convertirse algún día en memoria colectiva y, quizás, en justicia. Pero eso, por ahora, era sólo una esperanza entre muchas sombras.
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