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Portada del relato El eco de las huellas rotas
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Fragmento:


El camarero interrumpió el silencio golpeando la mesa con dos cafés. Álex intentó recordar cuándo fue la última vez que algo le supo a esperanza, no a resignación.

Duración: 13:39

Libro Las cicatrices de la ciudad

El eco de las huellas rotas
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Capítulo 2: El eco de las huellas rotas

La mañana nacía plomiza sobre Barcelona, y en ese gris de horizonte indefinido Álex Valera despertó con la garganta estragada y el cuerpo descompuesto. Apenas había dormido después de la noche anterior: la llamada, el puerto, la paliza y Rebeca. El sobre seguía sucio sobre la mesita, junto a la taza donde el café se había quedado frío. Álex lo contempló desde el catre, incapaz de volver a conciliar el abandono, consciente de que el simple acto de abrir ese sobre lo había arrastrado de nuevo a la boca del lobo.

Se vistió lento, sin mirar el espejo, y salió al pasillo mugriento. Los vecinos lo saludaron esquivos, y él respondió con una mueca casi cordial. Al llegar a la calle, el aire matinal le devolvió la ráfaga salina del puerto mezclada con la humedad soterrada del alcantarillado. Cogió rumbo hacia el Born, donde había citado a Rebeca para reanudar el infierno.

El bar de la noche anterior apenas había cambiado: olía a grasa y tabaco, y la luz de neón seguía insistiendo, tercamente, contra el cristal sucio. Rebeca ya estaba allí, como si no hubiese dormido, el abrigo sobre los hombros, la libreta abierta, el rostro marcado por una ojeras orgullosas.

—Buenos días —dijo ella con un tono neutro.

—Mañana de perros —respondió Álex, pidiendo un café mientras se dejaba caer en la silla.

No hubo prolegómeno. Rebeca extrajo la documentación que le había dejado la noche anterior, sumó un par de folios con anotaciones suyas y deslizó todo hacia el centro.

—En la foto de grupo del viejo equipo de la Brigada de Menores estaba este tipo —señaló, mostrándole el retrato de un hombre enjuto, expresión esquiva—. Tomás Alcántara, el policía delgado. Lo apartaron del caso apenas dos semanas después de la desaparición de Rubí. A partir de ahí, los expedientes se diluyen: traslados, permisos médicos, ningún destino fijo.

Álex apretó los labios. Había rastreado ese nombre en más de una ocasión, siempre topándose con el mismo muro: expedientes cerrados a cal y canto, compañeros cobardes, superiores huidizos.

—¿Y la información que recibiste? —preguntó en voz baja—. El mensaje anónimo.

Rebeca consultó su móvil, desplazando con el dedo mensajes recientes:—Me hablaron de un círculo roto, de alguien dentro que serviría de testigo ahora que las cosas han cambiado. Dicen que Alcántara todavía vive en la ciudad, cerca de Sant Andreu, pero apenas sale. Y que la última vez que apareció en público fue para visitar un hospital, hace seis meses.

—Hay que encontrarlo —musitó Álex, fijando la vista en la fotografía—. Y rápido. Si sobrevive después de tanto, seguro sigue temiendo por su vida.

El camarero interrumpió el silencio golpeando la mesa con dos cafés. Álex intentó recordar cuándo fue la última vez que algo le supo a esperanza, no a resignación.

—Rebeca —dijo tras un sorbo incómodo—, ¿hasta qué punto estás dispuesta a llegar? Esto no es sólo un reportaje. Ahora todo se está moviendo. Mira cómo nos vigilan. Ese tipo de la barra lleva dos horas sin probar el desayuno, y la mujer del fondo ni pestañea más que cuando miramos en su dirección.

Ella suspiró, conteniendo la amargura:—No sé si busco redención o autodestrucción, la verdad. Pero Rubí… la historia me mordió hace quince años y todavía sangro por ella. Si la ciudad va a arder, quiero ser parte del incendio, no del olvido.

Salieron juntos del bar, escudriñando las esquinas. El encapotado cielo no había cambiado y, a esa hora, la ciudad se desperezaba en un letargo ruidoso y sucio. Caminaron primero en silencio, luego cotejando los datos en los documentos. Álex marcaba con lápiz un par de nombres: forenses, un subinspector jubilado, un fiscal que ahora trabajaba para un bufete de grandes empresas.

—¿Tienes contactos en la policía que no hayan cambiado de bando? —preguntó.

Ella negó con la cabeza:—Los pocos que tuve murieron profesionalmente o desaparecieron en traslados. ¿Y tú?

—Podría intentar con Lara—admitió—. Aún debe recordarme. La cesaron y no denunció nada públicamente. Vivió escondida, pero sé cómo localizarla.

Rebeca asintió, apuntando en su libreta: “Lara. Urgente.”

Unos pasos más adelante, en un parque medio vacío, Álex se detuvo.

—Esta ciudad tiene memoria, pero también olvido selectivo —reflexionó—. Si rascamos lo suficiente vamos a levantar muertos. Y no sólo de la policía. Mira el expediente: hay empresarios, políticos, hasta médicos que firmaron falsos informes. ¿Por dónde empezamos?

Rebeca ojeó una de las páginas más ajadas:—Por las grabaciones. Tengo una copia digital de las llamadas que entraron en comisaría aquella noche. Se manipuló el registro, pero no todas las copias desaparecieron. Quizá podamos captar alguna voz, una referencia, un lapsus.

Se dirigieron al piso de Rebeca, en Gràcia, donde el ruido del tráfico era constante y las paredes olían a humedad y soledad. Ella colocó el portátil en la mesa, puso los auriculares en modo compartido y abrió la carpeta llamada “Rubí_Originales”. Los primeros minutos de grabación estaban llenos de interferencias y voces nerviosas: operadoras, agentes, una madre gritando por teléfono. Luego, un silencio prolongado.

—Aquí —indicó Rebeca—. Hacia el final de la quinta llamada, cuando ya sabían que Rubí no aparecía, entra el jefe de la unidad y da la orden de cortar la búsqueda. Nadie indagó por qué.

Álex escuchó con atención. En medio de la confusión, una voz fría, casi robótica, dictó: “Concentrad los recursos en la zona del puerto. El resto, dejadlo estar.” Luego el ruido de fondo regresó, el sonido de papeles deslizarse, algún llanto contenido.

—Esa voz… —susurró Álex—. Es Francisco Paredes, el comisario. Nunca lo interrogaron formalmente.

Rebeca buscó entre sus carpetas digitales una serie de recortes antiguos:—Lo ascendieron un año después. Y la pista del caso se diluyó junto con él.

El sonido de una puerta les hizo girar la cabeza. Rebeca fue a mirar por la mirilla. Nadie. Al volver al escritorio, el teléfono fijo sonó. Álex, instintivamente, apuntó su mano hacia el aparato como si empuñara un arma invisible. Rebeca descolgó en altavoz.

Una voz distorsionada, irreconocible incluso entre el zumbido de la línea, susurró:—Os vigilan. Dejadlo estar. No sabéis hasta dónde llega esto.

Colgaron. Un temblor gélido se instaló en la habitación. Álex se pasó la mano por la mandíbula herida de la noche anterior. El miedo era tangible, pero también lo era la rabia y algo parecido al vértigo.

—Van en serio —dijo—. Saben que movemos hilos que estaban muertos… Es pronto para buscar a Alcántara a pelo. Debemos protegernos, blindarnos.

—¿Y Lara? —insistió Rebeca.

—Esta tarde intentaré localizarla. Ella conoce a los que manejaban los hilos desde la sombra.

Antes de salir, Rebeca le ofreció una camiseta limpia —Hay sangre en la tuya y eres el centro de todas las miradas— bromeó amarga. En cuanto él se cambió, Rebeca imprimió un par de páginas de los informes antiguos. Álex se las guardó bajo la cazadora. Salieron del edificio separándose bajo el truco aprendido de la vieja escuela: rutas divergentes, teléfonos apagados, ni una mirada atrás.

Rebeca enfiló hacia la redacción de un periódico local. Conocía a Teresa Valldecabres, una editora aferrada al periodismo como un náufrago a la tabla. Tras la formalidad, Rebeca le mostró los papeles, la conexión con el policía delgado y el mensaje recibido. Teresa negó con la cabeza.

—Lo único que puedo ofrecerte es silencio —susurró—. El director quiere cerrar cualquier investigación que salpique políticamente. Ni la policía ni los jueces nos protegerán si vamos a la yugular de los apellidos poderosos.

—No busco que publiques el caso Rubí —replicó Rebeca—. Solo quiero un poco de tiempo y acceso a los archivos privados del diario. No puedo comprar protección, pero si me sucede algo, quiero que lo sepáis.

Teresa le dio una tarjeta.—Cuidado con las llamadas desde fuera. Hay periodistas muertos por menos que esto.

Durante el mediodía, Álex realizó una serie de llamadas cifradas. El miedo a ser rastreado era nota persistente en sus días de agente. Localizó finalmente a Lara por un número que conservaba desde el anonimato de los exiliados. Quedaron en un parque de Poble-sec, bajo la sombra triste de plátanos deshojados. Lara, más envejecida y delgada, apareció con gafas negras, el andar cojeando.

—Valera —dijo con voz rasgada—. Me preguntaba cuándo saltaría la liebre. Debiste irte de esta ciudad.

—No todos podemos —respondió él, mirándola de frente. La última vez que la vio, un expediente disciplinario le rondaba la espalda.

—¿Buscas mis archivos? —inquirió, irónica—. Todo el mundo quiere mis papeles cuando llega la tormenta.

Álex fue al grano:—El caso Rubí está de nuevo en marcha. Tengo pruebas, grabaciones, nombres. Lo que necesite es acceso a cualquier informe que la jefatura quemó pero que sobrevivió en tus carpetas negras. Y protección para un testigo, Alcántara.

Lara sonrió sin alegría.—¿Aún crees en los testigos? El mundo se divide entre los muertos y los que callan. Te diré dónde encontrar a Alcántara, pero después… no vuelvas a buscarme. A ti aún te quedan enemigos, Valera. A mí sólo me quedan fantasmas.

Le entregó una nota arrugada, garabateada con pulso tembloroso: “Carrer Mare de Déu de Lorda, piso 2º, timbre sin placa. Tercer piso. Llama sólo si no te sigue nadie.”

Álex la agradeció. Antes de que ella girase para irse, murmuró:—Gracias por no haberme vendido cuando estalló todo.

Lara lo miró hiriente:—No soy de los que venden. Solo aprendí a sobrevivir.

Mientras avanzaba en dirección contraria, Álex se prometió buscarla de nuevo si todo fallaba. Quizá el mundo sólo se divide entre los que sobreviven y los que lo intentan.

Al oscurecer, volvió a cruzarse con Rebeca en la esquina de Travessera. Compartieron información: el nombre de la calle donde residía Alcántara, los archivos que Teresa le facilitó —una serie de informes médicos que nunca se hicieron públicos, el formulario de abusos firmado por un forense corrupto, y una fotografía del cumpleaños en el que Rubí apareció por última vez—.

Quisieron ir juntos, pero Álex insistió en adelantarse:—Si esto es una trampa, mejor sólo uno.

A la puerta del edificio encontró la farola fundida. El portal olía a lejía barata y miedo antiguo. Pulsó el botón sin placa y subió los escalones, el corazón más atento que cualquier preparativo. La puerta se abrió una rendija, mostrando el ojo fatigado de Alcántara. Flaco, la barba descuidada, las mejillas encogidas.

—¿Valera? —se extrañó el hombre, la voz inaudible.

—Sí. Vengo por Rubí. Nadie más sabe que estoy aquí.

Le permitió entrar; escudriñó el pasillo antes de cerrar. La casa era un mausoleo de miedo: cortinas siempre corridas, pilas de periódicos, ventanas tapizadas de fotos infantiles.

Álex se sentó en el sofá. Alcántara le ofreció un vaso de agua, temblando.

—No puedo hablarte mucho tiempo —dijo el exagente—. Lo que sé me costó el puesto. Lo va a costar la vida. La noche que Rubí desapareció vi cosas que nadie quiso firmar. Un coche, una placa diplomática, dos hombres trajeados que nunca regresaron a la unidad. Me hicieron desaparecer cualquier informe que no cuadrara con la versión oficial. Yo señalé a un alto cargo… y me internaron por depresión. Nunca me recuperé.

Álex extrajo el sobre, deslizando fotografías sobre la mesa.

—¿Recuerdas esto? ¿Esos hombres, ese coche?

Alcántara se asomó a las imágenes, la mirada quebrada.—Estuvieron en la fiesta. Rubí desapareció al terminar, y la policía dijo que fue cosa de proxenetas de minorías. Mentira. La pista lleva al despacho de un político: uno que ahora quiere ser alcalde.

—¿Quién?

Alcántara dudó, sudando.—Cristóbal Mateu. Yo lo vi. Y sé que esa noche, alguien más lo vio conmigo. Una limpiadora que desapareció a las semanas. Buscad en la lista de personal del edificio del Ayuntamiento por esas fechas.

El corazón de Álex latía rígido. Apuntó el nombre. Antes de despedirse, Alcántara se lo suplicó.—Hazlo público cuanto antes. Yo no salgo de aquí desde hace meses, están esperando a que hable.

Al salir, encontró a Rebeca en la calle, nerviosa. Ambos compartieron los nombres, y decidieron refugiarse en una vieja pensión del Gòtic, donde nadie haría preguntas.

Pasaron la noche cotejando la lista de empleados del Ayuntamiento, recabando testigos, organizando el material. Por la radio, nuevamente, sonaban rumores de una investigación en la policía. Noticias cruzadas de un comisario apuñalado esa misma tarde cerca del puerto: un mensaje claro. Nadie debía remover el caso Rubí.

Antes de cerrar los ojos, Álex comprendió que nadie estaría a salvo. Ya no era sólo Rubí: era el eco de todas las huellas rota en la ciudad, el rumor incesante de una verdad que se empeñaba en salir a la superficie aunque hubiera que pagar un precio de sangre y silencio.

La ciudad dormía tensa, los aliados parecían cada vez más frágiles y la sombra de un traidor se proyectaba sobre sus pesquisas. Y, en medio de la noche, una certeza: la violencia y la corrupción no eran ceniza, sino brasas bajo el asfalto, esperando volver a prender. El eco de las huellas rotas era la música que marcaba el ritmo de la desgracia en Barcelona. Como una promesa de que la verdad, esta vez sí, lo arrasaría todo.

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