El semáforo parpadeaba en rojo mientras la lluvia tejía hilos finos sobre los parabrisas sucios. El detective Gallagher odiaba el sonido de sus propios pasos, el grito distante de un autobús, y el fulgor metálico de las alcantarillas atascadas. Nadie camina a las dos de la mañana en la Séptima Avenida, salvo los que no quieren ser vistos o los que no tienen nada más que perder. De fondo, la sirena de una ambulancia gemía como una nota desafinada entre los edificios insomne de la ciudad.
Decía la radio que el crimen aquí no duerme. Gallagher la apagó de un manotazo. Iba rumbo al Morrison’s Bar, donde la camarera de voz rota le había dejado un mensaje: alguien pedía verlo, insistente y asustado, con la garganta apretada de quien ya conoce el miedo. Entró y el olor a humo, whisky barato y sudor le abofeteó como el recuerdo de una derrota.
Jessica, la camarera, estaba inclinada sobre la barra, quitando las marcas de los vasos con un trapo manchado. Sus ojos marrones eran los mismos que miran un revólver descargado. Cerca de ella, un hombre delgado y desaliñado giraba el vaso de bourbon entre los dedos. Llevaba la chaqueta de cuero empapada, el pelo largo caía pegajoso sobre el rostro, y la sombra de un moretón marcaba la comisura de sus labios.
—Dijo que te conocía de antes —murmuró Jessica cuando Gallagher se acercó, casi como suplicando que la noche fuera menos oscura de lo que era—. No quiso dar su nombre.
Gallagher se sentó a dos taburetes de distancia, dejando entre ambos el espacio sordo de la desconfianza. El hombre lo miró de reojo.
—A mí me llaman Lobo —dijo, la voz ronca, quebrada—. Y tengo un trabajo para usted.
El detective no necesitó preguntar demasiado. La historia se desgranó como el tabaco viejo: una caja, una promesa hecha a medias en una celda y la muerte súbita de un tercero en disputa. Lobo le entregó un sobre: dentro, una foto borrosa, una dirección escrita en letra temblorosa, y dos billetes arrugados de cien. Cuando Gallagher preguntó qué había dentro de la caja, el otro se encogió de hombros, más cansado que asustado.
—Solo sé que me dijeron que la sacara de ese apartamento. El resto… —hizo una pausa— el resto puede matarnos a ambos.
Afuera, la lluvia no cesaba. Gallagher guardó el sobre y, sin mirar atrás, caminó hasta su Buick oxidado. La dirección era en la calle Plymouth, un bloque de pisos olvidado donde las luces nunca funcionan y el ascensor nunca sube al último piso. A mitad de la escalera, el eco de unos pasos precipitados alertó al detective: no estaba solo. Inclinándose sobre sus talones, esperó a que el filo de la sombra apareciera en la puerta del 6C.
Sacó su vieja Sig Sauer y rodeó el rellano. La puerta estaba entreabierta, y del interior emanaba un olor acre, mezcla de orina y metal quemado. Empujó, y un chirrido le dejó claro que nadie había aceitado esas bisagras en años. Dentro, todo era penumbra, solo una lámpara jadeando en el rincón.
Un cuerpo yacía recostado al lado de una mesa, la sangre sombreando la alfombra. Junto a la mano izquierda, una caja pequeña de madera. Antes de agacharse, el susurro cutre de unos pasos lo puso en alerta. Apuntó directo al fondo del apartamento. Era Jessica. Sus ojos, más abiertos que nunca, le rogaban sin palabras.
—Me sigue alguien, Gallagher. No podía quedarme en el bar. —Tenía la voz ahogada, un hilillo entrecortado—. Lobo… lo mataron en el callejón de detrás. Vi la sombra. Venía hacia mí. Solo tuve tiempo de escapar.
Gallagher desvió su atención por un segundo. Suficiente. Algo pesado impactó contra su nuca y todo fue oscuridad. Cuando despertó, la lámpara colgaba tambaleándose, y la caja de madera había desaparecido. Jessica también.
Temblando, se obligó a levantarse. Palpó la nuca adolorida y, arrastrando el cuerpo del muerto hasta el sofá, vio el tatuaje azul oscuro en la muñeca. Un círculo partido por el centro. Reconocía esa marca: una vieja banda del puerto, tratantes de todo tipo de mercancías. Rencores arrastrados entre espinas.
En el bar, Jessica debía haber oído algo, porque nadie sobrevive sola en la Séptima Avenida sin hacer favores a gente peligrosa. Gallagher nunca terminó de confiar en ella, pero tampoco pudo olvidarse de sus silencios. Ahora tenía que encontrar a Jessica y la caja antes de que amaneciera, antes que la policía empezara a patear los bajos fondos del barrio y encontraran su tarjeta de detective privado en la escena del crimen.
Salió tambaleándose. La noche olía cada vez más densa. Volvió al Buick, arrancó y se perdió entre los relieves de la ciudad herida. Había aprendido que en las calles como esas, todos esconden algo: una caja, una mentira, o un deseo de redención. Allí no se llega a ningún final, solo a nuevos principios fracturados por la culpa.
Pero Gallagher, como cada noche, apostó su pellejo por una breve victoria sobre la oscuridad. Había promesas que cumplir y pecados que atrapar bajo la luz mortecina de las farolas. Y hasta que el cansancio y la lluvia callaran, su historia seguiría sumando cuerpos bajo el eterno y pegajoso abrazo de la ciudad.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.