Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Edición limitada de la novela Anatema.
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Tras la puerta
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Dire Bound. Alma de lobo
Portada del relato Cicatrices Invisibles
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Fragmento:


No pregunté si ella lo había visto realmente u oído por algún soplo. En el oficio aprendemos a no cuestionar los métodos de cada cual; cada uno arrastra sus propios demonios y busca redención en calles distintas. Me puse el abrigo y salimos hacia donde nos llamaba la noche.

Duración: 07:24

Cicatrices Invisibles
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La noche de Dublín se adhiere a la piel como el humo denso de un cigarrillo olvidado en el cenicero. Siempre había pensado que el trabajo de detective sería cuestión de lógica y resistencia, pero a estas alturas, tras años de ver lo que los hombres se hacen unos a otros, sé que lo más duro es cuando los misterios dejan de ser datos y pasan a ser cicatrices. Y algunas cicatrices no quieren ser vistas.

Esa noche estaba encorvado sobre mi escritorio, revisando una pila de expedientes, cuando entró Brigid Foy. Brigid es delgada hasta el borde de la fragilidad, pecosa, y con una mirada tan gris que resultaba imposible saber si aquello era tristeza o furia bajo sus párpados. Traía la chaqueta empapada —afuera llovía como si Japón hubiese conseguido exportar sus tifones— y la cicatriz vieja en el labio superior resplandecía cada vez que hablaba.

—He encontrado otro cuerpo, Cass. —Su voz no vaciló.

—¿Dónde?

—Portobello. En uno de esos apartamentos con vistas al canal. No lo verías a menos que supieras dónde mirar.

No pregunté si ella lo había visto realmente u oído por algún soplo. En el oficio aprendemos a no cuestionar los métodos de cada cual; cada uno arrastra sus propios demonios y busca redención en calles distintas. Me puse el abrigo y salimos hacia donde nos llamaba la noche.

El apartamento estaba en un edificio cuyas paredes olían a humedad y soledad. Adentro, la oscuridad lo engullía todo salvo el débil parpadeo de las balizas de la patrulla. El cuerpo yacía en el suelo del salón, una mujer joven cuyos ojos abiertos aún parecían no entender el gesto último de la muerte. Alguien le había trazado unos símbolos en la piel, líneas y curvas cuidadas, con una navaja delgada, como si le hubieran querido escribir algo al mundo en la sangre de otra persona.

Me agaché junto a ella, cuidando no pisar la zona marcada, y examiné el símbolo más grande, una especie de "V" inacabada entrelazada con un círculo.

—¿Qué crees que es? —preguntó Brigid, agazapada sobre sus tobillos.

—No lo sé aún —murmuré—, pero alguien tenía algo que decir.

El forense llegó mientras Brigid y yo repasábamos cada rincón del apartamento. No había signos de pelea. El asesinato fue limpio, quirúrgico; o bien la chica conocía a su asesino... o bien estaba ya derrotada mucho antes de que la navaja tocara su piel. Según la identificación, se llamaba Aoife Dowling. Sin antecedentes, sin enemigos conocidos. Todo muy limpio. Demasiado limpio.

Dos días después, el símbolo apareció de nuevo. Esta vez en la espalda de un hombre de negocios, hallado en los muelles de Grand Canal Dock. Mismo corte. Misma tinta fugaz: una vida interrumpida y un mensaje que no sabía leer. Entre ambos, la diferencia no estaba en el corte sino en el miedo. El hombre tenía las uñas rotas. Había luchado.

Hablando con las familias conseguimos poco. Tristeza, incredulidad, preguntas. “No parecía tener miedo de nada.” “Nunca mencionó a nadie.” “¿Tiene usted alguna idea de quién podría…?” Lloraban. Les sostenía la mirada. No ayudaba. Nadie parecía recordar marcas en la piel, ni traumas en sus historias. Nadie, excepto una: la madre de Aoife, que habló de campañas de acoso en el instituto, crueldades adolescentes que dejan una marca que ni el tiempo ni la madurez borran del todo.

Regresé a la escena del primer crimen esa misma noche. El edificio dormía, y la lluvia, ahora suave, lavaba las calles. Me detuve frente al ascensor averiado y subí las escaleras. En el pasillo, los vecinos curioseaban detrás de puertas entornadas. Por un impulso, llamé a la única que parecía mirar de frente. Una anciana, pelo blanco despuntado, ojos de un azul lavado por las tormentas de la vida.

—¿Recuerda a la chica del tercer piso?

Me miró, y tras un suspiro, asintió.

—La joven triste. Siempre tenía prisa. Le quedaban señales en los brazos, como de rasguños… Yo… no pregunté.

Le agradecí y bajé el último tramo de escaleras sintiendo una presión hueca en el estómago. Los signos en la piel, las señales. Gritaban, pero nadie escuchaba.

Esa semana llegaron dos cuerpos más, cada uno con símbolos distintos: una cruz delgada sobre una muñeca, una palabra incompleta en la clavícula. Empecé a notar un patrón: todos victimas de un dolor viejo, invisible. Algunas marcas eran antiguas: signos de autolesión, accidentes nunca esclarecidos. Las nuevas heridas solo destacaban sobre una cartografía mucho más antigua.

Brigid vio la carpeta sobre mi mesa: fotos de cicatrices, informes médicos, historiales. Me miró de soslayo antes de sentarse.

—No son solo víctimas elegidas al azar, ¿verdad?

Negué. Todo indicaba que quien las mató conocía sus historias. Alguien obsesionado con “mostrar” lo que las víctimas intentaban esconder bajo la ropa, en el silencio. Esa era la “señal en la piel”: cada muerto tenía un pasado de heridas invisibles que ahora alguien se dedicaba a iluminar brutalmente.

Empecé a pensar en los grupos de ayuda, el hospital, los psicólogos, la gente que compartía el mismo tipo de secreto. Revisé informes y por fin encontré el nexo: todos habían pasado el último año en la consulta del mismo terapeuta, un tipo discreto, gris y metódico, el Dr. Carroll. Pedí cita. No se sorprendió de verme, ni de mis preguntas.

—Hay personas que tienen heridas tan profundas que lo único que pueden hacer es esconderlas —dijo, calmado—; a veces la sociedad se empeña en ignorarlas.

—¿Y usted cree que alguien podría vengarse de todos ellos?

Me sostuvo la mirada. Su traje estaba impoluto, pero tenía una mancha oscura entre los dedos: tinta de bolígrafo, reciente.

—No. Pero hay quien podría convencerse de que están mejor muertos que viviendo con tanto dolor.

De vuelta en la oficina, Brigid bajó la cabeza sobre el montón de pruebas.

—No encuentro sentido en esto, Cass. ¿Por qué forzar a la gente a revivir el dolor justo antes de matarla? ¿Qué busca este tipo?

Miré las marcas en las fotos: cada una diferente, cada una igual de insoportable.

—Algunos quieren dejar huella —dije—. Otros quieren borrar una historia. Y algunos solo quieren asegurarse de que los demás no la olviden.

La noche aún era densa cuando el teléfono sonó. El asesino había dejado una carta: "La señal en la piel habla. Si no la veis, es porque no os importa escuchar." No firmó, pero el mensaje era claro.

Al final, identifiqué al asesino por lo que faltaba, no por lo que había. Una paciente a la que nadie recordó mencionar, una mujer silenciosa, solitaria, cuyas cicatrices no eran visibles: Fiona Hegarty. Ella había estado en las sesiones de grupo, oyó todas las historias, todas las confesiones. Para ella, las otras víctimas eran espejos. Decidió dejar de ser invisible dibujando en la piel de otros lo que nadie quiso oír de la suya. Quiso dejar una marca.

La detuvimos un viernes al atardecer, bajo lluvia. No resistió. Dijo: “Alguien tenía que enseñarles que también existía el dolor de los olvidados.”

Esa noche, encendí otro cigarrillo y miré la ciudad borrosa tras la ventana. Apunté una frase en mi libreta: No hay señal en la piel que pueda explicar la herida en el alma.

Quizá no resolvimos nada. Quizá sólo pusimos un parche sobre una herida que nunca cerrará. Pero, en este oficio, a veces eso es lo que pasa por justicia.

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