Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Tras la puerta
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Portada del relato La última coartada
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Fragmento:


La detective Lucía Padovani llegó justo después. El rumor en la comisaría era que solo respondía al café y a los casos imposibles, y aquel olía mucho a ambos. “¿Y bien?”, preguntó, encendiendo un cigarrillo. Bosch negó con la cabeza. “Nada de lo habitual. Tatuaje reciente en el tobillo, moretones viejos en las muñecas. No llevaba reloj”.

Duración: 04:59

La última coartada
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Había aprendido a no confiar en las noches de Los Ángeles. Lo entendí por primera vez años atrás, cuando aún escuchaba la radio en vez de los gritos del asfalto. Pero ahora, el eco de los disparos era casi un canto de cuna.

Harry Bosch caminó despacio por la acera húmeda. La niebla, redonda y sucia, cubría la bahía como un sudario desteñido. Levantó el cuello del abrigo, cerrándose sobre el arma que siempre llevaba cerca como una costra en la piel. Era un martes de abril y eso sólo significaba que sería peligroso si uno tenía algo que perder.

El cadáver lo esperaba apoyado en una puerta lateral del muelle. Mujer, treinta y tantos, cabello rubio empapado y enmarañado sobre el rostro. Vestía un vestido barato y unos tacones demasiado caros. Los tacones dijeron más de ella que su DNI, que estaba a salvo en el bolso junto a una pitillera vacía y una carta arrugada. Bosch la miró con los mismos ojos de piedra que había dedicado a los muertos desde que cruzó la línea hace años: ternura distante, respeto forzado, promesa de encontrar la verdad aunque la ciudad intentara tragársela.

La detective Lucía Padovani llegó justo después. El rumor en la comisaría era que solo respondía al café y a los casos imposibles, y aquel olía mucho a ambos. “¿Y bien?”, preguntó, encendiendo un cigarrillo. Bosch negó con la cabeza. “Nada de lo habitual. Tatuaje reciente en el tobillo, moretones viejos en las muñecas. No llevaba reloj”.

Lucía sostuvo la carta sin abrirla. “¿La leemos juntos o necesitas inspiración para el informe?”. Bosch la cogió. Era letra de mujer, trazos precisos interrumpidos por trazos agitados, como si quien la escribió estuviera entre la calma y el precipicio. La voz resonó en su mente al leer: “Si algo me pasa, no fue un accidente. Busquen en el muelle, porque las promesas aquí duran menos que la marea. L.”.

La humedad y el miedo siempre recordaban a Bosch el olor de Vietnam. La memoria le apretó los dientes, pero siguió mirando los detalles. Alguien había querido que la encontraran aquí, junto al agua: un mensaje para él, o tal vez para todos los que aún creían que la justicia podía nadar en aguas pútridas.

Lucía señaló el anillo que apenas asomaba en el dedo de la mujer. “Platino, sin inscripción. Nuevo también. Nada de joyas baratas. Alguien la quería mostrar, y al mismo tiempo ocultar. Todo a la vez”. Bosch pensó en los hoteles de carretera, las salas de baile sudorosas, los casinos clandestinos del Este de la ciudad donde la gente apostaba al sol y salía con la luna entre los dientes.

El jefe de la policía llamó al amanecer. “Harry, no te metas demasiado. Decisión de arriba”. Bosch colgó antes de responder; las advertencias sólo servían para recordar por qué estaba allí desde el principio. Encontró a un testigo: el vigilante del muelle, un hombre delgado de barba canosa y párpados hinchados por noches en vela. “La vi llegar poco antes de medianoche. Iba con un tipo alto. Iban discutiendo en voz baja. Luego él se marchó, ella se quedó. Al rato escuché un golpe, pero pensé que era algún pez gordo cayendo en el agua”. Bosch preguntó por el tipo. “No le vi la cara. Llevaba sombrero. Iba arreglado, pero la corbata torcida”, musitó.

De regreso al coche, Lucía le ofreció un trago de su petaca. “No podemos salvar al mundo, Bosch”. Él sonrió amargamente, mirando el horizonte donde la niebla se disolvía entre luces naranjas. “No, pero podemos darle una oportunidad al final de la noche”.

La investigación los llevó tras un hilo de deudas, tratos sucios y nombres que preferían el anonimato de los clubes privados. Un nombre se repetía: Lester Doyle, prestamista de medio pelo, fichado pero nunca condenado. Doyle estaba en un bar de poca monta, contando billetes con más miedo que avaricia. “¿Qué sabes de la chica del muelle, Doyle?”, preguntó Bosch, acercando la foto. Doyle tragó saliva. “Era lista… muy lista. Sabía demasiado. Hacía preguntas sobre la partida grande. Nadie hace eso y sale ileso en este barrio”.

La partida grande. Bosch pensó en la carta y en las promesas que fluyen como veneno en las venas de la ciudad. Un pie tras otro, fueron siguiendo la pista de socios, amigos y traidores hasta terminar frente a un edificio olvidado, donde la lluvia lavaba la sangre seca de una escalera trasera. Allí estaba la respuesta: un amante dispuesto a huir, una suma de dinero que no debía existir y la certeza de que, aunque ganen los lobos, siempre hay quien está dispuesto a aullar hasta el final.

Cuando la madrugada rompió, y la sirena de una ambulancia marcó el compás del final, Bosch miró a Lucía y vio en sus ojos un reflejo de su propia fatiga. “Nadie gana aquí”, murmuró, encendiendo el último cigarrillo de la noche. Lucía asintió, guardando la placa. “Quizá no. Pero alguien más podrá dormir con los ojos cerrados esta vez”.

El mar seguía ahí, ocultando secretos bajo la marea, esperando la próxima noche para volverlos a sacar a la superficie.

Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
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