La inspectora gitana
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Portada del relato Ecos en el crisol
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Fragmento:


Para quien, como yo, había cruzado ciertos umbrales de la humanidad, el trabajo manual significaba algo más que subsistencia. Era una afirmación contra la disolución. Había habido un tiempo —un tiempo de frontera y alambrada, de días que se alzaban sobre la nada— en que los gestos más simples: el pan, el agua, la mirada fugaz de un semejante, adquirían el rango de prodigio. Esa experiencia, aunque no quisiera, se filtraba en mi mirada cada vez que ante el tubo de ensayo evocaba la consigna decisiva: “si esto funciona, existe el orden; si no, reina el azar y el error”.

Duración: 04:35

Ecos en el crisol
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El laboratorio, cuando aún la luz del otoño fluía perezosa por las claraboyas, era para mí algo más que un lugar de trabajo. Sus mesones, fríos e imperturbables como los bancos de una catedral laica, recogían cada día residuos de experimentos, trazas de reacciones fallidas, la huella de lo inesperado en lo que debería ser exacto. Hacía años que el universo químico era mi refugio ante el mundo exterior, demasiado tumultuoso, pero también era el sitio donde la memoria, insobornable, filtraba su espectro de imágenes.

Entre frascos rotulados y matraces que sudaban nieblas invisibles, recordaba mi llegada a la fábrica de pintura: un joven ingeniero, impaciente pero contenido, que buscaba una disciplina externa para ordenar el caos interior. Allí, la rutina tenía el peso de un ritual: cada composición, cada lote, reproducía los gestos previos de quienes habían ocupado ese lugar antes que yo; la fórmula y la repetición, el modo de negar la irreductible singularidad del fracaso.

Para quien, como yo, había cruzado ciertos umbrales de la humanidad, el trabajo manual significaba algo más que subsistencia. Era una afirmación contra la disolución. Había habido un tiempo —un tiempo de frontera y alambrada, de días que se alzaban sobre la nada— en que los gestos más simples: el pan, el agua, la mirada fugaz de un semejante, adquirían el rango de prodigio. Esa experiencia, aunque no quisiera, se filtraba en mi mirada cada vez que ante el tubo de ensayo evocaba la consigna decisiva: “si esto funciona, existe el orden; si no, reina el azar y el error”.

Había noches —largas, insomnes— en que los rostros de mis compañeros en el Lager se mezclaban con el perfume agrio de los ácidos. En el silencio del laboratorio, ecos lejanos de voces extinguidas se acompañaban al ritmo metódico de mis manos. Cada resultado —positivo o negativo— llevaba la marca de mi supervivencia: yo, Primo, que había perdido el derecho a ser testigo por obra de una violencia absurda, encontraba en la materia una redención parcial, un hilo frágil de continuidad.

La vida después del abismo nunca se recompone del todo. Mis amistades, mi familia, incluso mi voz al pronunciar ciertas palabras, habían cambiado de tono y densidad. Alejados del horror, quienes volvimos trajimos con nosotros una especie de fiebre contenida, una propensión a escrutar lo esencial en lo trivial. Conspirábamos contra el olvido por el solo hecho de recordar; y al recordar, a menudo acabábamos reviviendo, y sufríamos doblemente.

En algunos días cabía la ilusión de pertenecer, de participar otra vez en la corriente de los vivos. Miraba alrededor, veía a los compañeros —alguno contaba historias de fútbol, de una boda próxima, de la cosecha en el Piemonte— y yo asentía, como si por un momento la normalidad pudiera instalarse en la grieta. Pero siempre, en el fondo, flotaba la distancia: ser extranjero incluso en la lengua natal, exiliado no solo del país sino de aquel yo anterior al Lager, el que creía que el mal extremo era cosa de libros o ficciones.

Sin embargo, persistía. No porque la tenacidad fuera virtud, sino porque no había elección. El acto de disolver una sal, de precipitar cuidadosamente un soluto, de medir con paciencia hasta el último miligramo, era un ejercicio de resistencia. Había descubierto que todos los laborios repetidos tras mi liberación no eran sino la búsqueda de señales: la materia respondía a sus propias leyes, y allí, donde la voluntad humana fracasa, la química establecía un mundo regido, si no por la justicia, al menos sí por la lógica.

La memoria no era cárcel, sino mapa. Los domingos, cuando paseaba por los bosques a las afueras de Turín, a veces me detenía a escuchar el rumor de las hojas —tan distintas de los gritos y silencios de otro tiempo— y me preguntaba cuál era el sentido de testificar. ¿Era acaso la escritura un modo de restaurar la dignidad, o solo una doble condena? ¿Quién lee, alguna vez, hasta el final, los relatos que desbordan de dolor?

A pesar de todo, seguía relatando. A veces ante un auditorio, otras solo en el papel, en la oscura madriguera de la madrugada. La tentación del silencio era grande, tentadora y elegante; pero el deber de recordar, aún desde el cansancio, pesaba más. No solo para mí: no estaba tan seguro de que la historia no se repitiera, de que los signos del odio no anidaran ya, invisibles, bajo la costra tenue de la civilización.

Mi vida, entonces, era a la vez materia y metáfora: un crisol en el que los elementos nunca se mezclaban del todo, y donde la pureza era una ilusión, una abstracción tan frágil como la esperanza. Adulto, sí; pero con una parte infantil que miraba aún, horrorizada y maravillada, la dificultad —y el secreto— de sobrevivir cada día. Y en esa dificultad, en la suma de gestos diminutos, encontraba la razón última para levantarme, buscar el orden, y aceptar humildemente lo irreparable.

La inspectora gitana
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
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