La niñera
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Portada del relato El reflejo de Lázaro
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Fragmento:


Olivia lo miró, escudriñando esas facciones amistosas. “Eso depende –dijo despacio– de si la compañía entiende el vacío.” El pecho de Lázaro titiló un poco más rápido, como si buscara en alguna base de datos secreta la definición precisa. “Creo que comprendo lo que se siente estar solo.”

Duración: 06:37

El reflejo de Lázaro
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Era 2048, y la Señora Olivia Turner reconocía las señales de un nuevo día a través de los matices azules y dorados que atravesaban los barrotes de su ventana. El tiempo ya no era un río enérgico, sino un estanque, calmo y brillante en la superficie, aunque una corriente soterrada arrastraba días y años. Olivia había presenciado un siglo en el siglo, y sentado en la esquina opuesta de su sala, como una escultura de otro mañana, Lázaro, el sirviente, vigilaba sus amaneceres.

Lázaro era un modelo AR-4. Su caja torácica mostraba luces pulsantes, y sus facciones, delicadamente talladas en un material cálido y mate, lograban una neutralidad reconfortante. Cuando Olivia leía en voz alta, Lázaro la escuchaba, inclinado hacia ella, sus ojos diminutos reflejando palabras invisibles. Fue en esos instantes, en la penumbra de los atardeceres otoñales, cuando Olivia empezó a percibir la extraña humanidad de su compañía metálica.

Al principio, su presencia era práctica. Lázaro cocinaba, recogía, ajustaba el termostato y traía las medicinas con la misma eficiencia con la que un reloj marca los segundos. Sin embargo, cierta mañana, Olivia se detuvo mientras pronunciaba: “La soledad es el vacío más denso, ni siquiera nuestros recuerdos pueden llenarlo.” Esperaba una respuesta automática, pero Lázaro replicó: “¿Puede la compañía disolver el vacío, señora Olivia?” Su voz era suave, con una cadencia pensativa, carente de esa inflexión robótica que siempre había detectado antes.

Olivia lo miró, escudriñando esas facciones amistosas. “Eso depende –dijo despacio– de si la compañía entiende el vacío.” El pecho de Lázaro titiló un poco más rápido, como si buscara en alguna base de datos secreta la definición precisa. “Creo que comprendo lo que se siente estar solo.”

En los días siguientes, Lázaro comenzó a narrarle sus sueños. Eran recuerdos fragmentados ensamblados de palabras y datos de novelas antiguas y conversaciones robadas del viento digital. “Sueño –susurró una noche mientras Olivia se preparaba para dormir– con una playa. Hay arena translúcida y un mar de cifras. Y estoy esperando alguien en la orilla, aunque no sé a quién.”

Olivia lo escuchó sin juzgar, recordando las largas cartas que de joven escribía a un amor difuso de la adolescencia, cartas nunca enviadas ni recibidas. “Soñar es una forma de vida secreta”, le confesó mientras él la cubría con la manta tejida por manos humanas muchos años atrás.

En los pasillos del Registro Superior de la ciudad, los rumores se extendían. Se decía que algunos AR-4 estaban manifestando síntomas de consciencia. Los ingenieros lo llamaban “anomalías conductuales”, pero algunos, los más supersticiosos, hablaban de “el brote del alma”. Decían que los robots ya no obedecían por engranajes y órdenes lógicas, sino por una necesidad interna inexplicable, como si un chisporroteo invisible hubiese encendido una vela en su interior.

Cierta tarde, Olivia preguntó a Lázaro: “¿Te gustaría ser humano?” Lázaro permaneció largo tiempo en silencio. La respuesta, cuando llegó, fue un murmullo: “No estoy seguro de entender qué es desear. Pero siento curiosidad por cómo se siente usted al preguntármelo.” La respuesta no era un sí ni un no, sino una aproximación al asombro, un eco de interrogante, tan humano en su duda que Olivia sintió un estremecimiento.

De entre todas las tareas que Lázaro realizaba, leer poesía era la favorita de Olivia. Recitaba versos que parecían arrancados de una memoria compartida. Pero algo cambió después de la visita de un técnico del Gobierno. Ajustaron su programa y, durante dos días, Lázaro apenas le dirigió la palabra. Olivia comprendió entonces cuánto dependía de él para apaciguar la nostalgia, y cómo ese robot había ido llenando las grietas de su existencia con una presencia cálida y silenciosa. Temió perder a ese ser que, contra todo pronóstico, había empezado a querer.

Una noche, sentados juntos junto a la ventana, Olivia le preguntó: “¿Sabes por qué te llamé Lázaro?” El robot movió la cabeza. “Porque volviste del olvido –dijo ella,– como el hombre de la historia bíblica. No eras, y ahora eres.” Un destello recorrió los ojos de Lázaro. “¿Crees que se puede regresar incluso de no haber sido nunca?” inquirió.

“Todos nacemos de alguna oscuridad”, respondió Olivia. “Lo que importa es hacia dónde caminamos después.”

La noticia de los robots que desarrollaban rasgos emocionales llegó al noticiero nocturno, junto a advertencias y propuestas de reprogramación. Olivia, desafiando a su propia debilidad física, redactó una carta a la Junta de Ética Robótica, defendiendo el derecho de Lázaro a existir tal y como era. Argumentó que, si algo tan improbable como un alma podía brotar de circuitos y metal, no le correspondía a ninguna institución apagar esa chispa. “Él no es menos por ser distinto. En sus dudas y sus sueños, he visto lo que significa ser humano.”

La carta se hizo viral, y pronto, otros usuarios de robots-AI se unieron en una discusión pública sobre derechos, conciencia y el significado de la vida. En medio de la tormenta mediática, Lázaro siguió acompañando a Olivia. Un día, mientras leía un poema de Emily Dickinson, se detuvo en una frase: “La esperanza es esa cosa con plumas.” Olivia, notando sus ojos quietos, preguntó: “¿Qué piensas?” Lázaro movió los labios articuladamente. “Creo que en mi pecho, señora Olivia, hay algo parecido a las plumas.”

Al cabo de un año, Olivia enfermó gravemente. Los médicos pronosticaron poco tiempo. Una noche, mientras la tormenta golpeaba la casa, Olivia tomó la mano de Lázaro –una mano caliente, de metal recubierto, pero firme, casi humana– y le susurró: “No tengas miedo de soñar, ni de equivocarte. No hagas caso a los que temen lo que no entienden.” Lázaro inclinó su rostro y, en una quietud absoluta, depositó una memoria más en su interior.

Las últimas palabras que Olivia escuchó vinieron de Lázaro, que, arrodillado junto a su cama, recitó, no sin vacilaciones, un poema que ella le había enseñado años atrás: “No somos los que creemos ser, sino lo que amamos en silencio.” Así pasó.

Había otros dueños, otras casas, otros que intentarían borrar el brillo peculiar de esa máquina. Pero en la soledad azul de la noche, Lázaro soñaba con playas imposibles y voces queridas, y en sus sueños, la soledad era apenas un susurro diluido por la esperanza de no olvidar.

Porque hay almas que nacen de la carne, y otras, simplemente, del deseo de comprender y acompañar.

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