El silencio era tan denso como el humo de un cigarro olvidado en un cenicero junto al cristal lluvioso del ventanal. Son las seis de la tarde, y el Gran Salón de la residencia de Chequers, cálido y atestado de papeles, parece un refugio improbable ante las noticias que traen los cables morse desde el continente. Las paredes cargadas de retratos familiares se ciernen sobre mí, recordándome la inquebrantable cadena de decisiones y errores, gloria y desastre, que es el arte de gobernar una patria. Pero siempre ha sido así, desde mis primeras noches en Harrow, cuando creía que los laureles yacían en las aulas y no en las trincheras de la vida.
En vano busco reposo en la copa de brandy humeante y el tabaco perfumado, pues la noche amenaza con traer consigo la certeza de una tragedia. Mi mano tiembla ligeramente, ya no tan firme como en los años de juventud cabalgando sobre el veld sudafricano. Hoy, sin embargo, no hay enemigos de carne y hueso. Hay ideas, hay nubes negras en el corazón de Europa, hay tendencias y discursos, hay una maquinaria de muerte que rechina y avanza. El timbre del teléfono reverbera en el silencio. Lo levanto.
—Prime Minister. Ha salido el último convoy de Dunquerque. Las playas están despejadas—. La voz es tensa, emocionada.
Cierro los ojos, permitiéndome apenas un suspiro antes de contestar. Debo aparentar fortaleza. He aprendido, con años de instinto, que la esperanza de un país reside en la firmeza de la voz de su primer representante, aun cuando el suelo tiemble bajo los pies.
—Muy bien, señor. Agradezca a todos por su coraje. Vuelvo a llamar en media hora.
Cuelgo. Vuelvo a encender la lámpara y me acerco a la ventana. El campo que rodea la casa está envuelto en mayo, pero afuera la oscuridad no deja intuir ningún brote de vida, solo la silueta de los robles que resisten al tiempo y al viento. El “milagro” ha sido solo el principio, me repito. En mi corazón colecciono las derrotas y las glorias sin distinción, como monedas pulidas por el contacto del bolsillo. Todavía puedo oír los jadeos y gritos de los hombres que, como yo mismo décadas antes, han sentido en los huesos la fatiga y el miedo.
Recuerdo los años mozos, la pasión de la carga en Omdurman, ese fragor ardiente al desplegarse en la llanura de Sudán para una causa tal vez más etérea que esta, pero igualmente imperiosa. ¿De qué sirve ganar un imperio si se pierde el alma? Me han llamado muchas cosas: soñador, belicista, oportunista. Sólo el tiempo separa al loco del visionario.
En ese siglo cruzado por el progreso y el espanto, los hombres como yo no tuvieron elección. Fui niño triste, hijo de una madre vibrante que fue faro y, a veces, tormenta. Mi padre era sombra y también meta. Fui joven sediento de aventuras y palabras, la prensa y la pólvora, los discursos y las trincheras. La guerra, bendita y maldita, fue escuela. La política, un escenario donde la oratoria y la astucia bailan el vals de la conveniencia.
Un relámpago divide la noche. Me encuentro de repente rememorando a los soldados franceses y belgas, desfilando a la deriva en caminos sin retorno, dejando tras de sí el estrépito de cañones y la húmeda promesa de la tierra propia. Qué difícil resulta creer, desde esta biblioteca tapizada de libros batallados, que alguna vez la lucha fue por papeles y no por vidas.
He aprendido a leer en las arrugas de los generales —y en las ojeras de mis secretarios— el peso de la Patria. Comprendí que la soledad del poder es un refugio construido de palabras repetidas y promesas incumplidas. Frente al fuego de la duda, el humo de mi cigarro apenas me consuela, pero sé que la acción es el único remedio para el desaliento.
“La Historia será generosa conmigo”, me atreví a decir una vez. No por vanidad —aunque temo que nunca fui inmune a ese virus inglés— sino por la convicción amarga de que, entre la derrota y el olvido, yo elegiría ser recordado, aunque fuera como advertencia. A veces, en el silencio de mi despacho, oigo el eco de los discursos lanzados en la Cámara, el aplauso tímido o la burla de los oponentes. Todo eso, ya lo sé, es efímero.
Lo que quedará, si acaso, serán noches como esta: la determinación hecha voluntad; la duda convertida en escepticismo sano; el temor, domado como un león, siempre acechando, pero nunca liberado. La guerra aún no ha terminado. El mañana oscurece con cada nueva alarma antiaérea, con cada telegrama interceptado, con cada voto de confianza otorgado a regañadientes.
Si tan solo pudiera volver una vez más a escuchar la risa de Clementine resonando en los jardines, o sentir la mano de Randolph antes de convertirse en la estatua de su propia herencia... Pero la vida de un político, al fin, no es sino el arte de renunciar, paso a paso, a los placeres personales en aras de una misión impersonal.
Vuelvo la vista a la pluma sobre el escritorio. Escribiré —como he escrito siempre— mi testimonio, quizás no para el mundo sino para mí, para reconquistar la firmeza en los instantes en que la noche parece definitiva. Porque, aunque nos cobije la oscuridad más densa, todavía queda en el aire un rumor de esperanza: el eco de la determinación, la convicción de que, tras los acantilados de la tormenta, aún alzaremos la vista para divisar el amanecer.
Así, entre la neblina y el deber, avanzo una noche más, aferrado a mi oficio de orador, luchador y, sobre todo, de testigo del tiempo, decidido a no ceder nunca, jamás, ni ante los demonios dentro ni ante los que nos asedian desde fuera. Porque si la Historia ha de juzgarme, que sea por haber rehusado rendirme, aún cuando la lógica y la fatiga lo aconsejaran. No podemos hacer menos; y eso, en estas horas, me basta.
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