Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
La grieta del silencio
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Tras la puerta
Portada del relato Guardían del alba
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Fragmento:


Había un hombre a mi lado, un filósofo en otro tiempo, ahora hueso y piel, temblando bajo una cobija raída. “¿De qué sirve todo esto?”, solía murmurar. Su pregunta traspasaba la tela de la realidad y me golpeaba el pecho, hasta que el silencio era más elocuente que cualquier argumento. Solo entonces pensaba en Tilly, mi esposa perdida, su imagen sostenida por la imaginación como un relicario imposible de robar.

Duración: 05:48

Guardían del alba
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Nos adentramos en un invierno imposible, uno de esos inviernos que muerden los huesos y dejan las palabras ásperas y congeladas en la garganta. El viento provenía de algún lado desconocido, tan lejano que parecía inventado, y la nieve caía no como una bendición, sino como una sentencia que aplastaba cualquier intento de esperanza. El mundo estaba cercado y rugía alrededor de nosotros, y dentro del campo, cada hombre y cada mujer era tan solo un número más, un trozo de existencia a punto de disiparse.

Yo, Viktor Frankl, médico y pensador antes de ser prisionero, me envolví en la rutina pegajosa de los días interminables. La oscuridad era añil, casi tangible, y los gritos en la noche eran música desafinada, un recordatorio constante de la precariedad humana. A veces, al mirar alrededor en la barraca, veía ojos vidriosos, huecos de hambre y de ausencia, y otras veces, solo el reflejo de mi propio miedo flotando en el aire helado.

Recuerdo con nitidez la primera vez que comprendí que toda libertad, la verdadera libertad, reside en el último reducto del ser, en la forma en la que uno responde, incluso a lo irremediable. Era una noche oscura, y yo estaba sentado sobre la tabla de madera, rodeado del susurro de la desesperación. Eran pocos los que podían dormir allí. La mayoría, simplemente, se rendía a la vigilia, con pensamientos obsesivos sobre el pan, la sopa y la próxima selección.

Había un hombre a mi lado, un filósofo en otro tiempo, ahora hueso y piel, temblando bajo una cobija raída. “¿De qué sirve todo esto?”, solía murmurar. Su pregunta traspasaba la tela de la realidad y me golpeaba el pecho, hasta que el silencio era más elocuente que cualquier argumento. Solo entonces pensaba en Tilly, mi esposa perdida, su imagen sostenida por la imaginación como un relicario imposible de robar.

Muchos dormían abrazando sus recuerdos. Era su forma de resistir: un olor, un gesto, una palabra suave. Otros, sonreían ante la más insignificante ternura, como el calor de una taza compartida, o el rastro de una carta olvidada en un bolsillo. El sentido de nuestras vidas, lo entendí allí, era la suma de estas pequeñeces, la elección voluntaria de dotar a la desgracia de un significado propio.

Aquella noche, el cielo enterrado bajo la escarcha no me ofrecía consuelo, pero me tendía una pregunta. ¿Quién eres, cuando todo te es arrebatado? El campo era un espejo deformado. Las horas eran espejismos. Aprendí a buscar el significado en el sufrimiento, a transformar la angustia en actitud. Cuando no podemos cambiar nuestro destino, decía a los demás, estamos llamados a cambiarnos a nosotros mismos.

La rutina era letal: marchas al amanecer, tareas humillantes, cuerpos arrastrados como fardos. Perdí muchos amigos. Algunos se desvanecieron sin palabras, como humo. Otros resistieron con fiereza, y uno, aquel filósofo de mirada mala, se aferró a mi hombro una noche especialmente fría. “Si alguna vez sales de aquí, escribe sobre nosotros”, me pidió. “Que no se apague nuestra luz.” Sentí entonces el peso de la responsabilidad, una urgencia que me mantuvo vivo.

Viví los días como un balanceo constante entre la resignación y la rebelión íntima. Había horas que parecían eternas, momentos en que el absurdo era real y nos ahogaba, pero también chispas de sentido, fulgores en medio del lodo. Recuerdo a un joven que compartía su trozo de pan aunque tuviera hambre; a un anciano que recitaba poemas en la oscuridad para que otros no olvidaran la belleza. Cada acto, por pequeño, era una afirmación.

Las noticias, cuando llegaban, corrían como polen liberador. “Los rusos están cerca”, murmuraban algunos. Otros no querían escuchar. La esperanza era peligrosa, pero más peligrosa era su ausencia. Yo me repetía una y otra vez que debía sobrevivir, para ver a Tilly, para honrar a los caídos, para dar testimonio. Me convertí en un observador, un cronista silencioso de anhelos y resignaciones, de luces que titilaban y, a veces, se apagaban.

El último invierno fue el más cruel. Muchos sucumbieron a la fatiga, al hambre y a la fiebre. Sin embargo, por las noches, algunos seguían reuniéndose en torno a una historia, una canción, una mano amiga. El hombre despojado de todo, el hombre que ha perdido a sus seres queridos, su trabajo, su patria, puede replegarse sobre sí mismo o elevarse. Convertí mi sufrimiento en una pregunta constante: “¿Para qué debo soportar esto?” En esa pregunta hallé mi propósito.

Sobreviví, y al salir del campo, solo tenía retazos y recuerdos. Caminé bajo el mismo cielo, pero ya no era el mismo hombre. Toda mi vida anterior me parecía distante, ilusoria. Había aprendido a convivir con la ausencia, a dialogar con aquello que no puede ser restaurado. Me entregué por completo a la búsqueda del sentido, no porque pudiera responder todas las preguntas, sino porque sabía que en la búsqueda misma estaba el núcleo de nuestra humanidad.

La historia, la mía y la de todos los que compartieron mi destino, no es solo un testimonio de dolor, sino la confirmación de que incluso en las peores circunstancias, la chispa de sentido puede resistir. Guardé conmigo las voces, las miradas, las promesas. Y mientras avance por la vida, los llevaré dentro, recordando siempre: el último de los derechos humanos es la libertad de elegir quién queremos ser, incluso ante el abismo.

Así, cada noche, cuando el silencio es profundo y la memoria regresa, pienso en aquellos inviernos y en las formas inagotables de la esperanza. La vida, lo sabía entonces y lo sé ahora, exige que tomemos la antorcha aún en la más densa oscuridad, y que la llevemos adelante para que nunca se apague, por nosotros y por quienes ya no pueden.

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