Fragmento:
Al crecer, Omar se alejaba para no escuchar esas voces, se convencía de que eran cuentos de viejos, mitos endurecidos por el invierno y la pobreza. Pero hoy estaba de regreso, arrastrando en la espalda la mochila y en el corazón la ausencia: su hermano menor había desaparecido en las laderas la noche anterior, cuando la bruma se volvió negra y los soldados comenzaron a disparar al aire, o al miedo mismo.
Duración: 04:02
Las nubes se afilaban como cuchillas sobre la sierra. Cuando Omar llegó al linde del bosque, su pecho dolía con un temblor antiguo: las palabras que pesaban aún más que la altitud. Habían passado seis días desde que el camión militar descendió por la carretera y tres desde que la abuela Tránsito habló con la montaña. Nadie en el pueblo supo bien lo que eso significaba. Pero cuando Tránsito se inclinó sobre las piedras viejas de la plaza y comenzó a susurrar con la voz de todas las mujeres de su sangre, los pájaros callaron y los niños corrieron a casa sin preguntar.
Al crecer, Omar se alejaba para no escuchar esas voces, se convencía de que eran cuentos de viejos, mitos endurecidos por el invierno y la pobreza. Pero hoy estaba de regreso, arrastrando en la espalda la mochila y en el corazón la ausencia: su hermano menor había desaparecido en las laderas la noche anterior, cuando la bruma se volvió negra y los soldados comenzaron a disparar al aire, o al miedo mismo.
El sendero subía en una diagonal cruel. Mientras ascendía, Omar sentía el bosque palpitar. Había ruidos: ramas que se partían, gusanos que removían la tierra, ráfagas que agitaban las hojas como si algo respirase entre ellas. Recordó cuentos viejos: hombres que subieron y nunca bajaron, voces que desorientan, caminos que se doblan y regresan al mismo punto, aunque los pies sangren de tanto andar. Tal vez, en el corazón de la montaña, todas las palabras que se callan en el pueblo rebotaban para hacerse oír.
A la mitad del sendero, Omar halló los primeros signos: retazos de ropa, una pulsera de cuentas que sabía era de su hermano. Tocó el suelo, miró el horizonte. No gritó su nombre. Había aprendido que aquí todo sonido regresa, pero transformado —si llamaba a su hermano, podría responderle un eco vacío, o algo peor.
Llegó el filo al filo de la cumbre justo cuando el sol comenzaba a descender. El aire estaba tenso y frío. Allí, en un claro que nunca antes había visto, estaban reunidas las mujeres del pueblo. No se habían puesto de acuerdo. Algunas rezaban, otras lloraban en silencio, y unas cuantas golpeaban el suelo con los pies, invocando un pulso que no era humano y sí necesario. Tránsito, la abuela, tenía los ojos vueltos hacia dentro y hablaba en dos lenguas: la que usaban con sus nietos, y la otra, la que solo la montaña, que la conoce de siglos, podría entender.
Omar sintió cómo las voces se entrelazaban. Cada palabra era una cuerda, un grito clandestino que subía de las tripas del mundo. Hablar de lucha no era aquí bramar en rabia ni empuñar machetes. Era un tejido: resistir no solo a los hombres armados, sino al olvido. La conectividad de las palabras creaba una red, una defensa invisible, porque mientras las voces se mantuvieran vivas en la montaña, nadie, ni los dueños de la tierra ni los soldados, podrían arrancar del todo quiénes eran. Lo entendió tarde, pero lo entendió hondo.
Entonces, la montaña devolvió las voces. No fue un milagro ni un acto de magia simple. Por las pendientes bajó un estruendo: una multitud de ecos, como un río de nombres, piedras y lágrimas. Omar oyó el susurro de su hermano, reconoció el saludo de sus ancestros, sintió la advertencia de los desaparecidos y la promesa de los que aún no nacerán. Allí estaba la lucha: resistir de pie, nombrándose, aún cuando los perdidos no regresen con cuerpo y carne, sino solo en la memoria colectiva de la tierra.
Omar bajó cuando la luna salió, las mujeres detrás de él, los ojos encendidos. El pueblo seguía amenazado, los soldados seguían patrullando los caminos, pero algo iba distinto: era ahora la montaña quien cantaba por ellos, y cada silencio, cada palabra callada, retumbaba dentro del pecho como una orden serena. No podían callarlas a todas. La montaña, decían, nunca olvida. Y así, mientras haya quien nombre a los suyos frente al eco, mientras los pasos sigan subiendo y bajando los caminos antiguos, la lucha seguirá, no como llama violenta sino como un susurro persistente bajo el cielo roto.
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