Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
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Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Edición limitada de la novela Anatema.
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Portada del relato Hijos del hierro, brazos de la tierra
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Fragmento:


Cada mañana, cuando el reloj tosco sobre la chimenea de la planta marcaba la hora, Gregorio veía desfilar a sus compañeros. Paños amarrados al cuello para mitigar el polvo, las manos hendidas por el trabajo, los ojillos alertas bajo cejas ralas y cuarteadas. Allí no había enemigos solo de carne, sino de espectro: salarios que menguaban, jefes invisibles que acechaban desde despachos altos como fortalezas, leyes tan densas que la justicia se extraviaba en ellas.

Duración: 03:51

Hijos del hierro, brazos de la tierra
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Amanecía, y sobre los muros desconchados de la ciudad, los primeros rayos recorrían una silueta que se adivinaba humana, pero crujía bajo el peso del cansancio acumulado. No había más milagros que el sudor y el llanto; eso había aprendido Gregorio tras décadas de anónima batalla. En sus manos, la memoria de generaciones sin nombre, obreros y obreras engullidos por las fábricas, cuyos rostros jamás adornaron un billete ni conocieron otro perfume distinto al del metal ardiente y la pólvora de las noches rebeldes.

Cada mañana, cuando el reloj tosco sobre la chimenea de la planta marcaba la hora, Gregorio veía desfilar a sus compañeros. Paños amarrados al cuello para mitigar el polvo, las manos hendidas por el trabajo, los ojillos alertas bajo cejas ralas y cuarteadas. Allí no había enemigos solo de carne, sino de espectro: salarios que menguaban, jefes invisibles que acechaban desde despachos altos como fortalezas, leyes tan densas que la justicia se extraviaba en ellas.

Pero aquel día, algo distinto flotaba sobre la rutina. Una noticia corría de boca en boca, encendida como pólvora: el consejo había decidido recortar los turnos y, lo que era peor, los sueldos. Voces apagadas a la salida del edificio, brazos cruzados, miradas que se esquivaban y buscaban al mismo tiempo un líder, una chispa, una palabra.

Gregorio, aunque lo negaba, no podía evitar sentir la carga de los ojos ajenos sobre su espalda. No era el más alto ni el más fuerte, pero sí el que menos había doblado la cerviz. Junto a él estaba Teresa, joven y enérgica, dispuesta a llevar la protesta a los talleres, a contagiar el fuego a quienes aún dudaban.

“¿De qué sirve vivir si es para seguir muriendo cada día un poco más?” dijo Teresa, su voz clara como la campana de la fábrica. El murmullo de los otros creció, como si una puerta invisible se abriera entre el miedo y la esperanza.

Esa noche, las calles se llenaron de pasos, tambores hechos con bidones, banderas improvisadas. Sabían que nada cambiaría si no había sacrificio. Unos traían pancartas con lemas, otros llevaban hijos pequeños agarrados del abrigo, mirándolos con la seria complicidad de quien aprende demasiado pronto el precio de la vida.

La policía llegó también, y con ella el rumor de botas, la amenaza de porras, los gritos de mando. Hubo un instante de silencio, denso e implacable, antes de que la primera fila diera un paso al frente. Gregorio sintió el brazo de Teresa apretando el suyo, un ancla rota pero resistente.

Entonces, el grito surgió, uno solo, y después miles, desbordando avenidas, escalando las ventanas de los que espiaban tras los visillos. “¡Pan y dignidad!” clamaban, los puños alzados. El primer golpe cayó sobre el asfalto, un joven arrojado al suelo, y la multitud tembló, dudó, pero no retrocedió.

Las horas siguientes fueron una tormenta de cuerpos, piedras, consignas. El mundo era una llamarada breve, pero ahí, entre el humo, Gregorio vio algo nacer: una certeza de que ya no habría vuelta atrás, de que la resignación había muerto aquella noche.

Al amanecer, heridas abiertas y esperanza desbordada, nadie era el mismo. Habían perdido el miedo, y aunque las fuerzas del orden limpiaban las calles con agua y golpes, las palabras y los gestos seguían flotando. Entre los escombros, Teresa buscó la mirada de Gregorio y sonrió. “Hemos aprendido lo que valemos. Nadie podrá quitárnoslo.”

Así, entre la sangre de los caídos y el polvo de la aurora, la historia se escribía: no como promesa, sino como conquista diaria, como la certeza de que la lucha no termina nunca, y que en el choque de cada jornada aún resuenan los himnos que los poderosos temen oír. Porque, al final, el verdadero poder estaba allí, en aquellos que nada tenían salvo su voluntad inquebrantable de ser libres.

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