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Fragmento:


Aquella noche el aire olía a desinfectante y sudor viejo. Todo respiraba amenaza: los murmullos, el traqueteo de las máquinas de ejercicios, la manera en que los focos pendían como estrellas diligentes y tristes sobre ti y Kirov. Nadie hablaba de honor allí, pero esa palabra, sucia y resquebrajada, la sentías entre los dientes y los huesos. ¿Por qué había llegado el desafío hasta ti? Porque eras la medida de muchos. Porque sabían que al quebrarte podrían reconstruir sus mitos y alimentar otro ciclo de relatos a costillas de tu cuerpo.

Duración: 03:52

La casa de las cicatrices
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Miras las manos, y piensas que esas líneas antiguas, cruzando la piel como cauces secos, nunca te traicionarían. Las peleas —las verdaderas, no esas que se muestran en la pantalla, con coreografías estudiadas— dejan un sabor a miedo rancio y un lastre agridulce en los tendones. Sabes porque lo has vivido: la monstruosidad y la gracia pueden mezclarse en una sola noche, en un solo instante bajo los reflectores de un gimnasio olvidado.

Aquella noche el aire olía a desinfectante y sudor viejo. Todo respiraba amenaza: los murmullos, el traqueteo de las máquinas de ejercicios, la manera en que los focos pendían como estrellas diligentes y tristes sobre ti y Kirov. Nadie hablaba de honor allí, pero esa palabra, sucia y resquebrajada, la sentías entre los dientes y los huesos. ¿Por qué había llegado el desafío hasta ti? Porque eras la medida de muchos. Porque sabían que al quebrarte podrían reconstruir sus mitos y alimentar otro ciclo de relatos a costillas de tu cuerpo.

La carne se convierte en argumento sobre el ring, susurras en la mente mientras te enfrentas al hombre cuya mirada ya ha aceptado todo el dolor anunciado. Miras alrededor: los rostros son espejos de otros temores. La mujer en la esquina, apretando los nudillos contra la barbilla, el anciano de barba gris que masculla profecías sobre cómo nadie vuelve igual de esos lugares. No eres un héroe, te dices, ni Kirov es el villano. Son dos bestias detenidas en el mismo punto, vistiendo la insoportable dignidad de los desheredados.

El gong suena y entonces ya no puedes huir del pacto sellado. Intercambian los primeros golpes, secos y mecánicos. Aprietas la mandíbula y dejas que la sangre adquiera memoria bajo la piel. El público deja de importar tan pronto alcanza el dolor esa calidad de verdad irrebatible. Sientes los nudillos de Kirov como si fueran martillos forjando una sola campana tenebrosa, pero respondes, devolviendo una violencia fría y precisa que no pide disculpas.

La pelea cobra un ritmo propio, tan ajeno al decoro y tan cercano a la necesidad que por un momento hay claridad. Allí, en la simetría del daño, logras vislumbrar la razón: no pelean hombres, pelean sus historias. El cuerpo es sólo el animal que lo lleva. Alguna vez fuiste otro —niño en la aldea huyendo de las tormentas, joven que gritaba en los campos para espantar los sueños— pero ahora eres solo este reflejo roto del deseo de ser invencible.

Kirov tambalea pero te pide, en una mueca terrible, más verdad. Decides dársela: la rodilla al costado, el codo al pómulo, cada golpe es una confesión. Sientes su respeto en el modo en que no cae, en el modo en que resiste. De pronto recuerdas a tu madre, sus historias de hombres que volvían mutilados y orgullosos, y te preguntas si eres uno de ellos o sólo un eco de tantas derrotas, flotando de noche bajo luces pálidas.

La última combinación es torpe y violenta, y ambos caen un momento, arrastrando consigo el suelo y la mirada de todos. Allí, en la lona, junto al aliento áspero y los fluidos mezclados, entiendes lo esencial: nunca se gana del todo, nunca se pierde por completo. Te levantas antes que Kirov, pero apenas logras sostenerte. Él también se yergue. El público, entonces, guarda silencio.

En los días que siguen, descubrirás que la verdadera lucha es con el recuerdo, esa sombra interminable que te acompaña, reprochando y acariciando a la vez. Tu carne sanará, aunque quedarán esos surcos mudos sobre la piel. Aprenderás a caminar de nuevo bajo la lluvia, donde la dignidad y la derrota bailan juntas. Y cuando alguien te pregunte por qué luchaste, mirarás tus manos y responderás: “Para no desaparecer.” Pero sabes —y ellos intuirán— que la verdad está en el silencio, en la cicatriz, en la noche donde todo ardió y después sobreviviste.

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