Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Edición limitada de la novela Anatema.
La inspectora gitana
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
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Fragmento:


En la isla olvidada de Damedhyr, donde los vientos marinos nunca descansan y la escarcha nunca abandona los acantilados, vivía una estirpe antigua. Dicen los pescadores que bajo las aguas de la costa se ocultan poemas nunca escritos y deseos que la luna rehusó conceder. Entre las quebradas y las cavernas, los isleños construyeron una pequeña ciudad de piedra azulada, cuyo nombre solo pronunciaban en sueños: Luxvaira.

Duración: 04:03

La sombra de Damedhyr
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En la isla olvidada de Damedhyr, donde los vientos marinos nunca descansan y la escarcha nunca abandona los acantilados, vivía una estirpe antigua. Dicen los pescadores que bajo las aguas de la costa se ocultan poemas nunca escritos y deseos que la luna rehusó conceder. Entre las quebradas y las cavernas, los isleños construyeron una pequeña ciudad de piedra azulada, cuyo nombre solo pronunciaban en sueños: Luxvaira.

La leyenda más temida de Damedhyr versa sobre la sombra que descendió una vez desde la estrella Betelgeuse. Cuentan que, mucho antes de la memoria, una figura envuelta en túnicas del color de la aurora boreal llegó entre la bruma. No tenía rostro, pero poseía dos ojos como pozos de agua pura, capaces de reflejar los pensamientos ajenos. La gente de la isla lo llamó Aelisar, aunque en susurros preferían el apelativo de “el Silente”. Aelisar caminaba sin ruido, dejando a su paso una neblina densa que, al tocar la piel de los adultos, les hacía olvidar pequeñas certidumbres: el aniversario de un beso, el porqué de las mañanas, el punto exacto donde concluyen los sueños.

No era un castigo, sino una ofrenda. Como el agua que cae eterna entre dos riscos, la llegada de Aelisar aportó alivio a los corazones que soportaban el peso de sus vidas marchitas. Los hombres sentían una ligereza desconocida que les permitía danzar bajo la luna llena, y las mujeres recitaban versos que jamás habían aprendido. Sin embargo, esa bendición tenía un costo oculto: cada vez que una certeza era robada, un trozo invisible de su sombra permanecía anclado en algún rincón de la ciudad, creciendo en su poder y ansias.

Pasados los primeros ciclos de la luna, los isleños acudieron con ofrendas de sal, perlas y vino amargo, rogando a Aelisar que les dejara también las certezas dolorosas. Pero el ser Silente negó con la cabeza, pues la tragedia era la moneda con la que el olvido compraba la esperanza. Fue así como, en las esquinas de Luxvaira, se empezaron a gestar dos facciones: los “Sostenedores”, que valoraban sus penas tanto como el coraje de afrontarlas, y los “Vaciados”, que preferían la sonrisa simple del desconcierto.

Un día, una pareja se atrevió a desafiar la voluntad de Aelisar. Thara, la bordadora de mimbres, y el marinero Ruval, enamorados desde la infancia, se presentaron juntos frente al Silente en la cima de la colina más occidental. Thara, armada solo con un relicario heredado, propuso guardar todas sus penas y recuerdos en el amuleto mientras Ruval, de rodillas, suplicaba el don de no olvidar jamás a Thara, aun obligando su mente al más profundo vacío.

Aelisar los miró en susurros de celeste y negro. La sombra se abalanzó sobre la pareja, toreando el relicario y entrelazando sus recuerdos. A partir de esa noche, Thara perdió la memoria de cada beso salvo el primero, y Ruval quedó atado para siempre a la sensación de un abrazo que no recordaba, pero por cuya ausencia sufría como si le fuera arrancado el corazón cada amanecer.

Los dioses olvidados de la isla, testigos de la disputa, decretaron que el precio de desafiar la sombra era convertirse en leyenda: Thara pasaría todas las noches meciendo las olas como si fuesen cuerdas de un arpa, tejiendo en la espuma los recuerdos perdidos. Ruval, por su parte, naufragaría eterno entre sueños y despertares, buscando cada día los fragmentos del abrazo imposible.

En Damedhyr, aún se dice que cuando amanece grisáceo y calmado, es porque Thara y Ruval se han encontrado en la neblina del alba, y su dolor ha concedido un respiro a la isla. Pero si la bruma se espesa y los acantilados parece que gimen, es que la sombra de Aelisar ha vuelto a recuperar lo que nadie debía olvidar: que la memoria y el olvido bailan juntos en el borde mismo de la locura humana.

Así, entre mareas y piedras, esculpen los siglos el recordatorio incesante a los habitantes de Luxvaira: toda bendición es una herida disfrazada y, a veces, solo el adulto que se atreve a recordar sus penas es digno de amar en plenitud y perder sin rencor bajo la mirada indiferente de los dioses ausentes.

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