Fragmento:
En una noche en que ni la luna ni las luciérnagas osaron asomarse al mundo, nació una mujer llamada Elenas, de cabellos semejantes a los hilos de azabache y una risa tan fría como el metal. Desde su nacimiento se vio que poseía una mirada inquietante: los Baldrios susurraron que veía más allá de la piel y escuchaba la vibración oculta en los nervios de los árboles. Así creció Elenas, completamente ajena al amor habitual y apegada únicamente a los secretos enterrados bajo la corteza del mundo.
Duración: 03:55
En la época en que las estrellas aún podían ser persuadidas por las plegarias humanas, y los dioses erraban ocultos bajo capas de sombras y relámpagos, surgió una tribu de mortales alejados de la gracia temporal. Esta tribu, los Baldrios, habitaba en los valles oscuros donde el sol sólo era una leyenda transmitida en murmullos. Bajo el dosel perpetuo de nieblas y raíces nudosas, tejían historias prohibidas alrededor de una hoguera que ardía sin combustible ni humo, dice la tradición que alimentada con el miedo de quienes escuchaban sus relatos.
En una noche en que ni la luna ni las luciérnagas osaron asomarse al mundo, nació una mujer llamada Elenas, de cabellos semejantes a los hilos de azabache y una risa tan fría como el metal. Desde su nacimiento se vio que poseía una mirada inquietante: los Baldrios susurraron que veía más allá de la piel y escuchaba la vibración oculta en los nervios de los árboles. Así creció Elenas, completamente ajena al amor habitual y apegada únicamente a los secretos enterrados bajo la corteza del mundo.
Al alcanzar su quinta década –en esos valles oscurecidos la edad era una maldición, pues cada año robaba una pequeña promesa de belleza o fuerza–, decidió desafiar el inexplicable peligro del bosque de sauces negros, de donde ningún hombre ni bestia retornaba vivo. Se decía que bajo cada uno de esos sauces yacía el esqueleto de un dios derrotado. Cada raíz alimentaba el lodo con los recuerdos de batallas perdidas, y el viento que soplaba entre las ramas no era sino el susurro de condenados suplicando ser olvidados.
Elenas cruzó esa frontera inexplorada. Los mismos sauces, por primera vez en la memoria del mundo, se inclinaron para permitirle entrar. Bajo sus ramas, encontró amplio espacio para caminar; percibió extrañas luces y un aire perfumado con un aroma de hierro oxidado y flores podridas. Los huesos quebrados de semidioses resplandecían débilmente, y entre los cráneos apilados, se atisbaba una copa forjada en el tiempo antiguo, colmada de un líquido reluciente.
Ante tan macabra escena, la mayoría habría huido, pero Elenas, movida por la curiosidad voraz que sólo los condenados poseen, tomó la copa y bebió. Al instante, una serpiente plateada emergió de las raíces para rodear su cuello. Fue entonces que supo la verdad: en ese momento, una visión nítida cruzó por delante de su alma. Veía a los dioses, gigantescos y fatigados, abandonando la creación, y veía su propio rostro reflejado en el abismo que quedaba tras su marcha. Cada Baldrios, cada raíz, cada piedra era sólo un vestigio de lo que ellos soñaron y abandonaron.
Al comprender que ella era solo el sueño y el olvido mezclados, supo también que su deber sería velar por el paso de los mortales que intentasen descifrar las verdades veladas bajo los sauces. Convertida en guardiana, reconoció la maldición que desde entonces afligiría a su linaje: nacerían con miradas profundas, ansias de saber y nunca terminarían sus historias, pues toda verdad era reflejo de una pérdida tan vasta que consumirla encerraba el peligro de perderse a uno mismo.
En los años que siguieron, las leyendas sobre Elenas cambiaron según el temor y la pasión de quien las contaba. Algunos aseguraban que susurros compasivos podían oírse en noches de lluvia, prometiendo alivio a los corazones torturados. Otros advertían que la copa de los dioses aún buscaba labios dispuestos, y que quien bebiera de ella compartiría la soledad de los sauces, condenados a observar, bellos y rotos, el tránsito de los siglos.
Fue el precio que pagó Elenas, sabiendo, en último término, que solo los adultos pueden desear comprenderlo todo, aun cuando en ello se oculte la semilla de su desaparición. Nadie se aventura hoy por el valle de los Baldrios, pero quienes sienten la presencia de lo inexplicable, a veces afirman haber visto, desde lejos, una figura solitaria que camina entre los sauces, ajena al tiempo, hilando mitos olvidados para adultos con el hilo oscuro de la memoria y el deseo no satisfecho.
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