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Portada del relato La risa de las estatuas
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Fragmento:


En una época donde los dioses habían fatigado el trabajo de dar forma al mundo y se habían retirado a observarlos desde las sombras del tiempo, existió una ciudad llamada Syban, que ningún mapa se atrevió a registrar y cuyo nombre sólo se pronunciaba en voz baja. Surgida sobre pilares de basalto color musgo y tendida como un fetiche precioso entre dos acantilados, Syban era destino de artistas desterrados, amantes culpables y soñadores que habían olvidado el camino a casa. Su fama la precedía, pero nadie podía asegurar si ellos la habían encontrado o la habían inventado para sí mismos.

Duración: 03:57

La risa de las estatuas
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En una época donde los dioses habían fatigado el trabajo de dar forma al mundo y se habían retirado a observarlos desde las sombras del tiempo, existió una ciudad llamada Syban, que ningún mapa se atrevió a registrar y cuyo nombre sólo se pronunciaba en voz baja. Surgida sobre pilares de basalto color musgo y tendida como un fetiche precioso entre dos acantilados, Syban era destino de artistas desterrados, amantes culpables y soñadores que habían olvidado el camino a casa. Su fama la precedía, pero nadie podía asegurar si ellos la habían encontrado o la habían inventado para sí mismos.

Syban no creía en fronteras: el río la cortaba por la mitad pero sus aguas nunca tenían la misma memoria dos días seguidos. Los días amanecían con pájaros que solo sabían silbar canciones sin palabras; por las noches, los vientos traían risas de estatuas. Allí vivía, entre los muchos que obraban sus pequeñas magias cotidianas, Naeris la tejida. Nadie sabía si Naeris había nacido de madre mortal o de uno de los sueños descarriados de la ciudad. Caminaba descalza entre la bruma, sus brazos prolongándose en hebras de luz, y la gente murmuraba que si la mirabas directamente a los ojos en el crepúsculo olvidabas el motivo por el cual temías a la soledad.

Una tarde, en uno de los jardines que diferenciaban el día de la noche por la floración de sus lirios, Naeris escuchó un susurro entre los setos de bronce y vino. Era una voz de hombre, líquida y cansada, que pedía ayuda para olvidar. Nereo, autoproclamado navegante de los sueños ajenos, había llegado a Syban huyendo de un recuerdo tan pesado que ya no lo permitía dormir. Cargaba sobre el pecho un anillo de mareas, don de una amante a la que había olvidado amar y que ahora ocupaba todo su mundo interior como la marea ocupa los estuarios cada noche.

La conversación entre ellos fue extraña. Naeris no preguntó el porqué del exilio de Nereo; él no preguntó cómo la mujer podía sostener hilos de sol sin que se deshicieran en sus manos. Así como Syban era un refugio para lo que nunca terminaba de ocurrir, juntos tejieron un pacto: ella le daría olvido, no con palabras, sino con historias que lo deshilvanaran; él, a cambio, enseñaría a las estatuas del jardín a bailar cuando nadie mirara.

Syban aceptó el trato —la ciudad sentía y aprobaba o vetaba con el susurro del viento— y al caer la noche, Naeris comenzó su labor. Cada noche, narraba a Nereo un mito inventado para él: relatos de príncipes que olvidaron su nombre en una copa de vino, de reinas que dormían sobre nidos de pájaros desconocidos, de caballos que ignoraban el sonido de sus propios cascos porque sabían galopar sobre sueños.

Noche tras noche Nereo se iba escurriendo, como la tinta de una carta bajo la lluvia. El anillo en su pecho brillaba menos, y en la noche décima dejó de pesarle. Pero entonces notó algo distinto: su reflejo en la fuente central del jardín ahora le era ajeno, y los ojos de Naeris ya no le ofrecían el olvido, sino la promesa de otros recuerdos.

La ciudad, satisfecha de haber sido testigo de aquel pacto, recompensó a sus moradores. Syban vibró una madrugada bajo la luna doble —la ciudad misma recordaba cosas que los humanos aún no imaginaban—, y las estatuas del jardín giraron, por fin, en un vals de piedra y viento. Cada uno de sus gestos arrastró consigo porciones de los antiguos miedos de sus habitantes. Así siguió, hasta que el canto de las estatuas se infiltró lentamente en los sueños humanos más allá del río, llevando consigo la posibilidad de olvidar y reinventarse.

Dicen que Naeris aún camina entre los setos, tejiendo relatos para quienes se atreven a pedir olvido, y que Nereo se sienta a veces en los bancos con su anillo de mareas, viendo cómo la ciudad inventa cada noche un nuevo mito para aquellos que han perdido el sendero de regreso. Hasta hoy, Syban sigue brillando sólo para quienes desean olvidar y recordar, y en el silencio nocturno aún resuena la risa, a veces imposible, de las estatuas.

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