Dire Bound. Alma de lobo
La chica del lago
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Powerless (edición especial limitada)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Portada del relato El Susurro Bajo las Ciénagas de Olvido
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Fragmento:


El padre, al tocarlas, sintió en la yema de los dedos todo el peso del invierno y la soledad. Pero aceptó, ignorando la súplica silenciosa de los sauces al mecer sus ramas. Aquella noche, Elara soñó que caminaba sobre un campo de peonías que sangraban al tacto, y su rastro era seguido por cuervos sin ojos. Entonces supo que el misterio del huésped era antiguo y peligroso, y que la promesa de cambio traía más hambre de la que podía aplacarse con pan o caricias.

Duración: 05:12

El Susurro Bajo las Ciénagas de Olvido
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En los albores de la cuarta edad de los hombres, cuando el horizonte aún guardaba la promesa de mundos inexplorados y los dioses no se habían retirado del todo, surgió en la penumbra una historia que solamente los más viejos cuentan en la intimidad y el vino agrio. Se dice que en una aldea enclavada a la sombra de colinas escarpadas, donde los sauces tocaban la superficie del río con dedos mustios y las noches duraban más que los sueños, vivía Morax, el hilandero. Era un hombre de barba prematuramente blanca y dedos como raíces, que tejía telas tan finas que la luna podía mirarse en ellas. Decían que sus ojos guardaban antiguos horrores, y los niños aprendieron a no mirar más allá de su sonrisa, pues se corría el rumor de que hilaba no solo seda, sino también los recuerdos, los temores, y a veces, los instantes robados a quienes dormían demasiado profundo.

Morax tenía una hija, Elara, de cabellos tan negros como el río en su crecida. Ella bailaba descalza sobre las piedras lisas y gustaba de hablar con los peces más viejos, porque juraba que sabían historias sobre el tiempo en que la tierra respiraba con el pulso de los dragones. Una noche, mientras la neblina crecía desde el lecho del río como las uñas de un viejo rencor, Elara vio a un hombre de carnes traslúcidas emerger de la espesura. No llevaba sombra ni aliento y sus palabras eran fríos latigazos, como si la caverna de su boca fuera un pozo sin fondo. El hombre pidió asilo, ofreciendo a cambio un puñado de semillas negras, redondas como ojos cerrados para siempre.

El padre, al tocarlas, sintió en la yema de los dedos todo el peso del invierno y la soledad. Pero aceptó, ignorando la súplica silenciosa de los sauces al mecer sus ramas. Aquella noche, Elara soñó que caminaba sobre un campo de peonías que sangraban al tacto, y su rastro era seguido por cuervos sin ojos. Entonces supo que el misterio del huésped era antiguo y peligroso, y que la promesa de cambio traía más hambre de la que podía aplacarse con pan o caricias.

En los días siguientes, la aldea prosperó inexplicablemente. Las cosechas crecieron vigorosas, los partos eran fáciles y la caza abundante. Pero también comenzaron las desapariciones. La voz de las orugas dejó de oírse primero, luego las ranas callaron, y el aullido de los lobos se volvió un eco desvaído, hasta morir en amarga ausencia. Elara comprendió que el huésped se alimentaba no de comida, sino del rumor del mundo, de las presencias pequeñas y persistentes, hasta que sólo quedaron los hombres, repletos de éxitos mudos y de silencios demasiado densos para ser nombrados.

Un crepúsculo violeta, mientras Morax tejía al cobijo de la lumbre, el huésped se mostró con ojos brillantes y vacíos. Reveló a padre e hija que él era Tzerach, hijo menor de la diosa Naezira, quien había sido desterrado a errar entre los hombres condenados por robar la música de la creación. Necesitaba un linaje humano para atarse una vez más a la carne y así colarse, como veneno dulce, en el sueño de los pueblos. Morax, colérico y asustado, intentó cortarle el paso a Tzerach, sólo para descubrir que las semillas negras habían germinado en su propio pecho, enroscándose en sus nervios y tornándole lento y frío.

Elara, nutrida por la sangre de la tierra y los secretos susurrados por peces y sauces, fue a buscar ayuda a la ciénaga del sur, donde la gente rara vez iba y donde los antiguos dioses murmuran a través de burbujas de gas. Allí invocó a Silphia, la diosa olvidada de lo murmurante y lo húmedo, guardiana de los pactos incumplidos. A cambio de su juventud y el primer día del mes siguiente, Silphia le dio una garra de luz y una palabra ahogada que sólo podía pronunciarse entre relámpagos y sollozos. Armándose de ambos, Elara regresó mientras la aldea dormía el letargo que separa a los vivos de los olvidados.

En el umbral de su propia casa, encontró a Tzerach tejiendo un tapiz hecho de los nombres de quienes ya no estaban. Sin vacilar, clamó la palabra prohibida, y la garra de luz se precipitó como trueno, abriéndose paso entre las sombras del huésped. Tzerach se retorció, y su forma mutó de hombre a cardumen, de cardumen a fragmentos de noche, hasta que sólo quedó ceniza y la promesa de que volvería, pues los mitos suelen tener finales quebrados y puertas semiabiertas.

Morax despertó bañado en rocío y lágrimas resinosas, rejuvenecido y dúctil como la primavera. Pero Elara, habiendo dado su juventud y su infancia a Silphia, se convirtió en una anciana de voz sabia y mirada transparente, cuya presencia hacía florecer las orquídeas en pleno invierno. La historia de su lucha se susurró de generación en generación, cambiando formas y palabras, pero enseñando a los adultos que toda abundancia tiene un precio, y que incluso las criaturas más frágiles, si conocen el lenguaje de las aguas y las sombras, pueden retorcer el destino de un dios caído.

Desde entonces, en las noches más largas, los adultos de la aldea sacrifican un racimo de peonías negras al río y pronuncian oraciones a Silphia para mantener alejados a los huéspedes que prometen demasiado. Y así el mito persiste, crece como la enredadera en el muro de la realidad, recordando a los mortales que la memoria y el olvido son monedas igualmente peligrosas en todos los negocios con el más allá.

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