Fragmento:
En la cumbre de un monte jamás nombrado por los hombres, crecía el árbol del ébano más antiguo, cuyas raíces, se decía, no solo perforaban la tierra sino también los recuerdos, los olvidos y los arcanos de la pasión humana. Allí, cada siete inviernos, cuando la luna alcanzaba un brillo insólito y las bestias enmudecían por temor ancestral, se reunían las almas que no podían hallar reposo en su deseo o su arrepentimiento. Era la noche en que la diosa Syra, tejedora de las sombras largas, llamaba a los inquietos a participar en el Juego de las Vocaciones.
Duración: 04:01
En la cumbre de un monte jamás nombrado por los hombres, crecía el árbol del ébano más antiguo, cuyas raíces, se decía, no solo perforaban la tierra sino también los recuerdos, los olvidos y los arcanos de la pasión humana. Allí, cada siete inviernos, cuando la luna alcanzaba un brillo insólito y las bestias enmudecían por temor ancestral, se reunían las almas que no podían hallar reposo en su deseo o su arrepentimiento. Era la noche en que la diosa Syra, tejedora de las sombras largas, llamaba a los inquietos a participar en el Juego de las Vocaciones.
Syra, hermosa y terrible, no era solo diosa del deseo, sino también de la mentira piadosa y la promesa incumplida. Su cabello fluía como ríos de tinta, y su piel parecía siempre cubierta de rocío vespertino. Una vez sentada en su trono de raíces vivas, invitaba a cada visitante a acercarse y despojarse de su piel mortal, quedando como llamas desnudas de verdad ante su escrutinio. Los juegos de Syra no eran para la timidez ni la esclavitud voluntaria: eran un pacto de coraje y sinceridad.
La primera alma en llegar ese año fue Orestio, un mercader de relatos cuya boca jamás cesaba de moverse, pero cuyas verdades eran tan errantes como el viento. Syra, que disfrutaba poniendo a prueba las intenciones humanas más profundas, pidió a Orestio que narrase su mayor pasión secreta. Orestio intentó mentir, mas bajo la influencia del ébano y la luna extraña, confesó su deseo por la esposa de su mejor amigo. Su voz tembló, y de entre las raíces brotó una lámpara roja, iluminando no solo el objeto de su pasión, sino la culpa que hasta entonces había latido muda en su pecho. Fue sentencia y redención a la vez: Orestio sabría desde ese instante cada susurro de su deseo, pero jamás podría poseerlo sin que la lámpara lo delatara a todos los que amaba.
Tras Orestio vino Ilektra, que había amado una sola vez, tan violentamente que pactó olvidar. Pidió a Syra borrón completo de su memoria y de la del amado, para nunca sufrir. Pero Syra, que nunca da sin cobrar, le ofreció otra cosa: “No te arrancaré el amor, sino que plantaré en tu pecho la duda de si alguna vez fue real”. Así, Ilektra descendió de la montaña con el corazón hueco, perseguida por sueños de un rostro que a veces era risa, a veces terror, y que ninguna agua podía lavar.
Luego llegó Lirio, que deseó ser testigo, jamás protagonista. Amaba las historias de los demás y vivía a la sombra de la vida ajena. Syra, divertida, le regaló la visión perpetua de las lámparas rojas de todos los que alguna vez sintiesen pasión cerca de ella. Lirio vio los lazos secretos de cada ser, el hilo carmesí que cruza cuerpos en tinieblas y en silencio, pero pagó el precio de nunca sentir la caricia de un deseo sobre su propia piel —su goce sería siempre solo ajeno.
La noche se extendió, tan larga y densa como las raíces bajo los pies de la diosa. Por fin, un último caminante apareció. No traía deseo, sino olvido; no buscaba placer, sino redención. Portaba en la mano una lámpara sin llama, esperanza para los que sabían que incluso la mayor pasión puede terminar consumida. Syra lo reconoció: era su propio hijo, nacido de la cobre y la culpa, condenado a vagar eternamente recogiendo los restos de juramentos incumplidos. Le otorgó, esa única vez, permiso para danzar en el anillo de sus raíces mientras los demás partían.
Cuando la luna comenzó su descenso, Syra apagó las lámparas una a una. El monte quedó en penumbra, con las raíces aún palpitando bajo la tierra, alimentadas por confesiones, suspiros y promesas no pronunciadas. El eco del Juego de las Vocaciones quedaba grabado en las almas hasta la próxima luna, y quien no hubiese aprendido la lección regresaría, atraído no por la esperanza, sino por el recuerdo ardiente de lo que solo puede rozarse en la oscuridad. Así terminaba la vigilia del monte Ébano, donde los dioses y los adultos se atreven a confrontar los mitos que ellos mismos esconden en las noches silenciosas de la verdad.
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