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Fragmento:


Lo que vio más allá no era muerte ni paraíso, sino un largo corredor tapizado de espejos empañados. Cada paso hacía resonar ecos que susurraban palabras sólo conocidas entre las sábanas de la lujuria o en la pesadez de los arrepentimientos madrugadores. Pronto, Eumenios fue recibido por figuras de rostros borrosos: eran los antiguos amantes de todos los hombres y mujeres, los secretos compartidos a media voz en la penumbra, encarnados en seres bellos y aterradores, formados de carne y fragancia de flores trituradas entre manos temblorosas.

Duración: 04:06

El Eco de los Vasos Rotos
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En la espiral del tiempo, cuando los dioses yacían cansados de su propia gloria y los hombres ya no se estremecían bajo su mirada, se tejió en secreto otro mito, apenas susurrado en el rincón más oscuro de los salones del Olimpo. Este relato no fue contado nunca a los niños ni a las doncellas, pues su raíz brotaba del deseo y del olvido, del placer y del precio que exige cada verdad oculta.

En la frontera entre el mundo de los mortales y la región vedada de los sueños, un hombre de nombre Eumenios halló una puerta tallada en ónice negro. Sus bordes destilaban sentimientos perdidos: envidia, hambre, pasión y la soledad que queda tras el más dulce de los éxtasis. Eumenios no era un héroe ni un cobarde; solo un hombre desgastado por los años y los cuerpos ajenos. Tras beber un vino que una amante fugaz había dejado en su mesa —un vino espeso, olemosco y caliente como la sangre—, sintió fluir por sus venas una música callada. Sin pensarlo, empujó la puerta.

Lo que vio más allá no era muerte ni paraíso, sino un largo corredor tapizado de espejos empañados. Cada paso hacía resonar ecos que susurraban palabras sólo conocidas entre las sábanas de la lujuria o en la pesadez de los arrepentimientos madrugadores. Pronto, Eumenios fue recibido por figuras de rostros borrosos: eran los antiguos amantes de todos los hombres y mujeres, los secretos compartidos a media voz en la penumbra, encarnados en seres bellos y aterradores, formados de carne y fragancia de flores trituradas entre manos temblorosas.

La más seductora de esas figuras, la Reina de las Máscaras Dormidas, lo invitó a un banquete donde las sillas eran de marfil y estaban cubiertas de piel de deseo antiguo. En el centro de la mesa giraba una fruta dorada, suculenta y feroz, de la que pendían lágrimas de ambrosía. Le dijo la Reina: “Aquí, todo lo que olvidaste volverá a saborearte.”

Eumenios, envalentonado por la ebriedad del lugar, mordió la fruta. Al instante, su cuerpo fue invadido por todas las memorias de placer y dolor, uno sobre otro, repitiéndose en bucle: las manos que alguna vez buscaron su espalda, la boca que mordió su nombre en la penumbra, las palabras no dichas, los adioses silenciosos. Y entonces, la compañía de los banqueteros devino su propio reflejo: todos los cuerpos amados y repudiados, todos los deseos saciados y reprimidos, se sentaron a comer a su lado.

Por un instante eterno, Eumenios sintió cada orgasmo, cada traición, cada resurrección y cada caída, no sólo suyas, sino de todos los que compartieron el banquete invisible. El éxtasis y el arrepentimiento ardían en su carne como tinta indeleble. Comprendió, en una claridad dolorosa, que el infierno y el paraíso eran sólo dos caras de la memoria no resuelta.

Entre risas ahogadas y susurros de dolor, la Reina le preguntó: “¿Deseas olvidar de nuevo, o quieres recordar hasta el final de los días?” Eumenios supo, entonces, que la vida es sólo la sucesión de elecciones y renuncias; girar el rostro o enfrentarlo todo. Escogió recordar, y en ese instante los espejos del corredor se aclararon. Vio, por primera vez, los rostros reales de todos sus amantes, de todos sus miedos, de todas sus pasiones desechadas. Eran hermosos y terribles. A cada uno debía pedir perdón y dar gracias. Para cada uno debía componer una canción, aunque fuera muda y sólo se cantara dentro de él.

Así, cuando Eumenios por fin despertó, mucho más viejo y tembloroso, nadie pudo reconocerlo. Hablaba con una voz múltiple —a veces femenina, otras rugosa, otras dulce como miel o agria como el vino del amanecer— porque había encarnado en sí mismo no sólo su historia, sino la de todos. Vagó entonces por las ciudades y tabernas, contando mitos prohibidos a quienes quisieran escuchar. Y en cada cuento, arrancaba una máscara y la arrojaba al fuego de la noche.

Así nació la época en que los mortales ya no necesitaron dioses para encontrar la verdad y el dolor. Solo bastaba mirar en el espejo empañado y, en soledad, recordar el banquete donde todos fuimos uno y nadie era inocente.

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