Fragmento:
La reina de la isla respondía al nombre de Olenia, aunque para algunos era simplemente ‘la sin eco’. Nadie recordaba su origen: unos decían que era hija bastarda del dios del viento y una copa de vino derramada en una noche triste; otros, que surgió de la sombra de una estatua de mármol que había llorado lluvia durante un invierno interminable. Olenia solo sabía que su piel aclaraba por las noches, hasta volverse translúcida, y que bajo la luz de la luna, sus pensamientos se deslizaban fuera de su cuerpo y volvían a ella convertidos en pequeños fuegos fatuos, apenas audibles.
Duración: 04:09
Dicen que en las tierras poco conocidas del Egeo había una isla tan antigua que ni siquiera los dioses se habían molestado en poner su nombre en mapa alguno. Allí, cuando el sol se agazapaba tras una cortina de nubes rojizas, se reunían seres nacidos del miedo y del deseo, aquellos que la mitología no alcanzó a recordar. Eran criaturas de crepúsculo, ni humanas ni divinas, que tejían su existencia en los márgenes olvidados.
La reina de la isla respondía al nombre de Olenia, aunque para algunos era simplemente ‘la sin eco’. Nadie recordaba su origen: unos decían que era hija bastarda del dios del viento y una copa de vino derramada en una noche triste; otros, que surgió de la sombra de una estatua de mármol que había llorado lluvia durante un invierno interminable. Olenia solo sabía que su piel aclaraba por las noches, hasta volverse translúcida, y que bajo la luz de la luna, sus pensamientos se deslizaban fuera de su cuerpo y volvían a ella convertidos en pequeños fuegos fatuos, apenas audibles.
La isla estaba habitada asimismo por un pueblo de poetas, pero poetas condenados. Su castigo era tan peculiar como cruel: mientras escribieran versos, sus labios quedaban sellados; solo cuando el silencio rellenaba la página blanca, podían articular deseo o miedo y así sobrevivir un día más. Y así, la isla se llenó de papiros en blanco, y de palabras susurradas a la marea o atrapadas en la corteza de los olivos.
Una noche, en el punto intermedio entre sueño y vigilia, Olenia encontró un ánfora de arcilla semienterrada en la orilla. Al rozarla, no encontró ni vino ni agua en su interior, sino un tenue canto, como el que las abejas producen dentro de un jarrón apretado. El cántaro contenía, según descubriría luego, los suspiros abandonados de todos los deseos que alguna vez nadie se atrevió a formular en voz alta. Sintió el primer impulso de abrirlo; no por curiosidad, sino en busca de redención o de olvido, lo que primero llegara.
Pero al destapar la vasija, el murmullo de los suspiros se convirtió en corrientes invisibles que la inundaron de imágenes sin dueño: amantes que nunca se atrevieron al roce, madres que no pronunciarán el nombre de hijos imposibles, hombres temblando ante la cumbre de un placer no permitido. Olenia vio y sintió todo, como si la memoria de la humanidad hubiera decidido consumirla en un solo beso largo.
La isla entera pareció estremecerse. Los poetas, alertados por el cambio en el aire, acudieron al acantilado donde la reina estaba ahora arrodillada, borracha del dolor ajeno, de sueños rotos, de placeres no vividos. Fue entonces que uno de ellos, Apistos, se arrodilló a su lado, y en un gesto inaudito, puso su mano sobre el costado de Olenia. Sintiéndose por primera vez viva, ella permitió que él le extrajera una pluma que crecía al pie de su omóplato –la pluma de la palabra no dicha, el vestigio de un ángel caído quizás, o de un pájaro que perdió el miedo a volar de noche.
El poeta humedeció la pluma en la boca de la reina y se atrevió a escribir su primer verso, liberando así su voz y la de la isla. Lo que surgió no fue un canto de victoria, sino una letanía suave y amarga como el primer vino de una vendimia difícil. Por un instante, la noche pareció girar sobre sí misma, y el cielo se llenó de hilos dorados que descendían suavemente hacia la tierra, entrelazando los pensamientos de todos los presentes.
De aquel día en adelante, la isla se transformó. Nadie podía marcharse, pues el territorio ahora flotaba entre realidad y mito. Los poetas recuperaron la voz, sí, pero solo podían hablar verdad, incluso cuando el deseo llamaba a la mentira. La reina, por su parte, encontró en el cántaro su condena y su regalo: cada nuevo suspiro de deseo insatisfecho volvería a ella por la noche, llenando su pecho de un fuego dulce y abrasador, la promesa de algo que nunca se cumple del todo, pero tampoco se apaga.
Dicen que si alguna vez encuentras una isla sin nombre, donde las palabras niegan el olvido y los deseos murmuran en la brisa, es que has llegado a donde los mitos guardan sus historias no narradas, esperando a que alguien, entre el fuego y el papel, se atreva por fin a vivirlas.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.