Fragmento:
Nadie recuerda ya si sucedió en la Grecia donde la luna aún se bañaba en el Egeo, o en una Persia donde el sol pestañeaba sobre marismas infinitas. Era hace tanto, que los nombres de los dioses se resecan en la boca al pronunciarlos. Pero toda historia sobre dioses y hombres se repite, y esta, como todas, comienza y acaba en la carne.
Duración: 03:42
Nadie recuerda ya si sucedió en la Grecia donde la luna aún se bañaba en el Egeo, o en una Persia donde el sol pestañeaba sobre marismas infinitas. Era hace tanto, que los nombres de los dioses se resecan en la boca al pronunciarlos. Pero toda historia sobre dioses y hombres se repite, y esta, como todas, comienza y acaba en la carne.
Dicen que el jardín era del tamaño del mundo, y que solo crecían allí aquellos árboles que no pactaban ni con la muerte ni con el tiempo. Sus raíces mordían el lecho oscuro bajo la tierra, y sus hojas segregaban savia del color del deseo. Por las mañanas se podía ver cómo los pájaros caían, muertos de placer, a los pies de los troncos, tras probar un solo fruto. Y sin embargo, no era para ellos el jardín.
La guardiana del lugar, una diosa a la que han dado mil nombres —hoy te contaré el que susurran las serpientes: Sarama—, caminaba desnuda bajo las copas, con el cabello tejido por decenas de luciérnagas y las manos llenas de cicatrices. Porque en ese jardín, para que nada envejeciera, debía pagarse un precio en sangre. Los dioses siempre ambicionan lo que no pueden sostener, y la eternidad es una fruta demasiado amarga para paladares humanos.
Un día, un ciervo, más pálido que el hueso de ballena y con cuernos que emulaban las ramas del sauce, cruzó del mundo mortal al jardín de Sarama. Nadie supo jamás si obedecía la voz de una bruja, la promesa de una luna deseosa, o el simple impulso de placer; pero bajo la sombra azul de los árboles, Sarama lo vio, y el deseo se arremolinó en su vientre como un enjambre de abejas enfermas.
En el silencio, el ciervo se inclinó, olisqueando un fruto que pendía al borde de la podredumbre y el milagro. Sarama murmuró palabras que harían ruborizarse al primer poeta, y el ciervo, en vez de huir, se dejó alcanzar. Entre los fustes oscuros y las raíces que palpaban como dedos, la piel de la diosa se transformó a voluntad: fue palma suave, lengua rugosa, vello eléctrico. El ciervo no baló, pero sus ojos, oscuros como las profundidades de la noche, solo miraron la eternidad.
Lo que ocurrió no necesita testigos, solo un coro de sombras que gimen y celebran la antigua danza de la naturaleza cuando nadie la observa. El placer era agudo como una daga de ónice, entrecortado como niebla sobre el humedal. Y cuando el temblor final se apoderó de ambos, Sarama besó el lomo del ciervo y le susurró promesas que la carne nunca cumple.
Nueve lunas pasaron, y de la unión surgieron seres mitades: ciervos que susurraban las historias de la creación, árboles que migraban de lugar siguiendo a su descendencia. El bosque, el jardín, el mundo, se llenaron de criaturas que buscaban insaciablemente ese placer primero, esa fuga imposible del olvido.
Sarama, viendo su obra, comprendió que había soltado al deseo en una jaula hecha de memoria. Desde entonces, los hombres y las mujeres, dioses y bestias, buscan bajo los árboles antiguos lo que solo una diosa y un ciervo pudieron conocer plenamente. No hallarán nunca ese placer, y sin embargo, todo en este mundo gira en torno al jadeo, la mordida, el espasmo.
Una vez cada siglo, dicen que Sarama retorna al jardín. Algunos aseguran que su sombra aún encarna el éxtasis más allá de los límites de lo humano. Otros creen que es la voz que oyes, grave y rota, en la frontera del sueño y la vigilia, llamándote por nombres que aún no te han dado, invitándose y negándote a la vez.
Y así, mientras la eternidad mastica lento el hueso de la creación, el jardín crece y decrece, y las raíces reptan bajo la piel de los amantes, susurrando, siempre, promesas dulces y amargas al oído de aquellos que se atreven a escuchar.
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