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Fragmento:


—El miedo, la esperanza y la pérdida—entonó Nym—. Solo quien sepa navegar estas aguas podrá reclamar el fragmento custodiado aquí. Pero las pruebas no solo requieren fuerza, sino verdad en el corazón.

Duración: 14:32

Libro El Guardián y el Pacto de los Mundos

La Canción de las Aguas
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Capítulo 3: La Canción de las Aguas

El alba se deslizaba como un suspiro entre los cañizales que bordeaban las Aguas Vivas, el antiguo lago en torno al cual pueblos y mitos se tejían entre sí desde hacía siglos. Erya y Naor, envueltos en mantas de viaje y el peso ardiente de los recuerdos, observaban el paisaje cambiar a medida que se aproximaban. El camino de la noche anterior les había dejado el cuerpo cansado, y aun así, una vibración sutil en el aire anunciaba que estaban por cruzar otra frontera. La atmósfera olía a humedad y a secretos ocultos bajo la superficie.

El lago, al principio apenas un reflejo azul en la neblina matinal, crecía de tamaño y presencia cuanto más se acercaban. Árboles de raíces sumergidas arqueaban sus ramas sobre el agua, como brazos que invitaban o prevenían. Entre sus hojas, la luz temblaba en destellos—farolillos verdes colgados del mundo de los vivos y del limbo donde moraban los recuerdos perdidos. Aquí, todo parecía ensimismado en una música baja y constante: el rumor de las olas, el burbujeo de las ninfas, el crujido de piedras bajo la presión de antaño.

Naor iba delante, con la atención concentrada en los juncales. Erya sentía el colgante vibrar al ritmo de su propio pulso, pero fue la pluma negra y blanca la que acabó siendo guía inesperada: danzaba, inestable, en el fondo de su bolsa, y cuando Erya la extrajo y la sostuvo, notó que un suave viento giraba, señalando hacia el centro mismo del lago. Sin decir palabra, ambos entendieron el mensaje: el siguiente paso en su viaje los esperaba en las profundidades.

—¿Has oído alguna vez la canción de las Aguas?—susurró Naor, rompiendo el silencio. El joven se había vuelto pensativo, casi temeroso, desde que pisaron la orilla. Erya negó con la cabeza. Él prosiguió—. Dicen que en noches sin luna, las Aguas Vivas susurran nombres de quienes han sido olvidados y que el agua canta las historias de la tierra hasta que algún mortal es digno de oírlas.

Erya, incapaz de resistir el hechizo de aquel lugar, se arrodilló junto al lago. Hundió la mano entre las raíces, y sintió un cosquilleo frío que subía por el antebrazo hasta su tatuaje, encendiendo líneas azules sobre la piel. De pronto, sin saber cómo, la superficie del agua se agitó y en el reflejo no vio su propio rostro, sino el de una mujer de cabellos tan largos como la sombra de los sauces y ojos tan antiguos como la marea.

—Salve, Vigía—murmuró la figura, cuya voz era una ondulación en el agua—. ¿Sabes quién soy?

Erya tembló—. La Voz de mi sueño…

—Nym.—La imagen asintió, y el agua danzó bajo su aspecto—. Guardiana y mensajera de las Aguas. Antigua intérprete de profecías. He esperado generaciones a que una Vigía volviera a escucharme. Nuestra canción está rota, Erya de Ishkar. ¿Vienes a repararla?

A su lado, Naor observaba con mezcla de temor y respeto. La visión de Nym era para ambos tan real como el frío del aire matinal.

—Solo quiero salvar mi mundo—balbuceó Erya—. Pero no sé cómo. Dicen que el Guardián…

—El Guardián duerme, troceado en fragmentos por un pacto que jamás debió romperse—respondió Nym, el rostro fragmentándose en ondas—. Solo reuniendo esos pedazos podrá recomponerse el equilibrio. Pero la reconciliación requiere pruebas, no meras palabras.

Tres remolinos se formaron sobre el lago, cada uno reflejando un color distinto: uno, azul oscuro, remolineaba en círculos de sombra; otro, dorado tenue; el último, como vidrio ahumado, temblaba cerca de las raíces sumergidas.

—El miedo, la esperanza y la pérdida—entonó Nym—. Solo quien sepa navegar estas aguas podrá reclamar el fragmento custodiado aquí. Pero las pruebas no solo requieren fuerza, sino verdad en el corazón.

Erya bajó la mirada al colgante, temblorosa. Pensó en Ishkar, en su madre, en el río seco y en esa sensación de desarraigo y ser elegida sin quererlo. Las palabras de Nym resonaban con verdad antigua.

Naor se acercó, apoyando una mano en su hombro.

—Juntos—dijo, y aunque la palabra era sencilla, contenía la promesa de cruzar lo imposible.

Nym esbozó una sonrisa melancólica.

—Entonces, escuchad la Canción de las Aguas—susurró, y el mundo cambió.

***

De pronto, Erya descubrió que se hallaba de pie en un paisaje irreal, una penumbra azulada que olía a humedad vieja y promesas incumplidas. Junto a ella, ningún signo de Naor; solo la persistente vibración de la pluma, del colgante y un rumor de marea bajo la piel. Se encontraba ante una escalinata sumergida. A lo lejos, sonaban tambores y voces que entonaban una melodía extraña, cargada de presagio. En ese lugar, lo real y lo ilusorio bailaban juntos.

Una sombra surgió al pie de la escalinata, alta y envuelta en un manto hecho de gotas cristalinas. Su rostro era un espejo: mostraba lo que Erya más temía. Primero, vio a Talia, su madre, gimiendo bajo una tormenta desatada sobre Ishkar, luego a sí misma, sola en mitad del bosque, incapaz de salvar a quienes amaba. Cada imagen despertaba un pánico visceral; la escalinata parecía doblarse, inclinándose al peso de sus inseguridades.

—Esta es la primera prueba: el miedo—susurró la sombra, multiplicando ecos de su propia voz—. ¿Qué temes perder, Vigía?

Erya apretó el colgante contra el pecho. Su mente se llenó de recuerdos: jugar en los campos, escuchar cuentos junto al fuego, las manos ásperas de su madre, la risa de la vecina Sira. Comprendió de golpe que su mayor terror no era la muerte, sino el olvido. El mundo podía romperse, sí, pero lo insoportable era ser olvidada, que la lucha de los Vigías—la suya—no sirviera de nada.

Cerró los ojos y avanzó paso a paso por la escalinata. La sombra se debatía, intentando atrapar sus tobillos, pero Erya susurró palabras de la carta de Mirayn:

«Cuando el Guardián llame, acude. Solo tú podrás escuchar el eco y recordar lo olvidado».

El miedo cedió, y la sombra se quebró como una cáscara vacía. La escalinata se transformó en un puente etéreo y Erya cruzó al otro lado.

***

El aire vibró, y la escena cambió. Ahora, se hallaba en un claro luminoso, rebosante de sol y esperanzas. El agua relucía y en torno a ella danzaban niños y criaturas del bosque, entrelazados en juegos y canciones de boca en boca. Allí, Erya advirtió a Naor, más joven, risa fresca y mirada inocente, saltando entre piedras.

De pronto, el cielo se llenó de gritos. Un incendio lo devastaba todo, y figuras encapuchadas arrasaban el refugio. Los niños huían; Naor, paralizado, miraba a Erya a los ojos suplicando ayuda. Pero ella no podía moverse, invisible y muda testigo.

—La segunda prueba: la esperanza—entonó una voz dulce, cristalina, flotando en la corriente. Sobre la superficie, un lirio abrió sus pétalos, dejando ver en su centro una chispa azul—. ¿Qué harás cuando todo lo hermoso te sea arrebatado?

Erya sintió la necesidad de dejarse llevar por la desesperanza. Pero se obligó a pensar en el ciclo de la vida: cómo el fuego arrasa, pero después la tierra vuelve a verdecer; pensó en la resiliencia de Ishkar, en las estancias quemadas que renacieron con ternura entre escombros. Clavó los ojos en los de Naor—en sus miedos y la promesa de reconstruir—y exhaló:

—La esperanza persiste en lo invisible, resurge cuando nadie más la ve. Yo permanezco.

Las llamas retrocedieron. El lirio azul flotó hasta sus manos y, cuando lo tocó, la visión estalló en mil gotas de luz.

***

Fue arrojada entonces a una tercera escena. Esta vez, se encontró flotando en aguas casi negras. A su derecha, el cuerpo de su madre; a su izquierda, Naor con la mirada vacía; a su alrededor, todos aquellos a quienes había amado, desapareciendo uno a uno bajo la superficie. La marea la separaba de ellos.

Comprendió entonces: la tercera prueba era la pérdida. Un sentimiento gélido le cerró la garganta, la angustia de sobrevivir allí donde todos los suyos se disolvían en nada. Gritó sus nombres, pero el eco era seco, hueco.

—¿Qué queda cuando no queda nada?—musitó la voz de Nym, más grave ahora, imbricada en el rumor de las aguas—. ¿De qué sirve luchar?

Erya luchó por no dejarse hundir. Pensó en los ancestros, en la voz de la carta, en la convicción de los Vigías: que la labor no era evitar la pérdida sino hallar significado en medio de ella. Juntó las rodillas contra el pecho y se permitió llorar. Las lágrimas, al tocar el agua, provocaron que surgiera un vórtice de luz y desde el fondo del lago emergió una figura: mitad humana, mitad criatura de aguas, el rostro delicado de Nym reconstituido en carne y escamas brillantes.

Nym extendió una mano y Erya, aceptando el dolor, la tomó.

—No podemos salvarlo todo—dijo Erya, apenas un susurro—. Pero aprendemos a amar aunque sepamos que perderemos. Por eso lucho: por el derecho a no convertirnos en piedra.

El lago rugió en respuesta. El dolor se volvió canto, la superficie se iluminó con reflejos mágicos y de entre las aguas emergió una pequeña urna de cristal decorada con el mismo símbolo de los Vigías. Erya la sostuvo y supo, sin necesidad de abrirla, que en su interior habitaba un fragmento del Alma del Guardián.

***

Al abrir los ojos se encontró arrodillada en la orilla, la urna fría entre las manos y con Naor sosteniendo su hombro, preocupado.

—¿Estás bien?—preguntó. Había lagrimas en su rostro también; la experiencia, comprendió Erya, los había incluido a ambos.

La presencia de Nym se desvanecía, convertida en brisa y rumor de olas.

—Habéis superado las pruebas—entonó la voz, ahora difusa, danzando entre juncos y agua—. Habéis visto el corazón de la tierra y de vuestra propia alma. Llevad este fragmento con propósito: la profecía avanza y el tiempo apremia.

Erya se abrazó a sí misma y, por primera vez en días, permitió aligerar la carga. Se sentía menos sola, aún temerosa, pero renovada.

—¿Y ahora?—susurró, casi para sí.

Naor señaló la urna—. Buscaremos los otros fragmentos. Pero también aliados. Si estas aguas sobrevivieron, otros refugios deben quedar. En la aldea de los Desterrados, cuentan que hay antiguos como tú, mediadores, exiliados y bestias cansadas del odio. Debemos llegar allí antes que los Hijos del Cerco.

Aquella mención provocó en ambos una súbita inquietud. A lo lejos, tronaban pasos y ecos de gritos, mezcla de humanidad en guerra y criaturas asustadas. Si los Hijos del Cerco descubrían que el fragmento había sido recuperado… no dudarían en arrasar todo a su paso.

Decidieron borrar sus huellas y bordear la orilla del lago en dirección oeste, por rutas cubiertas de helechos y arcilla húmeda. Atravesaron humedales y lomas donde los sauces se inclinaban a escuchar susurros. Por el camino, hallaron signos de batalla: un ciervo mutilado, marcas de fuego en la hierba, juncos pisoteados. El peligro era real y cada paso más incierto.

Ya en las afueras del territorio de las Aguas Vivas, encontraron una criatura encaramada en las ramas bajas de un viejo aliso. Era un duende del limo, enjuto y con ojos tan negros como las semillas nocturnas. Les lanzó una rama y, tras olisquear la urna, les habló con voz de niño sabio:

—Habéis roto antiguos sellos. Cuidado con los ecos. Alguien os vigila en estos bosques. Si buscáis el Refugio de los Desterrados, no vayáis por camino recto—señaló más allá de un menhir cubierto de runas—. Las sendas se cruzan cuando el corazón lo permite… y cuando no, llevan directo a la boca de quien os persigue.

Erya agradeció el mensaje. Mientras avanzaban, Naor relató fragmentos de leyendas rurales: de cómo las Aguas Vivas habían sido escenario de pactos prohibidos entre humanos y criaturas arrojadas por la guerra al exilio. Habló también de Meira, una hechicera desterrada a la que los exiliados seguían como líder espiritual. “Dicen que puede domar la lluvia y conocer la verdad de los corazones”, susurró Naor.

El miedo ahora tenía rostro y nombre. Erya imaginó a los Hijos del Cerco pisándoles los talones, y a la vez, la imagen del Guardián resquebrajado, sus fragmentos desperdigados en zonas donde el dolor de la pérdida y el anhelo de esperanza eran tangibles, vivos. Ahora sabía que el viaje no acababa con la reunión de los fragmentos. El verdadero reto consistía en reconstruir la confianza y propiciar la reconciliación real.

En medio de esas reflexiones, el tatuaje de Erya parpadeó azul bajo la ropa, como si cantase al unísono con el fragmento en la urna de cristal. Pronto, el aire se llenó de un rumor inquietante: un grupo de humanos, armados y vestidos con los colores cenicientos de los Hijos del Cerco, patrullaba la zona. Erya y Naor se ocultaron en la maleza, conteniendo la respiración. Vieron cómo los invasores interrogaban a una sylphide herida, intentando arrancarle información sobre la presencia de los Vigías y los fragmentos del Guardián.

No podían hacer nada sin arriesgarse, así que esperaron a que las patrullas desaparecieran, después de dejar a la sylphide apenas viva. Erya la curó como pudo con agua y el poder ancestral que sentía bullir en sus venas; a cambio, la sylphide les indicó un sendero oculto por roca y musgo, un pasaje antiguo hacia el Refugio de los Desterrados.

El resto del día transcurrió entre escaladas silenciosas, pasadizos cubiertos de líquenes y el retumbar cada vez más lejano de los enemigos. Por el camino, Erya tuvo nuevas visiones: el Guardián, tristemente dividido, y sombras humanas luchando contra criaturas cuyas lágrimas eran perlas ardientes de dolor y memoria. Comprendió que cada fragmento no era solo una pieza del mito, sino también de la historia compartida y de la herida colectiva de humanos y seres mágicos.

Cuando el ocaso tiñó los cielos de naranja y bronce, Erya y Naor llegaron a la entrada del Refugio de los Desterrados: una grieta oculta entre relieves de roca, custodiada por una puerta tallada con escenas de reconciliación y ruptura. Antes de cruzarla, Erya posó la mano sobre el símbolo de un círculo quebrado que adornaba la entrada.

—Ahora somos parte de la Canción de las Aguas—susurró. Naor le sonrió, y juntos dieron un paso hacia la oscuridad esperanzada.

El capítulo cerró con el eco de la melodía escuchada en la orilla: una melodía que hablaba de fronteras rotas, pero también de caminos nuevos; de miedo y dolor, pero también de esperanza. Y mientras la noche caía sobre las Aguas Vivas, el mundo cambiaba, despacio e inexorablemente, llevado por quienes se habían atrevido a escuchar el susurro de lo imposible.

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