Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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Portada del relato Los Hijos del Cerco
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Capítulo 2: Los Hijos del Cerco

Duración: 14:37

Libro El Guardián y el Pacto de los Mundos

Los Hijos del Cerco
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Capítulo 2: Los Hijos del Cerco

El sol apenas clareaba cuando Erya emergió de su refugio improvisado, una hondonada protegida por raíces y ramas caídas cerca del arroyo seco. La piel le ardía aún, marcada por el tatuaje y las impresiones de la visión vivida la noche anterior. Se levantó despacio, los músculos entumecidos por el frío y la inquietud, y repasó en silencio los objetos que llevaba: la carta de Mirayn, la piedra azul, el colgante, la pluma negra y blanca. Todo parecía insuficiente ante el peso de lo desconocido. Había prometido a su madre y a sí misma buscar respuestas, pero ahora, envuelta en el frescor del alba, se preguntó si tendría verdaderamente el valor de encarar todo lo que el destino aguardaba tras la espesura.

El bosque prohibido, que había sido escenario de sueños y leyendas, le pareció menos hostil a la luz pálida, aunque las copas de los árboles seguían cerrando el paso y el aire, denso, no ofrecía el menor consuelo. A cada paso, Erya miraba hacia atrás, temiendo que la siguieran criaturas invisibles o el eco de la propia aldea, esa Ishkar que ahora intuía perdida en más de un sentido.

La marcha pronto se convirtió en travesía obligada: los animales del lugar evitaban los senderos y Erya suponía que algo se había roto en la armonía de la vida silvestre. A veces oía ramas quebrarse a lo lejos; en otras, una sombra o el destello de ojos furtivos la acechaban desde la penumbra. Los cuentos de su infancia habían advertido del peligro de las fronteras: donde el mundo de los hombres y el de las criaturas mágicas se rozaban, los peligros no eran solo materia de superstición.

Cerca del mediodía, el bosque cambió. Los árboles, antes altos y sólidos, se volvían disformes y sus raíces asomaban como venas salidas de una vieja herida. Un claro se abría frente a ella, marcado por piedras talladas con símbolos familiares—el mismo lenguaje del colgante y el tatuaje. En el centro del claro, alguien esperaba. O mejor dicho, algo la acechaba.

Erya se detuvo. Entre dos rocas, figuras encapuchadas emergieron como apostando guardia. Sus ropajes oscuros y el modo en que las manos—desnudas pero tatuadas con runas rojas—sostenían varas de hierro la convencieron de inmediato. Los Hijos del Cerco. Había oído rumores: una orden secreta, enemigos de todo lo que fuera mágico, inquisidores que habían jurado restaurar la supremacía humana.

La joven retrocedió inadvertidamente, pero el crujido de una rama la delató. Uno de los encapuchados levantó la vara y apuntó hacia ella. Otro silbó, y de entre los arbustos surgió un perro negro de hocico afilado y ojos vidriosos.

—¡Alto! —ordenó una voz grave.

Tres hombres y una mujer salieron del refugio de las piedras. Todos llevaban cuerdas y cuchillos en la cintura. El más alto, de rostro severo y piel curtida, se adelantó—. ¿Quién eres? ¿Qué haces en los dominios prohibidos?

Erya tragó saliva, disimulando el temblor de su voz—. Solo soy una viajera de Ishkar. Perdí mi camino tras la niebla.

—¿Ishkar? Sabíamos que alguno de ellos intentaría espiar. —El hombre siseó—. ¿No reconoces la ley del Cerco? Nada humano ni bestia debe cruzar las fronteras. Por tu bien, deberías haberlo recordado.

Los ojos de la mujer escrutaron el tatuaje, que asomaba bajo el cuello de Erya, todavía resplandeciente a causa de la visión reciente.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó, señalando la marca—. Eso no es cosa de campesinos.

Erya se apartó, pero los cuatro cerraron el círculo. El perro gruñía, enseñando colmillos cubiertos de baba. La joven apretó el colgante en el puño, respirando hondo. Sabía que si intentaba correr, no llegaría lejos; sabía, también, que era inútil negar lo evidente. Decidió apostar por la verdad entre mentiras—. Es solo un dibujo de mi infancia. Me lo hicieron después de que una fiebre me salvara la vida, o eso dicen las viejas del pueblo. No tengo nada que ver con… —Se tragó sus propias palabras.

El hombre alzó una ceja, divertido. Se acercó otro tanto, relamiéndose—. No todos los Vigías llevan espada. Algunos caen sin luchar. Si tienes sangre de bruja, sea poca o mucha, aquí termina tu camino. —Levantó el brazo.

Erya cerró los ojos, dispuesta a resistir o suplicar. Pero justo entonces, un silbido cortó el aire. Algo —una piedra, rápida como una flecha—impactó en la cabeza del hombre. Cayó de rodillas, atónito. El perro ladró furioso y se arrojó en dirección al atacante; la mujer saltó detrás.

En la confusión, una mano cálida tomó el brazo de Erya y la arrastró entre los árboles.

—No mires atrás. Corre —susurró una voz urgente.

El mundo giró a su alrededor mientras ramas y zarzas rasgaban sus piernas. Corrió, sin saber quién la guiaba, escuchando los gritos y jadeos de sus perseguidores. A lo lejos, el perro emitió un aullido estrangulado. Volvieron a escuchar al hombre caído lanzar improperios, después el silencio de los exiliados.

Solo cuando la luz del bosque volvió a colarse entre las ramas, ralentizaron la marcha. Erya cayó de rodillas, agotada, tratando de recobrar el aliento. Frente a ella, un joven de ojos oscuros, apenas mayor que ella, la miraba con atención. Tenía el cabello enmarañado, el mentón cubierto de tierra y una cicatriz que le surcaba la sien izquierda. Llevaba ropas remendadas y ese aire de quienes, pese a sus pecados, aún buscan redención.

—¿Quién eres? —jadeó Erya, agarrando el colgante con fuerza.

—Naor —respondió el joven, agachándose a su lado—. No temas. Yo también fui de los Hijos del Cerco… pero aprendí por las malas que el odio que predican no trae paz ni salvación.

Erya se irguió, aún desconfiada. Miró a su alrededor, atenta a cualquier ruido.

—¿Por qué me salvaste? Podrías haberme entregado y tú…

—No quiero más sangre por ideales rotos. Sé lo que buscan: matar a todo lo que en el mundo es distinto o mágico. He visto cómo queman bosques y torturan a criaturas que, en verdad, nunca nos han hecho daño. Está naciendo una guerra, y tú —miró el tatuaje de Erya, reconociendo el símbolo— eres la chispa que temen.

El día avanzaba y las nubes se espesaban sobre las copas. Un silencio incómodo los unió bajo la amenaza de la persecución. Se ocultaron en un barranco repleto de hojas muertas mientras Erya trataba de asimilar la información. Naor le ofreció una liviana torta de harina y raíces.

—¿Qué sabes de los Vigías? —preguntó la joven, observando el gesto nervioso de su compañero.

—Lo suficiente —Naor bajó la mirada—. Fui instruido para odiarlos. Decían que vuestra sangre era veneno y vuestras palabras, engaño de demonios. Pero también escuché verdades a deshora, entre los susurros de los desterrados. Los Vigías protegieron el límite, no solo manteniendo a raya a los monstruos, sino mediando entre especies, cuidando las historias de ambos mundos para que el equilibrio persistiera.

Erya tragó saliva, asumiendo la gravedad del legado. Entonces, la presencia de Naor se le hizo menos extraña, más necesaria: la frontera ya no era solo un territorio físico, sino una cuestión interna, una decisión moral de dar un paso hacia el entendimiento o abrazar la condena histórica.

La tarde se vistió de bruma y el cielo tornó en un gris apagado. Al avanzar nuevamente, sortearon raíces y lianas, mientras Naor compartía historias de lo que se ocultaba detrás del Cerco: criaturas antiguas, encapuchados furiosos y los rumores de un poder mayor oculto en las ruinas del Viejo Bosque.

Llegaron al pie de una colina cubierta por brezo. Allí, Naor extendió un mapa dibujado a mano sobre un tronco caído.

—En el extremo septentrional está la fortaleza de los Hijos. Aquí —señaló unas runas— es donde suelen emboscar a los forasteros. Y aquí —trazó una línea curva— hay un puente de piedra cubierto de musgo. Más allá yacen las ruinas de Aurendil, un lugar donde según las leyendas, los primeros Vigías sellaron un pacto con las criaturas del agua.

—¿Aurendil es real? —Erya apenas podía disimular el asombro.

—A veces los mitos encierran más verdad de la que queremos admitir —repuso Naor, con una sonrisa amarga—. Allí hay grabados y una fuente. Puede darnos pistas sobre cómo restablecer el equilibrio. Pero iremos con cuidado. Hay espías en todas partes.

Acordaron buscar a otras personas y criaturas dispuestas a defender la convivencia. Erya rememoró las palabras de la carta, el mensaje insistente del colgante. El miedo a fracasar pesaba, pero también sentía una fuerza silenciosa, como si las raíces de todos los sacrificios pasados ahora la empujaran hacia adelante.

Caía la tarde cuando, en un recodo boscoso, los emboscó de nuevo el peligro: un grupo de tres Hijos del Cerco apareció de improviso entre los árboles. No hubo tiempo para amagos; Naor empujó a Erya tras él y extrajo una daga. La joven retrocedió, buscando algo con qué defenderse: piedras, una rama rota. Los enemigos se acercaron, cuchillos en mano, invocando letanías de odio y promesas de purga.

El combate fue confuso: Naor luchó con la disciplina aprendida en la orden, parando golpes y desviando estocadas. Erya, sin experiencia, se defendió como pudo, lanzando tierra a los ojos de un atacante. Una patada la derribó de espaldas y el agresor le sujetó con fiereza la muñeca, dejando ver sus dientes amarillos y la intención de matarla.

En ese instante, el tatuaje de Erya brilló con luz azulada. Sin saber cómo, sintió el éter de la tierra y el agua fundirse en su ser. Un impulso la llevó a pronunciar una breve frase —en la lengua de los sueños, en el idioma primigenio— y todo se llenó de un zumbido vibrante. El atacante cayó paralizado; los otros dos retrocedieron, aterrados.

—¡Magia! —escupió uno, cayendo de rodillas antes de huir.

Naor ayudó a Erya a levantarse. Temblaba de pies a cabeza.

—Tenemos que alejarnos antes de que llamen refuerzos —murmuró.

Avanzaron, adentrándose en zonas más ocultas hasta que la noche se impuso, cubriéndolo todo de sombras traicioneras. Buscaron refugio en una cueva semitapada por helechos. Allí, encendieron una pequeña lumbre y Naor, en voz baja, compartió al fin su historia:

—Mis padres fueron fieles al Cerco. Me enseñaron a temer el caos, a creer que todo lo mágico era corrupción. Fui testigo de su crueldad. Pero una vez, en un ataque a un poblado, salvé sin querer a una ninfa del río. No la delató. Ella me curó una herida. Desde entonces, supe que era mentira la necesidad de eliminar lo diferente. Fui descubierto, acusado de traición y obligado a huir. Desde entonces, camino solo, a veces ayudando a quien puedo y perdiendo toda fe en un mundo reconciliable… hasta hoy —miró a Erya, con renuente esperanza.

Sentados alrededor del tenue calor, Erya relató su linaje, sus dudas y los sueños proféticos. Naor escuchó con atención, sin burlarse ni desconfiar. Decidieron unirse en la búsqueda de respuestas y aliados. El amanecer trajo consigo un juramento tácito entre ambos: no permitirían que los odios antiguos dictaran el futuro.

El viaje continuó por senderos flanqueados de piedras cubiertas de líquenes y árboles huecos. Se toparon con restos de antiguos refugios y señales grabadas en el suelo, advertencias y promesas dejadas por viajeros y otras criaturas. Fue en uno de estos cruces donde hallaron una figura encapuchada esperando junto a una extraña hornacina tallada en roca. De su capa emergía la voz quebradiza de una anciana:

—Buscáis Aurendil, y respuestas para evitar la Ruina, ¿no es así, Vigía?

Erya dio un respingo, Naor puso la mano en su puñal.

—No temed —dijo la mujer—. Soy Irmin, cronista de exiliados. Veo el pasado en las corrientes del agua y el polvo de los árboles. Puedo mostraros recuerdos de lo que originó esta grieta entre especies… si estáis dispuestos a mirar el dolor a la cara.

Erya asintió. Irmin agitó una vasija con líquido azul, en el que danzaban fragmentos de luz. El contacto con ese agua desató en ambos visiones compartidas: aldeas quemadas, pactos rotos, traiciones antiguas y la imagen de un ser de ojos de fuego, el Antiguo Guardián, troceado y dispersado por el río del tiempo. Vieron a los antepasados de Erya impidiendo la destrucción total del mundo mediante pactos secretos y sacrificios nunca reconocidos. Vieron, también, cómo los Hijos del Cerco nacieron del miedo y la promesa de orden: el miedo al dolor, a lo incomprensible, y la voluntad de poner fin a cualquier cosa que pareciera amenazar su ilusión de control.

Ambos salieron de la ensoñación aturdidos y lagrimeando.

—¿Dónde buscar lo perdido? —balbuceó Erya, rendida.

Irmin les señaló el mapa—. El primer fragmento del Alma del Guardián reposa bajo las Aguas Vivas, otrora morada de pactos y oráculos. Allí encontraréis un espíritu que os guiará si sois dignos. Pero muchos vigilan ese camino… y no solo enemigos humanos.

Una ráfaga de viento apagó la hornacina. Cuando regresaron los sentidos, la cronista había desaparecido. Solo quedaba la vasija, ahora vacía, y una inscripción grabada a cincel junto al camino: «Hay fronteras que solo el corazón sabio puede cruzar».

El apellido de miedo era ahora desafío. Erya, con Naor a su lado, se dirigió hacia el norte, al encuentro de las Aguas Vivas, dejando atrás la seguridad de cualquier neutralidad. Sabía, con la certeza inexplicable de quienes tienen destino, que el siguiente umbral no solo pondría a prueba su linaje, sino la fe misma en la redención de ambos mundos.

Al avanzar bajo la bóveda azul, los sonidos del bosque mutaban hacia lo onírico: ranas que croaban en irracionales melodías, luces flotantes entre los sauces, el rumor de un agua que, aún lejana, parecía latir con vida propia. De tanto en tanto, Erya notaba que Naor apartaba la mirada, como dudando de sí mismo o temiendo fantasmas de un pasado que todavía lo reclamaba.

Caía la última luz cuando divisaron, por fin, entre juncos y piedras pulidas por centurias de corriente, el resplandor de las Aguas Vivas. Una brisa salobre les acarició la piel y el horizonte se tiñó de azul profundo. Allí, según la profecía revelada, daría comienzo una nueva etapa del viaje, y uno de los fragmentos del Alma del Guardián aguardaba, custodiado por una sabiduría antigua siempre dispuesta a poner a prueba el corazón de los caminantes.

Fatigados pero decididos, ambos supieron que ya no volverían a ser los mismos: cada decisión, cada acto de confianza o duda, resonaría en el destino de todo lo que alguna vez fue llamado hogar.

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