Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Novela romántica Antes del amor
Powerless (edición especial limitada)
Portada del relato El Llamado del Guardián
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Fragmento:


Sacó de un pequeño cofre de madera una carta y un colgante. El colgante tenía la misma forma que el tatuaje que adornaba la nuca de Erya. Ésta lo contempló, sobrecogida.

Duración: 11:55

Libro El Guardián y el Pacto de los Mundos

El Llamado del Guardián
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Capítulo 1: El Llamado del Guardián

La niebla caía densa sobre la aldea de Ishkar, envolviendo casas y campos en un manto blanquecino e impenetrable. No era raro que la bruma se adueñara de las noches, pero esta vez tenía un peso distinto, algo en su espesura presagiaba cambio y desasosiego. Las linternas titilaban débilmente en las puertas, lanzando haces tímidos hacia las sombras que pululaban por los senderos de tierra apisonada. El silencio, sin embargo, era más profundo de lo habitual, roto solo por el trino apagado de un ave perdida y el eco lejano de algún carromato que se apresuraba a llegar al portal antes de la medianoche.

En una de las viviendas de la calle principal vivía Erya, una joven de diecisiete inviernos, delgada y nervuda, con la piel marcada por el trabajo y la curiosidad. Lo primero que sorprende de Erya es el tatuaje azuláceo que serpentea desde la base de su nuca hasta hundirse bajo la clavícula izquierda: un símbolo que nadie en Ishkar sabe descifrar. El misterioso dibujo siempre la ha hecho sentir ajena, pero aquella noche, mientras la niebla ceñía los tejados, el tatuaje ardía, punzando rítmica e insistentemente, como si tuviera vida propia.

Erya despertó sobresaltada, empapada en sudor y con la respiración entrecortada. Hacía frío, pero sentía calor en la nuca, justo donde el tatuaje centelleaba bajo la piel. Las imágenes de su sueño se desvanecían mientras trataba de recuperarlas: un bosque sumido en la penumbra, una fuente de aguas negras, y una voz, profunda como la tierra misma, que pedía ayuda en un idioma que no entendía y, sin embargo, reconocía como propio.

Trató de incorporarse, pero notó que las sábanas estaban enredadas en sus pies por la agitación de su sueño. Se sentó y se llevó una mano a la nuca. "¿Otra vez este sueño?", pensó, aunque en realidad era distinto a los recurrentes. Esta vez sintió miedo, sí, pero también una extraña familiaridad, como si los ojos que vigilaban desde la espesura fueran aliados y no enemigos.

Un golpe sordo en la persiana la sacó de sus pensamientos. Se asomó y, entre la bruma, le pareció distinguir la silueta encorvada de la abuela Gaela, la matriarca del concejo, que conversaba en murmullos con dos hombres mayores. Los tres la miraron casi al mismo tiempo, como si hubieran percibido sus ojos en la ventana, y Erya sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Bajó el visillo de inmediato y retrocedió hacia su cama, abrazando las rodillas mientras contaba sus propias exhalaciones.

No pudo dormir más esa noche. Esperó, escuchando con atención, hasta que el rumor de voces se disipó y el primer destello pálido del amanecer abrió grietas en la niebla. Al poco, oyó el roce de pasos en el pasillo y reconoció el caminar resuelto de su madre, Talia, una mujer de rasgos firmes y mirada cansada pero bondadosa. Talia portas siempre el manto gris de las tejedoras, tinta en los dedos y cicatrices invisibles en la voz.

—¿Otra vez pesadillas? —preguntó al ver salir a Erya de la habitación. Su voz era suave, pero había una tensión contenida en el gesto, como si supiera más de lo que decía.

Erya asintió, frotándose los brazos—. Soñé con el bosque, y con una voz que me pedía ayuda. Era como si algo antiguo estuviera en peligro. Mamá, ¿qué significa…?

Antes de terminar la frase, la madre la interrumpió con un suspiro que parecía condensar el peso de generaciones—. Necesito mostrarte algo —dijo, y la llevó a la cocina, donde la luz de la mañana entraba dando forma a figuras polvorientas sobre el suelo de piedra. Cerró la puerta con llave, un gesto poco habitual, y se sentó frente a ella.

Sacó de un pequeño cofre de madera una carta y un colgante. El colgante tenía la misma forma que el tatuaje que adornaba la nuca de Erya. Ésta lo contempló, sobrecogida.

—Eres la última —susurró Talia, colocándole la joya en las manos temblorosas—. La última Vigía que queda en nuestra sangre. Algunas noches ha sido más fácil hacerte creer que eras igual que los demás. Pero ya no puedo mentirte. Los sueños son el comienzo… El equilibrio ha sido roto, Erya. Has sido llamada.

Erya tembló, escéptica. Sabía —como todos en Ishkar— las viejas historias de criaturas mitológicas y los Vigilantes, quienes custodiaban las fronteras entre mundos. Había crecido creyendo que eran cuentos de fogata, pretextos para no adentrarse en el bosque prohibido, una excusa para mantener a los niños cerca de casa. Sin embargo, las palabras de su madre tenían un peso diferente, como una campana que solo ella podía oír.

—No puede ser —musitó—. Eso ya pasó hace siglos. Nadie habla de los Vigías desde la Gran Ruina. ¿Por qué yo?

Talia no respondió de inmediato. Señaló la carta—. Lee —ordenó. La letra era trémula pero firme:

“Querido descendiente,

Si estas líneas llegan a ti, significa que la última chispa de nuestro linaje arde en peligro. Vigía: custodia con celo el umbral, pues en tus manos descansa el destino de los reinos. Cuando el Guardián llame, acude. Solo tú podrás escuchar el eco y recordar lo olvidado.

Con fe de tiempos mejores,

Mirayn de la Luz Dormida”.

Erya dejó que el silencio llenara la estancia. Nada parecía tener sentido y, sin embargo, una parte de ella —la que nunca había encajado, la que sentía cosas antes de que pasaran— supo que todo era cierto.

—Vigía, Guardián... ¿qué puedo hacer yo? —preguntó, apenas un susurro.

Talia la abrazó con fuerza. Durante un largo rato, no hubo más palabras. Después, como si un presagio invadiera el aire, se escuchó un lamento lejano, procedente de la plaza del pueblo. Madre e hija se miraron alarmadas y corrieron al umbral.

La niebla aún flotaba a ras del suelo, pero la plaza estaba llena de gente. Un grupo de campesinos revolvía frenético junto al cauce del río. Allí mismo, junto al puente de roca, el agua apenas se deslizaba en un fino hilo oscuro. Donde antes rugía corriente, ahora sólo quedaban piedras húmedas y algas exánimes. Los ancianos murmuraban, invocando antiguas plegarias. Algunos aseguraban haber visto sombras en el agua la noche anterior, otros culpaban al bosque por lo que consideraban una maldición caída sobre Ishkar. El miedo era palpable.

—El río… nunca había visto que bajara tanto —exclamó uno de los jóvenes, limpiándose el sudor y mirando a las nubes negras del horizonte—. Algo va mal.

Erya sintió como si una garra le oprimiera el pecho. Las palabras de la carta, el sueño de la noche anterior, todo gravitó con fuerza sobre su conciencia. Miró a su madre, buscando respuestas, pero la vio igual de desorientada.

—Quizá deberíamos avisar al concejo —sugirió, pero su voz se ahogó entre los cuchicheos crecientes.

Mientras los vecinos acudían al templo, Erya se quedó rezagada junto al puente. El corazón le latía desbocado y el tatuaje seguía ardiendo. Cerró los ojos y, por un instante, dejó que el rumor del agua (o su ausencia) la envolviera. Así, entre la bruma, le pareció oír una vez más aquella voz primigenia:

“Ven. Ven al bosque. Escucha.”

Abrió los ojos de golpe. Nadie más pareció inmutarse. Se sintió más sola que nunca, pero también decidió —por alguna razón desconocida— que debía seguir ese llamado. Regresó a casa, tomó una bolsa, guardó el colgante y algunos objetos: una navaja, la carta, una piedra azul que su madre le había regalado de niña. Se despidió de Talia con un abrazo apretado y pidió a la diosa de Ishkar que protegiera la aldea. Después, sin mirar atrás, cruzó el arco que daba al bosque prohibido.

Por primera vez notó el verdadero silencio. Ni grillos ni aves; solo el crujido de las hojas húmedas bajo sus botas. Caminó durante horas, guiada por una intuición que no podía explicar, dejando atrás los caminos trazados y adentrándose en la espesura. A medida que el día avanzaba, la luz se filtraba apenas en haces que pintaban arabescos sobre los troncos vetustos. Árboles retorcidos cerraban el paso y el aire estaba impregnado de una humedad densa, de la que colgaba el aroma arcano del musgo.

A medida que se adentraba, Erya sentía el pulso del tatuaje intensificarse. Por momentos, el colgante parecía pesar cien veces más alrededor de su cuello, como si tirara de ella hacia una dirección fija. Al caer la tarde, las piernas comenzaban a flaquearle y la ansiedad era un rumor constante bajo la piel.

Entonces lo sintió: una presencia, como si alguien más caminara a su lado. Giró sobre sus talones y se encontró con un zorro de pelaje plateado, cuyos ojos brillaban con inteligencia insólita. El animal la miró, ladeando la cabeza, y en ese gesto Erya creyó adivinar cierta invitación o advertencia, pero en un pestañeo, el zorro desapareció tras unas zarzas, tan silencioso como había llegado.

Siguió avanzando, desconcertada. A cada paso el bosque se volvía más impenetrable, y empezó a oír crujidos extraños. Se convenció de que la seguían. Tal vez criaturas del folclore, tal vez simples animales, pero algo no encajaba. Entonces, el aire se tornó frío y azul, y en el claro al que llegó el tiempo pareció enrarecerse.

En el centro del claro crecía un roble antiguo, gigante, con raíces que se retorcían como dedos buscando el corazón del mundo. Erya se acercó, y el tatuaje en su nuca ardió con un dolor casi insoportable. Se arrodilló, vencida por el vértigo, y apoyó la frente en la corteza áspera.

Ya no era una voz lo que escuchaba, sino una sensación: compasión, miedo, esperanza. El árbol pulsaba con una energía que reconocía y temía a la vez. Entonces, una imagen se le impuso con fuerza: fragmentos de cristal, una máscara de madera, aguas turbulentas envolviendo un corazón latente... y la promesa de una guerra ancestral que las canciones se esfuerzan por olvidar, pero que nunca terminaron de cerrarse del todo.

Las lágrimas, inexplicables, surcaron las mejillas de Erya. La visión cesó, y se incorporó tambaleante. Volvió a mirar el bosque: ahora, los sonidos regresaban, el canto tímido de una lechuza y el susurro del viento entre las hojas. La joven Vigía supo, sin necesidad de palabras, que esa era solo la primera de muchas pruebas.

Antes de marcharse, encontró al pie del roble una pluma negra cruzada por una línea blanca. Recordó instintivamente una estrofa que le había contado su madre de niña:

“Cuando la señal caiga del cielo,

El Guardián despertará.

Busca la pluma del destino

Y sigue el rastro en la oscuridad.”

Guardó la pluma y comenzó a caminar de regreso hacia la senda. Pero el bosque ya no se sentía igual. Caminaba, sí, pero tenía la clara sensación de estar siendo guiada, no solo por su voluntad, sino por algo mayor, un destino tejido mucho antes de su nacimiento.

La noche caía cuando Erya salió finalmente del bosque, cerca de un arroyo seco, al oeste de la aldea. La luna colgaba baja y rojiza, proyectando sombras largas sobre la hierba escarchada. El mundo se sentía más grande, más desconocido, y el peligro acechaba en cada recodo. Antes de descansar en una hondonada protegida, Erya abrió la carta una vez más, repasando cada línea hasta grabarla en la memoria. Cerró los ojos y permitió que, durante un breve instante, la esperanza se filtrara entre su miedo.

El llamado había sido hecho. Y, aunque no lo sabía aún, su jornada no solo la conduciría más allá de Ishkar, sino al corazón mismo del mito, donde el destino de dos mundos dependía ahora de su valor y sus decisiones.

Así, agotada pero resuelta, Erya abrazó la noche y el misterio, prometiéndose a sí misma que encontraría respuestas o, si era necesario, las daría ella misma. El Llamado del Guardián había comenzado y, mientras la aldea dormía, el futuro del mundo pendía de un hilo dorado y azul, vibrante en la nuez de quien porta la última llama de los Vigías.

Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
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