Fragmento:
Corría el rumor de que en los confines del mundo, donde la noche se estira y los dioses beben el vino salado de sus sacrificios, existía un lugar reservado solo para aquellos a los que ni héroes ni villanos se atrevían a nombrar. Este no era otro que el Salón de la Medianoche, edificado en los cimientos no de piedra sino de la memoria de cada sombra desde la creación. Aquí, los que han encontrado ese umbral, dicen que han visto perfilarse en la niebla el contorno de seres que en las viejas historias han sido llamados dioses, monstruos, amantes y verdugos.
Duración: 04:11
Corría el rumor de que en los confines del mundo, donde la noche se estira y los dioses beben el vino salado de sus sacrificios, existía un lugar reservado solo para aquellos a los que ni héroes ni villanos se atrevían a nombrar. Este no era otro que el Salón de la Medianoche, edificado en los cimientos no de piedra sino de la memoria de cada sombra desde la creación. Aquí, los que han encontrado ese umbral, dicen que han visto perfilarse en la niebla el contorno de seres que en las viejas historias han sido llamados dioses, monstruos, amantes y verdugos.
Una noche, Orneas de Tesalia, conocido por su lengua afilada y sus costumbres aún más afiladas, cruzó aquel umbral sin invitación, llevado quizá por el deseo de escuchar las confidencias de quienes alguna vez amasaron el destino de los mortales. Apenas hubo traspasado la puerta figurada de huesos de kraken, le recibió una dama alta, de cabellos trenzados con serpientes dormidas que olían a jazmín y sangre fresca. “¿Buscas el vino o el relato, forastero?”, murmuró ella, sus ojos refulgiendo con el mismo tono violáceo que tienen algunas promesas cuando maduran.
“He venido a perderme”, respondió Orneas, con el tono confiado del que sabe que la ignorancia es una armadura. Ella sonrió, y detrás de ese gesto se abrió un abismo en el que bailaban abajo, en corro, sátiros amputados, náyades ancianas, gigantes diminutos y esfinges sin voz. “Entonces escoge: carne, palabra o recuerdo.” Orneas dudó un instante, hasta que detrás de su oído un susurro, que quizá fue el propio aire, le tentó: “La palabra nunca se queda sola”.
En torno a la mesa central, donde el vino nunca se agota y el pan siempre está caliente, aguardaban los comensales eternos. Sirénidas y nereidas, con voz de pluma y boca de abismo, compartían la misma copa, sus historias entrelazándose como musgo húmedo y veneno. Un hombre de corcel hendido, la mitad luminosa y la otra oscura como el pozo que bebe el día, entonaba las causas perdidas de la guerra entre los astros, mientras una diosa caída desvestía con lentitud la noche, capa tras capa, hasta revelar el temblor puro de la luna recién nacida.
Orneas, que todo lo había probado y de todo abominado, notó el roce de unos dedos inesperados en su muslo. Era una ninfa que mudaba de rostro a ritmo de las palabras que salían de su boca. Así pasó, en el Salón de la Medianoche, a escuchar y a ser escuchado. Entre risas ebrias y cuentos tan viejos que sólo el tiempo se confiesa en ellos, la sensualidad y el terror se trenzaban en cada historia. Se hablaba de cómo los dioses, en noches como esa, se disfrazaban de humanos para saborear mordidas de deseo prohibido, o de cómo, en el calor y sudor de los establos, las amazonas invocaban a los astros para que las dotaran de fuerza y placer.
La luna descendió, y el vino se tornó rojo como la vergüenza. Orneas se perdió en la mirada líquida de una ninfa, y supo, como sólo lo saben los condenados dichosos, que toda promesa hecha en ese sitio exigiría su pago con la piel y la memoria. La dama de cabellos trenzados lo advirtió: “Si bebes esta noche, recordarás por siempre; pero si la olvidas, tu carne arderá hasta que los dioses te rían en la cara”.
El mundo entero giraba más lento allí, en la frontera de lo real. El eco de las carcajadas de dioses exiliados frotaba el cuerpo de Orneas como la lengua temerosa de una amante inesperada. Y mientras la aurora se desperezaba y los primeros gallos lejanos anunciaban el juicio de la luz, Orneas recitó para el Salón el relato de su vida, hilando con mentiras las verdades y con deseos los arrepentimientos. Cada palabra era un beso ofrecido y recibido, cada pausa, la promesa del goce futuro o la vergüenza antigua.
En la bruma final, cuando la noche misma parecía cansada de su propio peso, Orneas salió a trompicones, con la lengua cargada de historias y el cuerpo marcado no por látigos ni cuchillos, sino por pequeñas cenizas azules que nunca se apagarían. Lo supo: había sido tocado, sí, y quien es tocado por el Salón de la Medianoche nunca vuelve a gozar sin sospechar que en algún rincón de su piel un dios o una diosa de ojos cansados y risa afilada está aguardando, siempre, la hora de su regreso.
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