Tras la puerta
Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
La grieta del silencio
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Portada del relato El Retorno del Guardián
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Fragmento:


La cripta resultó estar semioculta bajo raíces de un abeto derrumbado. El gnomo localizó, con dedos expertos, una losa marcada con el mismo círculo quebrado que portaba el colgante de Erya. Entre todos empujaron el bloque musgoso, revelando una escalera en espiral hacia el vientre de la tierra. Adentro, el aire era frío y estaba viciado de silencio. Naor bajó primero; los demás lo siguieron, atentos a cada crujido.

Duración: 13:45

Libro El Guardián y el Pacto de los Mundos

El Retorno del Guardián
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Capítulo 5: El Retorno del Guardián

La tierra vibró durante la noche, como si un corazón subterráneo padeciera el pulso de una guerra anunciada. Erya lo sintió en el fondo de sus huesos, acurrucada en una oquedad de piedra junto a Naor y los demás elegidos para buscar el siguiente fragmento. Todo su cuerpo era un nido de nervios y temblores, pero su mente sostenía una determinación hecha de miedo y fe en lo imposible. El Refugio de los Desterrados, tras susurros y conciliábulos, se había transformado en un hormiguero: madres recitaban canciones a sus hijos, enanos repartían fragmentos de obsidiana, duendes reforzaban salientes con musgo encantado. Arriba, más allá de la seguridad de la roca, la tormenta caída durante la noche arrasaba los caminos y confundía el rastro de los supuestos traidores.

Erya contaba el tiempo por latidos. En la media penumbra, la urna que contenía el primer fragmento del Guardián reposaba junto a la pluma y a la piedra azul. Estaba a cargo de un puñado de los desterrados más leales. Meira se acercó a ella antes del amanecer, su bastón repiqueteando como una promesa debajo del estruendo del agua.

—El tiempo de la huida ha terminado, Vigía —murmuró—. Hoy nos tocará elegir entre resistir y perecer, o alzarnos otra vez sobre el odio.

—¿Cuánto resistiremos, Meira? —preguntó Erya, lamentando el quiebre involuntario de su voz—. El mundo allá afuera… odia lo que somos.

—El odio no es el mundo. Es la herida —contestó la anciana, encarándola con una piedad férrea—. Mañana, si sobrevivimos, seguirá el miedo. Pero también el amor y la memoria.

Era la víspera del enfrentamiento: bajo la roca del Refugio, se tejía una última esperanza, intrincada y precaria como la tela de araña bajo el temblor del alba.

***

Al despuntar el día, Naor, la joven de trenzas —Lys—, el gnomo de barba verde y dos elfo-niños acompañaban a Erya. Debían alcanzar la cripta bajo el Bosque de Nieves, donde, según las leyendas de Meira, se ocultaba otro fragmento del Guardián. Marchaban cubriendo sus huellas por grietas y túneles, el báculo de agua y rama en manos de Erya marcando el ritmo y trazando runas de protección en el aire. Cada paso era una oración, cada mirada hacia atrás un cálculo de probabilidades de quienes los perseguían; sabían que, si los Hijos del Cerco ocupaban el Refugio antes de su regreso, la resistencia quedaría decapitada.

El bosque, erizado de nieve y escarcha azul, los recibió con un silencio de fábula rota. Árboles negros como la memoria, bajo la luz mortecina del alba, proyectaban sombras que parecían acechar en círculo. Los rugidos de la tormenta se habían disipado, pero el aire aún era denso, preñado de electricidad y muerte próxima. A medida que avanzaban, Lys les relató la historia del Cementerio de Máscaras: allí, generaciones de Vigías y seres mágicos habían ocultado símbolos de su identidad tras caretas talladas en madera y hueso, para sobrevivir a eras de persecuciones.

La cripta resultó estar semioculta bajo raíces de un abeto derrumbado. El gnomo localizó, con dedos expertos, una losa marcada con el mismo círculo quebrado que portaba el colgante de Erya. Entre todos empujaron el bloque musgoso, revelando una escalera en espiral hacia el vientre de la tierra. Adentro, el aire era frío y estaba viciado de silencio. Naor bajó primero; los demás lo siguieron, atentos a cada crujido.

En la cámara principal, se apilaban decenas de máscaras: algunas con rostros humanos, otras con facciones imposibles. Cada una simbolizaba a un desterrado, un Vigía, un ser arrojado al olvido. Sobre el altar dormía una segunda urna, más pesada y cubierta de líquenes. Antes de alcanzarla, una figura salió de las sombras: una criatura de piel lechosa y ojos magenta, envuelta en harapos y polvo.

—Ningún corazón puro puede tomar el fragmento sin pagar su precio —dijo el espectro, temblando entre lo humano y lo espectral—. Aquí, cada Vigía enfrentó la traición propia y ajena. Debéis dejar una máscara, renunciar a una certeza, si deseáis lo que guardo.

Erya sintió una sacudida. Todos la miraron. Fue la joven quien dio el paso adelante. Sacó de su bolsa la piedra azul que su madre le había regalado antes de partir y, temblorosa, la depositó en el altar.

—Mi certeza era que volvería a casa igual que partí—dijo—. Ahora sé que el camino ya no me devolverá intacta. Perdí el derecho a la inocencia. Aquí lo dejo.

La criatura asintió y permitió que abrieran la urna, liberando un destello azulado que giró sobre sus cabezas y se fundió con el primer fragmento.

De regreso al Refugio, cruzando el manto níveo entre árboles temblorosos, Erya sintió que la carga se aligeraba y pesaba a la vez. La conexión entre los fragmentos era palpable: la urna latía en el fondo de su zurrón y el tatuaje ardía bajo la ropa como un fuego de promesas cumplidas y deudas urgentes. Cuando alcanzaron la entrada, supieron que llegaban apenas a tiempo: la batalla había comenzado.

***

El aire apestaba a madera quemada y a sudor. Gritos humanos y aullidos de bestias se entrelazaban en la penumbra; el canto de espadas rozaba el lamento de criaturas invisibles. El Refugio, antes bálsamo de silencio y misterio, era ahora una fortaleza asediada. Los Hijos del Cerco avanzaban por las grietas, armados con antorchas y lanzas, guiados por estandartes de tela cenicienta. Al frente marchaba Valdrik, el líder cuya crueldad era famosa: un hombre de barba gris, ojos gélidos, brazos tatuados con runas anti-mágicas y una voz capaz de dividir ejércitos.

Los exiliados luchaban con estrategia y magia a partes iguales. Harpías zambullían en la oscuridad, dejando caer piedras; gnomas tejían redes de alambre fino y duendes invocaban neblina alrededor de los pasadizos. Dos dragones jóvenes, malheridos, intentaban frenar el avance en el atrio, pero las filas de los Hijos del Cerco parecían interminables.

Erya y su grupo bajaron por una escalera lateral, uniéndose casi a ciegas a la defensa. Meira los localizó junto a la hoguera principal. Su rostro, fatigado y reluciente, apenas disimulaba el alivio. Antes de que Erya pudiera hablar, un estruendo sacudió el techo: una sección del refugio se desplomaba; gritos y derrumbes. La comunidad se dispersaba presa del pánico, pero los líderes resistieron como pudieron.

—¿Lo tienes?—preguntó Meira, señalando la urna.

—Dos fragmentos —afirmó Erya—. ¿Qué hacemos ahora?

Meira extendió la mano—. Solo el linaje de los Vigías puede llamar al Guardián. Pero debes estar dispuesta a pagar el último precio: unir tu sangre con su alma.

En ese instante, un grupo de guerreros irrumpió en la sala, traspasando las defensas. Valdrik empuñaba una lanza de metal bruñido, la mirada puesta en Erya. A su espalda, los Hijos del Cerco capturaban a los más débiles, acumulando dolor y rabia en cada rincón.

Naor y los demás formaron un anillo protectivo entorno a Erya y Meira. Lys lanzó una flecha directa al pecho de uno de los invasores, mientras el gnomo dirigía una ráfaga de esporas irritantes al enemigo. Desde el fondo, la comunidad resistía entre coraje y desesperación. El eco de la batalla vibraba en la bóveda y afuera la tormenta rugía, como si la naturaleza misma protestara ante la masacre.

Valdrik se adelantó:

—¡Dame la urna, Vigía! —rugió—. Devolved el mundo a los hombres y terminaré rápido.

Erya apretó el colgante y sintió la carga de siglos arder en su sangre. Se alzó, con los dos fragmentos en la mano, y gritó:

—¡El mundo no es de los hombres ni de las bestias! ¡El mundo es de los que eligen amar, a pesar del miedo!

Valdrik avanzó; Meira intentó conjurar un escudo de agua, pero la lanza lo disipó. La anciana cayó, herida, junto a Erya. Naor se interpuso entre Valdrik y la Vigía, soportando una estocada en el costado. El dolor se propagó como un relámpago de culpa y furia.

—Hazlo, Erya —susurró Meira—. El Guardián reclamará su alma cuando tú reclames la tuya.

Erya se arrodilló, puso la urna ante sí y, por un instante, el tiempo pareció detenerse. Acercó su muñeca a las runas grabadas en la tapa y, con el filo de la piedra azul —la última reliquia de su hogar—, trazó una línea de sangre. Un latido ensordecedor sacudió la cámara. La sangre de la Vigía y los fragmentos chisporrotearon, entrelazándose en vórtices de luz blanca y zafiro.

La bóveda tembló, las piedras crujieron y un viento imposible barrió la sala, arrastrando polvo, magia y miedo. De la urna emergió una figura: primero niebla, luego claridad creciente; el Guardián, mitad humano mitad criatura de agua, erguido sobre patas de lobo y torso de luz, cuya mirada contenía las edades del mundo. Su voz no era solo sonido, sino temblor y certeza:

—¿Habéis aprendido el precio de la guerra? ¿Estáis dispuestos al dolor de convivir?

Valdrik intentó atacar, pero el Guardián alzó una mano y el líder quedó clavado al suelo, como convertido en estatua por la pura fuerza de su propio odio. Los Hijos del Cerco retrocedieron; alguno cayó de rodillas, llorando, al verse reflejado en la visión del Guardián: todo el rencor que portaban era devuelto como un espejo inclemente. Bestias y exiliados dejaron de luchar: el canto de reconciliación y aterradora justicia llenaba el aire. El Guardián absorbió la energía del conflicto y la transformó en una ola de luz que barrió el Refugio, curando heridas y petrificando —no en piedra, sino en remordimiento— a quienes habían optado por el odio.

Erya, exhausta, cayó de rodillas. Meira yacía inconsciente, Naor sangraba por la herida del costado, pero sostenía en pie a Lys, quien lloraba a sus muertos sin dejar de sonreír por la paz que se palpaba en el aire.

El Guardián, más inmenso y etéreo que nunca, se inclinó ante Erya y le tendió la mano:

—A partir de hoy, el equilibrio se teje en tu linaje. ¿Aceptas el pacto?

Erya, agotada, asintió. El Guardián tocó su frente, imprimiendo en ella una última runa azul. Al instante, la sala y el resto del Refugio se encendieron con una red dorada: una fuerza mayor que la guerra, destinada a unir lo separado sin borrar el dolor o la diferencia, una promesa y una herida cosidas en la misma cicatriz.

***

La batalla había cesado. En los pasillos, humanos y criaturas mágicas se miraban con miedo y curiosidad, como despertando de una pesadilla híbrida. Naor fue curado por la magia residual del Guardián. Lys, el gnomo y los demás sobrevivientes lloraban a sus muertos pero se abrazaban, iniciando el duelo de los que han logrado sobrevivir.

Los que optaron por la traición —como el hombre que vendió la ubicación del Refugio— fueron puestos ante la comunidad, que debatió entre el exilio y el perdón. Erya abogó por la misericordia: “El nuevo pacto no puede repetirse sobre el odio. No podemos exigir reconciliación mientras rechazamos a quienes caen en la desesperación. La compasión tejió el Guardián: que también teja el mañana”.

Las heridas eran muchas y profundas, pero la luz del Guardián no curaba por completo: sanaba cortes, aliviaba el cansancio, confrontaba remordimientos, pero dejaba intactas las cicatrices, como recuerdo de que el perdón no es olvido. Meira se despertó al atardecer, encontrando a Erya frente a la hoguera donde criaturas y humanos compartían pan por primera vez sin miedo, aún temblorosos bajo los ecos de la destrucción.

—Has tejido la grieta —murmuró la anciana—. ¿Cómo sigues adelante, ahora que todos te miran como símbolo?

Erya se limitó a apretar el nuevo colgante: la runa de la Vigía, la pluma y la piedra azul fundidas en una sola joya que pendía en su cuello.

—Siguiendo adelante, un día tras otro —dijo al fin—. Nunca será suficiente, pero tampoco nos está permitido rendirnos.

El Guardián vigilaba desde la grieta abierta en el techo, la luz de su cuerpo derramándose en sosegados fulgores. Alguien propuso una ceremonia para honrar a los que cayeron: se arrojaron flores, plumas y fragmentos de arcilla al lago subterráneo, transformando la noche en un velo de plegarias. Naor y Erya, agotados pero juntos, encabezaron el rezo. “Para cada vida perdida, una fuerza que nunca abandonará el mundo”, entonó Meira. El Guardián asintió, y, con un ulular solemne, sumergió sus huellas en el agua, restaurando la corriente hacia Ishkar y todas las aldeas secas.

***

La mañana los encontró exhaustos, pero libres por fin del yugo del miedo. A las puertas del Refugio, humanos y bestias compartían un pan con sal y miel. Se declararon nuevas treguas y, por primera vez en siglos, se habló abiertamente de un futuro común. El Guardián, antes de fundirse con la luz de la última aurora, dejó en manos de Erya un legado mayor que la magia: la obligación de preservarlo todo a la vez que aprendía a cargar el peso del dolor compartido.

Fue así como, entre cicatrices y abrazos, bajo la bóveda subterránea que ya era hogar y testimonio, la Vigía aceptó el inicio de una nueva era. Sabía que el camino hacia la paz no había concluido, que la tarea de reconciliar lo irreconciliable apenas nacía entre los escombros del combate y los temores aún latentes. Sabía, también, que cada superviviente habría de aprender a aceptar la herida y el don de convivir.

Mientras Ishkar y el resto del mundo recibían las aguas restablecidas y los cielos se teñían otra vez de vivos colores, en algún rincón del Refugio resucitado, una ventana tallada en piedra abierta a la esperanza prometía a todos, humanos y criaturas mágicas por igual, que la frontera sólo es real mientras se le tema.

Y, sobre todo, esa noche yacen semillas de un Pacto no fundado en la fuerza, sino en el entendimiento y la memoria. El Guardián, de vuelta en la tierra y las leyendas, velaba desde las orillas del sueño mientras Erya abrazaba, al fin, su propio papel: la de tejedora de heridas y vigilante de la paz siempre frágil. En el aire palpitaba todavía la promesa: que el futuro sería distinto, aunque costara una vida entera construirlo, aunque cada paso exigiera memoria, empatía y valor para no repetir la condena dormida en las cenizas del miedo.

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