Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
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Portada del relato La ciudad de los espejos
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Fragmento:


En la sala central, circular y vasta como todas las cosas que han sido eternamente pensadas, una figura se desliza. A veces es hombre, a veces mujer, por momentos un monstruo o una sombra. Es Ariadna y es Teseo, es el Minotauro y también la madeja de hilo. Los mitos, como los ríos, nunca desembocan en el mar de la realidad, pero sí dejan en sus riberas el limo fértil de las historias. Esa figura central narra, y toda la eternidad escucha. No narra para enseñar, sino para engañar y seducir, para que los que buscan la verdad se pierdan entre las vetas de la fábula.

Duración: 04:19

La ciudad de los espejos
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En algún recodo secreto del impenetrable país del tiempo –ese reino inmaterial e inextinguible al que vulgarmente llamamos pasado– subsiste un palacio. No lo edificaron hombres, aunque alguna vez los pies humanos hollaron sus salas; no lo habitaron nunca dioses, sino que fue trazado por su nostalgia. Es un palacio que sólo existe en la memoria y, paradójicamente, sólo accede a él quien ignora que sueña. En la confusión de la vigilia, los sabios lo han denominado de muchos modos: la Mansión de las Preguntas, el Hogar de la Primera Sombra, la Casa de la Serpiente Ciega.

Aquel que penetra en este palacio encuentra habitaciones innumerables, dispuestas en un orden que es variable y secreto. Los corredores, cubiertos por tapices bordados con luchas de dioses y de hombres, se entrecruzan como los destinos. En las paredes cuelgan espejos velados, donde a veces se insinúa un parpadeo fugaz, un movimiento que no corresponde a ninguna figura conocida. En lo alto, la bóveda nunca es la misma: unas veces, parece transparente y deja ver glorias solares; otras, se cierra opaca y resuena hueca, como susurrando antiguas palabras olvidadas.

En la sala central, circular y vasta como todas las cosas que han sido eternamente pensadas, una figura se desliza. A veces es hombre, a veces mujer, por momentos un monstruo o una sombra. Es Ariadna y es Teseo, es el Minotauro y también la madeja de hilo. Los mitos, como los ríos, nunca desembocan en el mar de la realidad, pero sí dejan en sus riberas el limo fértil de las historias. Esa figura central narra, y toda la eternidad escucha. No narra para enseñar, sino para engañar y seducir, para que los que buscan la verdad se pierdan entre las vetas de la fábula.

Un visitante cruza el umbral. No sabe si ha muerto, si duerme, si aún respira en el mundo gris de los días. La estancia respira a su vez. El visitante busca a los dioses. Los espera de oro, de voz profunda y mirada infinita, como le enseñaron los carniceros de las palabras. Mas sólo hay silencio. Cuando al fin una voz le habla, resuena como un viento entre galerías: "Has venido buscando lo que muchos buscan y pocos hallan: el sentido de los mitos. Pero en este palacio, los mitos no son llaves, sino puertas cerradas. Cada historia encierra otra, que a su vez encierra otra, y así hasta perderse en el laberinto del sentido."

El visitante recorre pasillos. Descubre a un dios, mas es un dios menor, furtivo, apenas un eco. Todos los dioses aquí se saben inventados; alguno intenta todavía recordar quién lo soñó. Una diosa, de tan hermosa que es apenas perceptible, extiende una mano, pero su dedo es sable y serpiente. El visitante comprende que los mitos han sido hechos para desfilar en la penumbra del deseo, para encender en los hombres un anhelo exento de cumplimiento.

Frente a un espejo, el visitante se atreve a preguntar. Pregunta por la razón del sacrificio, el nombre secreto del Minotauro, la verdadera ruta que sigue Orfeo, la palabra que Ulises nunca pronunció. Del otro lado, el espejo responde no con frases, sino con imágenes fugaces: una pareja que se desliza en la penumbra, una copa derramada, manos que se buscan y nunca se encuentran, una ciudad de mil puertas que se levanta al amanecer y se derrumba al mediodía.

Entonces el visitante comprende que el palacio está construido con todos los deseos incumplidos, con todas las traiciones y todos los júbilos nunca consumados de los dioses y los hombres. Aquí, en este laberinto supremo, las historias se entretejen y bifurcan; cada puerta abierta revela no la salida, sino otra pregunta, otro cuarto, como el eterno regreso de los sueños.

El visitante descansa. No hallará respuestas, porque las respuestas serían el fin del palacio. Sabe, sin embargo, que al despertar portará consigo un hilo tenue, invisible quizás, pero real, que une todo lo soñado, lo perdido, lo adivinado. Al salir, acaso, al volver a la mañana liminar de los hombres, olvidará el palacio. Pero toda su vida, en un gesto, en una palabra, en una mirada en la que se crucen todos los espejos, sabrá que ha caminado por la casa de los mitos, que ha confundido la realidad y el deseo en una sola y temblorosa historia interminable.

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