Fragmento:
Al abrirse paso por el sendero, el mundo pareció desvanecerse y todo se condensó en un único instante de vacío: allí, donde no existía ni el día ni la noche, sino unos ojos brillando entre la bruma. Era Eira, la señora de la niebla, hija de un dios usurpador y del odio de las antiguas deidades. Su forma era a la vez humana y monstruosa, belleza cegadora y amenaza oculta, y su voz era canto y trueno.
Duración: 05:32
En el inicio de todo, cuando los árboles aún susurraban los nombres de los dioses muertos y la luna temblaba en un cielo recién nacido, los hombres vivían en el borde del miedo y del asombro. El mundo era joven y viejo a la vez, y las fronteras estaban marcadas no por la sangre ni por la piedra, sino por la voluntad caprichosa de aquellos que caminaban entre las sombras y los rayos del sol: criaturas que fueron dioses y se volvieron mito, bestias engendradas de los sueños y los terrores que nunca han dejado de poblar la tierra.
En el corazón de la espesura dormía la villa de Fergen, arrullada por el ulular del viento y vigilada por los ojos inexorables de los cuervos posados sobre las ramas más altas. Los hombres de Fergen conocían el precio de la ignorancia, por eso apartaban la vista cuando el crepúsculo llenaba el bosque de colores imposibles y de promesas susurradas. Sabían que la hiedra que trepaba la empalizada no era sólo planta, sino un brazo fugaz de algo que anhelaba el calor, el sabor, la carne.
La noche en que comenzó esta historia, Gerd, hijo de Frida, estaba bebiendo en silencio junto al fuego de la taberna, mientras la lluvia golpeaba lenta y triste el techo de paja. Su mano, rugosa y torpe, recorrió la empuñadura del hacha: no era temor lo que sentía, sino la tensión del cazador. Porque esa noche nadie en la aldea podía dormir; todos sabían que la niebla había regresado, esa niebla espesa y pálida que enroscaba el bosque durante generaciones, devorando a quien se atrevía a vadearla: niebla de dientes y garras, promesa de locura o fortuna irrevocable.
Un cuervo, solo pero como engendro de todos los demás, cruzó la puerta abierta y se posó sobre la mesa. Fijó su ojo muerto en Gerd, y el hombre, sin temblar, supo que debía seguirlo. Era el momento pactado entre los antiguos códigos y el deseo. Con el paso de siglos fundidos bajo la piel, tomó su hacha y avanzó tras el emisario, perdiéndose entre sombras que no obedecían la forma ni el tiempo.
Toda la villa, petrificada por un antiguo mandato, observó cómo Gerd desaparecía en la espesura, y tembló el aroma del miedo, mientras la niebla devoraba la luna. Avanzó sin mirar atrás; aunque la voz de su madre, enterrada pero viva en su corazón, le susurraba los cuentos de la infancia, advirtiéndole del destino de quienes escuchan el llamado de las aves.
Al abrirse paso por el sendero, el mundo pareció desvanecerse y todo se condensó en un único instante de vacío: allí, donde no existía ni el día ni la noche, sino unos ojos brillando entre la bruma. Era Eira, la señora de la niebla, hija de un dios usurpador y del odio de las antiguas deidades. Su forma era a la vez humana y monstruosa, belleza cegadora y amenaza oculta, y su voz era canto y trueno.
—Has venido, hijo de la carne —dijo la figura—. La deuda debe pagarse.
El cuervo graznó, ciego testigo de su destino. Gerd tragó saliva, sintiendo su vida como una moneda lanzada al aire. Sabía las leyendas: cuando la niebla reclamaba a un guerrero, podía otorgar tres dones o llevar tres maldiciones. ¿Cuál preferirías, lector, enfrentar sabiendo que cada don llevaba consigo una condena silente?
Eira se acercó, y Gerd no apartó la mirada. La diosa sonrió, reluciendo los colmillos.
—Vida prolongada, fuerza sobrehumana o sabiduría de los lobos. Ése es mi tributo y mi burla.
Gerd pensó en los hombres que volvían con cuerpos irrompibles pero mentes desgarradas; en el viejo que vivió cien años viendo a todos los suyos caer, devorado de soledad. La sabiduría de los lobos, decían, volvía a los hombres crueles, incapaces de volver al abrazo humano. Y sin embargo, la esperanza desbordaba sus venas como veneno.
—Dame tu tercer don —susurró—, y hazlo sin misericordia, porque la compasión es una mentira en la boca de los dioses.
El viento cortó el aire y la niebla se tornó sólida. Eira le tocó la frente y los ojos de Gerd se abrieron ante todos los secretos enterrados en el bosque: vio los rituales bajo la primera luna, la sangre vertida para apaciguar a los hambrientos; vio el pacto sellado con la muerte y la promesa de un fin inevitable. Vio a su madre llorar bajo la tierra, incapaz de rescatarlo, y sintió la risa de los cuervos —ni viva ni muerta, ni burla ni lamento, sino condena pura.
Al volver a la aldea, Gerd era otro. Hablaba poco y reía menos. Algunos decían que cazaba bestias imposibles; otros, que negociaba con lo innombrable entre las raíces. Nadie osaba desafiarlo ni compartir su lecho. Su vida, prolongada por la maldición disfrazada de don, se estiró como un invierno impío, y vio nacer y morir demasiadas generaciones.
Cada noche, la niebla venía a buscar a los osados que rondaban la frontera del bosque, y Gerd, solo, comprendió la verdad de la visión: el mito que había creído combatir se alimentaba no de la carne, sino del olvido; no de las víctimas, sino del silencio cómplice de una aldea que, por miedo, ofrecía a uno y enterraba a todos los demás en la rutina y en la resignación.
Así, la niebla sigue rodeando Fergen, y si algún viajero desafía los susurros del bosque, puede que aún vea la sombra de un hombre caminando entre los árboles, seguido siempre por un cuervo de ojos brillantes. No es castigo ni redención. Es la eternidad, tallada en la carne y la memoria; y también la advertencia. Porque los dioses no mueren, sólo duermen, esperando la próxima neblina. Y siempre, alguno de nosotros, terminará abriendo la puerta.
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