Edición limitada de la novela Anatema.
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Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
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Fragmento:


Dídimo, sacerdote retirado del culto de Luna, había perdido su fe y su fortuna por igual, pero mantenía intacta la curiosidad. Lo habían invitado a este banquete con la promesa de conocer secretos más antiguos que el tiempo mismo. Mientras avanzaba entre cuerpos sudorosos y miradas hambrientas, el oro de las lámparas y el incienso embriagador lo envolvían en un aura de delirio latente.

Duración: 03:30

El Banquete de las Sombras
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Aquella noche, el vino sabía a promesa. Bajo el dosel orgiástico de la mansión de Criseida, los dioses caídos y los mortales elevados se mezclaban con idéntico desenfreno. Como viejas costumbres olvidadas, el placer y el deseo eran más antiguos que cualquier ley, y allí cada uno era libre de sepultar sus culpas en la carne y el éxtasis.

Dídimo, sacerdote retirado del culto de Luna, había perdido su fe y su fortuna por igual, pero mantenía intacta la curiosidad. Lo habían invitado a este banquete con la promesa de conocer secretos más antiguos que el tiempo mismo. Mientras avanzaba entre cuerpos sudorosos y miradas hambrientas, el oro de las lámparas y el incienso embriagador lo envolvían en un aura de delirio latente.

Un susurro llegó al oído de Dídimo—sedoso, tentador, como la niebla que se cuela bajo las puertas. Era la anfitriona, Criseida: ojos de ónice, labios como cicatrices en mitad de la guerra. Hablaba de un rito perdido, de una comunión prohibida entre dioses y humanos, ahora posible solo entre quienes se atreven a mirar sin la venda de la moral.

El salón principal parecía latir con cada movimiento. En el centro, sobre la mesa desnuda, los invitados se despojaban de sus ropajes, abandonando también sus nombres. Alguien declamaba versos entre jadeos; otro untaba aceite sobre espaldas marcadas por años y fantasmas. Dídimo no podía apartar la mirada, notando cómo la sombra de Criseida parecía danzar antes que ella, como si su cuerpo real se demorara siempre un suspiro detrás de su propia voluntad.

"La divinidad no es lo que nos han dicho", murmuró Criseida, deslizándose contra la piel de Dídimo. "No es cielo ni relámpago, sino hambre y deleite. Un dios hambriento necesita ofrendas… pero ¿quién es el dios, y quién la presa?" Mientras hablaba, sus dedos dibujaban runas antiguas alrededor del ombligo de Dídimo.

El banquete tomó el cariz de una misa profana. Se derramaron líquidos que no eran solo vino. En los extremos de la mesa, los asistentes fueron atados con guirnaldas y gritos, mientras Criseida conducía la velada con la habilidad de una orquesta de cuerpos. Allí, un filósofo cincuentón lloraba de placer por primera vez desde la muerte de su esposa. Más allá, una joven refinada aprendía a gritar su propio nombre como un acto de liberación.

Dídimo comprendió la pulsación que lo atraía: no era simple lujuria, sino la añoranza de algo más vasto. El rito no era solo carnal, sino cósmico. Tal vez, lo pensó mientras las lenguas y las pieles lo envolvían como una mortaja de vida, la auténtica trascendencia sucedía en ese abismo de deseo compartido, donde la identidad fluía y se deshacía en la comunión de los cuerpos.

Entre juegos de sombras y reflejos, Criseida se alzó sobre él, coronada de sudor y delirio. La suya era una divinidad pagana, despiadada y dulce. "La eternidad no nos está prohibida, Dídimo. Solo nos han enseñado a temerla". Selló sus palabras besando no la boca, sino el tercer ojo invisible al centro de su frente.

En esa noche sin luna, cuando todos los pecados quedaron olvidados y todos los nombres quedaron sin dueño, Dídimo y los demás comulgaron por fin con esa deidad secreta: el deseo. Lo encontraron más real, ebrio y urgente que cualquier dogma. Cuando los primeros rayos del amanecer se colaron entre cortinas ajadas, no quedaron promesas, solo cuerpos exhaustos y la íntima certeza de haber sobrevivido a una noche donde la mitología se hizo carne… y la carne, al fin, leyenda.

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