De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Edición limitada de la novela Anatema.
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Portada del relato El jardín de los dioses dormidos
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Fragmento:


De todos los dioses era Helios el más orgulloso de ver sus rayos besar la frente de la reina Medea. Ella, hechicera y mortal, llevaba en sus venas la sangre de antiguos titanes. Helios bajaba al mundo de los hombres, la visitaba a la hora de la siesta, cuando el calor denso del Mediterráneo colgaba inmóvil sobre los viñedos. Traía para ella racimos de uvas musgosas y palabras que prometían más fuego que el estío. Pero Medea conocía la flaqueza de los dioses, su impaciencia, su capricho. Le dejaba hablar, reír, tocarle la mano, pero cerraba su alma como se cierran las puertas de una celda que retiene un tigre dorado.

Duración: 04:32

El jardín de los dioses dormidos
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En cierta época que el recuerdo de los hombres ha ido desfigurando como una pieza de marfil desgastada por el tiempo, los dioses no habitaban aún el desván polvoriento del mito, sino que respiraban el aire de la creación y se mezclaban entre nosotros como mortales disfrazados. El mundo estaba lleno de prodigios, pero también de oscuras pasiones; el amor, el odio y el anhelo ardían con la misma intensidad tanto en los seres de carne como en aquellos forjados de nube y trueno.

De todos los dioses era Helios el más orgulloso de ver sus rayos besar la frente de la reina Medea. Ella, hechicera y mortal, llevaba en sus venas la sangre de antiguos titanes. Helios bajaba al mundo de los hombres, la visitaba a la hora de la siesta, cuando el calor denso del Mediterráneo colgaba inmóvil sobre los viñedos. Traía para ella racimos de uvas musgosas y palabras que prometían más fuego que el estío. Pero Medea conocía la flaqueza de los dioses, su impaciencia, su capricho. Le dejaba hablar, reír, tocarle la mano, pero cerraba su alma como se cierran las puertas de una celda que retiene un tigre dorado.

Una tarde, mientras la risa de Helios se fundía con la brisa, bajó Hécate desde el oscuro confín donde las sombras preparan sus ungüentos y oráculos. Caminó por las calles de la ciudad sin que nadie pudiera verle el rostro, y en la plaza donde las viejas intercambiaban chácharas y pimientos, detuvo sus sandalias ante Medea. Solo las dos se reconocieron en el océano de mortales. Hécate habló al oído de la reina: “Nada de lo que brilla es duradero; todo lo que arde busca su extinción”. Y Medea supo, desde entonces, que el amor que crecía bajo la pupila solar venía también con el germen de su ruina.

Los dioses, cuando se hacen hombres, traen consigo la crueldad de quien no teme a la muerte. Helios, al saberse rechazado por Medea, la maldijo con un beso: “Que conozcas el ardor del deseo eterno y nunca más la paz”. Así Medea fue dueña de la sed infinita. Desde aquel día, buscó placer en cuerpos que no llenaban su pecho, en promesas que no acallaban su fiebre, y en la noche, bajo la luna, invocaba nombres que se desvanecían como humo.

En un banquete ofrecido en la casa de un mercader griego, Medea bebió más vino del necesario. A su lado estaba Jasón, el forastero que pretendía la fama de héroe y la gloria de las conquistas imposibles. El sudor perlaba las sienes de Jasón mientras la miraba, olvidando los peligros y recordando solo la generosa curva de sus labios. Ambos bebieron el vino espeso, y esa noche Helena, la de las mil disputas futuras, bailó descalza sobre la mesa mientras todos olvidaban sus propios nombres.

El vino, aquel vino traído del país de Dionisio, estaba mezclado con lágrimas de dríades, y causaba sueños profundos donde se confundían las fronteras de lo real y lo deseado. Medea y Jasón compartieron ese trance: soñaron con campos donde el trigo hablaba, con serpientes que enseñaban la lengua del deseo, con animales de mirada humana y dioses embriagados en sus propias fantasías. Cuando el alba los separó, ya cada uno era menos él mismo y más aquello que el vino, los dioses y el destino habían mezclado en su carne.

Los enredos de los hombres atraen a los dioses, y viceversa. Zeus, observando desde su morada, lanzó sobre Jasón el peso de la duda y sobre Medea, el anhelo mortal del olvido. Pero los mortales tienen la capacidad de resistir incluso a las deidades y seguir buscando, aún a costa de sus cuerpos y almas, aquello que no han de encontrar jamás: la satisfacción de todos los apetitos, la Gracia detrás del placer fugaz.

Así se enredaron, durante lunas y cosechas, estos dos amantes: con hechizos, traiciones y un hambre que se tragaba las noches. Medea, bajo la tutela oscura de Hécate, aprendió los misterios de la carne y la muerte, experimentando el límite de lo permitido y lo prohibido. Jasón, por limpiar su conciencia, se justificó en glorias y promesas que rara vez cumplió. Se desposaron y viajaron juntos entre islas y columnas de humo, siempre buscando, siempre huyendo.

En el lecho de Medea cabían los secretos de los dioses y el sudor de los mortales: ningún placer bastaba, ninguna herida cicatrizaba del todo. Jasón se volvió sombra de si mismo y Medea, quebrada, se transformó en bruja temida. Pero los dioses estaban lejos ya, indiferentes, y solo las estrellas veían su dolor. El propio Helios, con el tiempo, dejó que el recuerdo de Medea se volviese ceniza, mientras una nueva reina ocupaba su pupila.

Es el destino de los hombres, y también de los dioses: arden, poseen, destruyen, y finalmente olvidan. Pero hay relatos que el vino y la pasión no dejan morir, y Medea, convertida en eco y advertencia, sigue susurrando en las noches calurosas, cuando los deseos despiertan y los dioses bajan –con sus antiguas heridas a cuestas– al mundo que un día fue suyo y ahora les está vedado. Bajo las cenizas, a veces, aún late aquel corazón.

De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)

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