Fragmento:
Había una mujer, Noor, cuya edad podía ser treinta o trescientas treinta: llevaba en la piel la cartografía de las derrotas y en los ojos el reflejo de todas las noches en que no había dormido. Cada noche, antes de acostarse, escuchaba el rumor constante, el arrastre como de algo portentoso replegándose en la sombra bajo las tablas de su cama. No le temía—¿qué era el miedo, sino otra forma de compañía?—y a veces le hablaba, vocecitas ahogadas en alcohol y ausencias: “Hoy he tenido ganas de quedarme para siempre en la bañera”, “Hoy he pensado que este mundo es embudo y yo la gota que no quiere pasar”.
Duración: 04:17
En la ciudad de los días exhaustos, donde las bombillas parpadean como párpados febriles y el asfalto absorbe más de lo que devuelve, vive gente con los ojos demasiado abiertos y las historias demasiado calladas. Allí, entre trenes que nunca pasan a tiempo y ceniceros llenos de abandono, hay un saber ancestral que se transmite como un resfriado: bajo cada cama yace un ser que es más que miedo infantil, es una memoria, un remanente, un dios caído al que nadie reza ya.
No se trata del monstruo peludo y baboso de los cuentos, ni del espectro blanco que flota con cadenas. El ser bajo la cama es maleable como el humo de los sueños, y su naturaleza varía según el estado del corazón que duerme arriba. Para los solitarios, es compañero fiel y cruel; para los amantes, espejo de contiendas que ni la carne puede sanar; para los huérfanos del presente, un eco de los padres nunca conocidos o de brazos extraviados. Su nombre verdadero nadie lo pronuncia, pues cambiaría en cada boca, y hacerlo sería invocarlo a la vida plena.
Había una mujer, Noor, cuya edad podía ser treinta o trescientas treinta: llevaba en la piel la cartografía de las derrotas y en los ojos el reflejo de todas las noches en que no había dormido. Cada noche, antes de acostarse, escuchaba el rumor constante, el arrastre como de algo portentoso replegándose en la sombra bajo las tablas de su cama. No le temía—¿qué era el miedo, sino otra forma de compañía?—y a veces le hablaba, vocecitas ahogadas en alcohol y ausencias: “Hoy he tenido ganas de quedarme para siempre en la bañera”, “Hoy he pensado que este mundo es embudo y yo la gota que no quiere pasar”.
El ser respondía en sueños; a veces con historias ajenas, fragmentos de otras vidas y ciudades más viejas aún, a veces con un peso en el colchón o un escalofrío en la columna. Era un intercambio justo: ella le entregaba el peso de los días, y él, a cambio, se alimentaba de todo aquello que no podía decir en voz alta. A veces—muy rara vez—emergía una mano fina y larguirucha, apenas visible en la penumbra, que acariciaba sus pies, recordándole que el consuelo puede ser también un filo.
En las calles sonaban los tambores de la desilusión, y la ciudad dormía inquieta. Pero bajo las camas, los seres se multiplicaban. No era solo Noor quien tenía un parásito de sombra; también Arjun, el poeta del puesto de chai; Simón, cuya vida entera había sido un continuo abrir y cerrar de portazos; la vieja Rashida, que guardaba los retratos boca abajo; la adolescente Ananya, que prefería imaginarse con alas. Para cada uno, el ser era distinto: un refugio, una amenaza, un juez, un simple testigo del naufragio diario. Y para todos, sin excepción, era imposible de desplazar, por más que barrieran, cambiaran de casa o hicieran el amor encima de mil sábanas nuevas.
“No hay modo de huir de aquello que se sabe tuyo”, susurraba el ser en lenguas que solo entienden los corazones rotos. Algunos intentaron exorcizarlo con música fuerte, sexo ocasional, viajes sin regreso. Pero siempre volvía. Porque el ser bajo la cama se alimenta de lo no dicho, de lo postergado; crece con la cobardía cotidiana, prospera en el silencio apretado entre dientes.
Una noche, Noor decidió deslizarse bajo la cama para mirarlo de frente. No encontró monstruo, ni bestia, ni siquiera un simulacro de humanidad. Vio, en cambio, el reflejo invertido de sí misma: todos los mensajes no enviados, las lágrimas ocultas, los adioses hechos con la cabeza baja. El ser la miraba, idéntico y distinto, y en su boca crecía una sonrisa compasiva.
“No puedes matarme, pero puedes aceptarme”, dijo. “Soy la suma de tus sombras, y también la llave para que recuerdes lo que has querido olvidar”.
Noor volvió a subirse a la cama. Esa noche durmió profundo, y en sueños danzó con su sombra: ardieron juntas en un incendio sin llamas, y al despertar, la ciudad era la misma, la cama igual de dura, y el ser seguía allí, fiel y discreto.
Porque en la ciudad de los días exhaustos, nadie está verdaderamente solo: bajo cada cama, el linaje de los desposeídos murmura, ofreciéndonos la compañía más sincera—esa que nos obliga a mirarnos y, finalmente, a aceptarnos.
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