Fragmento:
La cuarta noche, el teléfono fijo —al que nadie llamaba— comenzó a sonar. Al levantar, una voz siseó desde la estática, no un saludo, sino algo mucho peor: un eco idéntico a su propia respiración, solo que colocado del otro lado de la línea. Marta colgó en seco y dejó el auricular fuera de la base. La llamada se repitió, luego de veinte minutos, aunque el cable colgaba desconectado por completo. No volvió a contestar, pero la voz pareció enterrarse bajo la piel, susurrando una pregunta en un idioma bruto, inexacto, como el murmullo de los insectos entre las paredes cuando llega el invierno.
Duración: 05:15
Era una casa angosta, apretujada entre bloques de edificios grises, tan estrecha que apenas cabían dos personas de perfil por el pasillo. Cuando Marta la encontró, buscaba exactamente eso: una caja cerrada donde la ciudad se colara sólo con la luz, no con el ruido. Desde la primera tarde, se enamoró de los sonidos que vibraban en el aire: el crujido exclusivo de la casa, el roce lejano de pasos en las escaleras, el silbido obstinado del viento entre rendijas. Pero a los pocos días, los sonidos se volvieron acertijos. Algo en las palabras no dichas de los ecos empezó a poner sus nervios en carne viva.
Había una escalera de madera, casi negra, que subía retorcida al piso superior donde Marta tenía el dormitorio. La luz del amanecer apenas lograba escurrirse allí, como si el tiempo fuera más lento en esas tablas semipodridas. Varias noches escuchó, entre sueños, pasos detenidos justo en el descanso de la escalera. No como si subieran o bajaran, sino como si esperaran. No se atrevió a levantarse. Una madrugada intentó convencerse de que era el vecino, aunque solo ella tenía acceso a esa entrada. Contó mentalmente los peldaños cada noche, sumando los chirridos nuevos, convencida de que la madera aprendía su ritmo.
La cuarta noche, el teléfono fijo —al que nadie llamaba— comenzó a sonar. Al levantar, una voz siseó desde la estática, no un saludo, sino algo mucho peor: un eco idéntico a su propia respiración, solo que colocado del otro lado de la línea. Marta colgó en seco y dejó el auricular fuera de la base. La llamada se repitió, luego de veinte minutos, aunque el cable colgaba desconectado por completo. No volvió a contestar, pero la voz pareció enterrarse bajo la piel, susurrando una pregunta en un idioma bruto, inexacto, como el murmullo de los insectos entre las paredes cuando llega el invierno.
La casa ocultaba más que sonidos. Una tarde, tras la lluvia, Marta percibió un olor tibio, acre, proveniente del sótano. La puerta ahí siempre había estado cerrada y pesada, como si nadie hubiera bajado en décadas. Pero ese día, apareció entreabierta. Bajó con una linterna, obligándose a controlar pensamientos, repitiéndose que sólo buscaba una causa lógica. Cada peldaño crujía como un gemido apagado; bajó hasta toparse con una telaraña espesa —y debajo de eso, una docena de retratos colgados en las paredes de ladrillo. Eran fotos antiguas, años 60, en tonos sepia podridos. En cada una de ellas, una mujer de espaldas a la cámara, siempre cerca de una escalera.
Cuanto más tiempo pasaba Marta en la casa, más segura estaba de que alguien la observaba cuando no miraba directamente. Por las noches, la temperatura descendía hasta hacerle tiritar los huesos, aunque el resto del departamento permanecía cálido. Los pasos en la escalera regresaban, insistentes, y una presencia pesada junto a la cama le dificultaba el sueño. Una madrugada despertó con la certeza brutal de que había una sombra acuclillada en la esquina, apenas visible, como si esperara algo de ella. Al encender la luz, no había nada, pero el aire olía a óxido y humedad de sótano.
Desesperada, decidió investigar el archivo municipal sobre la propiedad. La bibliotecaria encontró, tras mucho buscar, un recorte de periódico de 1973. Una mujer llamada Laura Barreiro había desaparecido en esa misma casa; su familia reclamó no sólo que la buscaran, sino que se investigara al esposo, quien juraba que ella simplemente “se había esfumado, una noche, al subir las escaleras.” No se volvió a saber nada. Otros vecinos reportaron ver una figura femenina en las ventanas durante años, pero nunca pudieron probar nada.
Marta, con la racionalidad quebrada y el coraje malherido, enfrentó a la casa la siguiente noche. Sentada frente a la escalera, esperó. Los pasos comenzaron tras la medianoche, lentos, deliberados, hasta detenerse frente a ella. La temperatura se desplomó. El aire se arremolinó en torno al último peldaño. Una silueta de falda vieja, sin rostro visible, pareció formarse entre la penumbra y la pared.
—¿Qué necesitas de mí? —preguntó, la garganta áspera por el miedo.
El silencio fue absoluto. Durante segundos nada —y entonces, desde la sombra, llegó una voz idéntica a la suya, monótona y quebrada: “Mírame.”
El sonido crujió en las tablas. Marta sintió un tirón detrás de los ojos, como si los recuerdos ajenos intentaran mezclarse con los suyos. Vio destellos de otra vida: una noche, la escalera, una presión en la espalda, un grito ahogado. El reflejo de sus propios ojos atrapados en otro cuerpo.
Todo volvió a quedar oscuro. Marta ya no supo cuánto tiempo pasó hasta que amaneció. Cuando al fin recobró conciencia, estaba en el descanso de la escalera, los pies ligeramente suspendidos sobre el último peldaño, justo como en las fotos antiguas. El frío ya se había marchado, pero una sensación imposible de soledad le mordía el pecho.
Desde ese día, los vecinos dicen que ya no escuchan ruidos extraños en la casa. Excepto, a veces, unos pasos suaves por la escalera, vacilantes, como el eco de alguien que aún busca ser visto.
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