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Fragmento:


La rectora anterior, la señora McKenna, había dejado instrucciones estrictas: “No se entre al estudio después del crepúsculo. Si oye algo, váyase. Si ve la lámpara encendida, ciérrela sin mirar.” Alison, práctica, había seguido las reglas más por costumbre que por temor. Ahora, una gota fría le bajó por la espalda mientras veía, bajo la rendija de la puerta, el temblor color ámbar de la lámpara encendida.

Duración: 04:15

A través del follaje oscuro
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La niebla había bajado tan espesa esa tarde que parecía que la vieja rectoría flotaba sin cimientos, un islote empapado en el corazón de Irlanda. Alison llevaba apenas tres semanas en su nuevo puesto como administradora, y todavía no se acostumbraba a los murmullos que el viento les robaba a las piedras, ni a los parpadeos de luz tras los cristales. La casa era un laberinto y, aunque lo sabía bien, esa noche, mientras recorría el pasillo central buscando el origen de un lamento apenas audible, dudó si era ella la que cruzaba entre muros o si los muros la estaban absorbiendo.

Afuera, el jardín se movía como si respirara, y dentro, la casa olía a humedad y cosas que recordaban más de lo que las personas eran capaces de olvidar. Alison caminó descalza, porque le habían dicho que los pasos duros despertaban ecos; y aunque no creía en fantasmas, prefería ser la dueña de sus propios silencios. Atravesó la galería, y la voz —un susurro trémulo, lejano, imposible— repitió su nombre. Se detuvo, el alma contenida en la boca: nunca había contado a nadie su segundo nombre, y sin embargo “Josephine”, sonó claro desde detrás de la puerta del estudio.

La rectora anterior, la señora McKenna, había dejado instrucciones estrictas: “No se entre al estudio después del crepúsculo. Si oye algo, váyase. Si ve la lámpara encendida, ciérrela sin mirar.” Alison, práctica, había seguido las reglas más por costumbre que por temor. Ahora, una gota fría le bajó por la espalda mientras veía, bajo la rendija de la puerta, el temblor color ámbar de la lámpara encendida.

Avanzó, casi pese a sí misma. Abrió despacio la puerta y la habitación la recibió envuelta en un olor denso, dulce, como libros mojados en brandy. Entre sombras, distinguió la forma de un hombre sentado a la mesa, con las manos cruzadas y la cabeza ladeada, como si vigilara, como si esperara. No había aire, no había relojes; el tiempo parecía haberse disuelto ahí dentro.

—¿Por qué vienes siempre sola? —preguntó la forma, sin levantar la cabeza—. No tienes frío y sin embargo tiemblas.

Alison tragó saliva, buscando una respuesta lógica, alguna racionalidad a la que asirse. Dijo su propio nombre firme y claro, como se hace en los sueños peligrosos. El hombre alzó la cara. Tenía ojos viejos, de un color indescriptible, y una sonrisa triste.

—No deberías estar aquí —susurró—. Nadie debería. Pero vuelven todos, siempre vuelven.

Sintió, más que vio, que algo detrás de ella vibraba; las paredes temblaron, como si golpearan un tambor en el subsuelo. —¿Qué quiere? —preguntó ella, la voz tensa por el temor y la curiosidad maciza—. ¿Por qué mi nombre?

El hombre se levantó. Caminó hacia la biblioteca donde un retrato enmohecido colgaba torcido. La pintura mostraba una familia: hombre, mujer, una niña de pelo rizado. La fecha, escrita con tinta resquebrajada, era de 1872. La niña se parecía, de forma delirante, a ella.

El hombre se detuvo bajo el retrato y le tendió una mano. Sus uñas parecían ramas, la piel era translucida como pergamino de misa.

—No hay paz aquí —dijo—. Solo espera. Ellos están en la niebla y no dejan ir a nadie que lleve su sangre. Diles que nunca miren a los ojos de la niña del cuadro si la ven moverse.

La lámpara titiló y, tras un chasquido, la habitación se precipitó en la penumbra más cerrada. Detrás de ella, sintió dedos fríos en la nuca. Se dio la vuelta. El aire era espeso, como si respirara entre dos aguas.

—No he hecho nada —musitó.

La respuesta fue un murmullo, una corriente que la empujó, que la sacó —no sabe cómo— fuera del estudio, fuera de la casa, al jardín empapado, donde la niebla ya se deshacía y las piedras parecían dormir nuevamente. Detrás de las ventanas de la rectoría, en el reflejo fugaz del cristal, vio a la niña. Ella misma, pero con los ojos vacíos y los labios moviéndose sin sonido.

Desde esa noche, nadie volvió a entrar al estudio después del crepúsculo. Y algunas noches, en el jardín, Alison supo que la llamaban por un nombre que era y no era el suyo, desde una casa donde la espera era la maldición más antigua de todas.

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