Fragmento:
La noche en que llegué —llamado más por la petición desesperada de un viejo camarada que por inclinación personal hacia las veleidades del ocultismo—, la niebla hacía vigilia en el jardín, y un penetrante olor a tierra mojada ceñía mi entrada como un amuleto adverso. Me recibió el propio Benjamin Langley, un hombre demacrado, con la mirada brillando como quien lleva demasiado tiempo contemplando el abismo.
Duración: 06:02
Se cuenta en la región del Dorsey, donde las tierras onduladas se tornan en páramos y las antiguas haciendas permanecen testarudas frente al tiempo, que ninguna historia ocurre sin causa ni testigo. De todas las propiedades, ninguna tan cargada de susurros y secretos como la mansión Langley. Era un armatoste barroco levantado, decían, sobre los sótanos ruinosos de una abadía extinta. Su arquitectura desafiaba todo gusto moderno; profundas cornisas, ventanales góticos y, lo más inquietante, una torre de reloj que nunca señalaba la hora correcta.
La noche en que llegué —llamado más por la petición desesperada de un viejo camarada que por inclinación personal hacia las veleidades del ocultismo—, la niebla hacía vigilia en el jardín, y un penetrante olor a tierra mojada ceñía mi entrada como un amuleto adverso. Me recibió el propio Benjamin Langley, un hombre demacrado, con la mirada brillando como quien lleva demasiado tiempo contemplando el abismo.
—Me alegra que hayas venido, Morgan,— murmuró, su saludo más inquietante en su cordialidad, como cuando uno encuentra alivio en el desastre compartido. —Hace tres noches que escuchamos los pasos. Escaleras arriba. Seguidos del tañido... ese tañido imposible del reloj, ya sabes.
En la cena sólo fuimos tres: Benjamin, su esposa Clara, una dama que, aún en la penumbra, caminaba con el peso del insomnio, y yo. Casi no se habló. Las cucharas circulaban como marionetas de un rito antiguo, y sólo la tormenta osó alzar la voz contra la tensión acumulada en los candelabros.
A media noche, cuando la brasa del vaso de brandy apenas alumbraba la habitación que me asignaron, lo escuché: pasos, realmente, pasos ligeros y, al mismo tiempo, firmes. Como si alguien muy joven y muy antiguo anduviera descalzo sobre las tablas pulidas del corredor. Sin ventana abierta al ventarrón, la temperatura cayó súbitamente. De pronto, la campana del reloj de la torre: un solo golpe, profundo, como un latido en tumba vacía. Revisé mi reloj de bolsillo. Eran las 3:06. Esa hora nunca resulta confortable cuando se habla de presencias.
El segundo golpe, apenas más leve, coincidió con la sombra que se deslizó bajo la puerta. No era luz, ni reflejo de la tormenta: era ausencia, un corte negro allí donde la razón flaquea. Salí al pasillo con el candelabro, la vela temblando como si susurrase nombres. Al fondo se alzaba la gran vidriera que daba al jardín. Frente a ella, silueta perfilada por la pálida luz nocturna, una figura: el vestido antiguo, el cabello recogido en un moño severo. No podía ser Clara.
Me acerqué despacio, el suelo crujió bajo las alfombras. Un aroma dulzón, casi floral, me rodeó. Estaba seguro: debía llamarla, preguntarle qué hacía despierta. La palabra murió en mi lengua cuando noté que los pies de la mujer no tocaban el suelo.
La imagen giró la cabeza hacia mí. Lo que vi sólo puede describirse como hermoso y terrible: los ojos grandes, opacos, como perlas sumergidas siglos en agua estancada. Sonrió con una mueca que no cambió ni un músculo más que los labios.
—No es tu hora, Morgan,— dijo con un susurro que conocía mi nombre y mis culpas.
Retrocedí. Tropecé. El candelabro cayó, rodó. En el instante en que la vela saltó, la silueta se desvaneció. Un portazo sordo retumbó en los cimientos. El reloj de la torre volvió a golpear, una, dos, tres veces. Benjamin y Clara salieron corriendo de sus habitaciones. No pronunciamos palabra alguna. Bastaba mirarnos. Cada uno había visto lo mismo.
Al día siguiente, Benjamin me condujo al despacho. Bajo docenas de libros y papeles amarillentos, me mostró un retrato: la misma mujer de la noche anterior. Datado de 1834: Abigail Langley. “Murió en el incendio que destruyó la abadía —me explicó—. Desde entonces, cada generación la ha visto. Siempre, justo antes de que ocurra una desgracia.”
Pregunté, más por miedo que por auténtico interés, si había sufrido la familia alguna tragedia reciente. Benjamin me observó largamente, los ojos incrustados en la sombra.
—Mi hermano… Está desaparecido desde hace tres noches. Pensamos, todos pensamos… pero no hay rastro de él, salvo pasos y ese reloj infernal.
Esa noche fui vencido por el cansancio y el miedo; pero cuando el tañido del reloj me despertó de puntillas en el sueño, entendí: la aparición no era advertencia, sino búsqueda. Caminé hacia la torre, armado sólo con la poca razón que me restaba. La escalera subía en espiral, cada peldaño suspendido entre el polvo y la locura. Al llegar arriba, un hedor de encierro me ahogó.
En el rincón, bajo las pesas oxidadas del mecanismo, yacía una figura acurrucada. Era Edward Langley, el hermano perdido, las manos convertidas en garras de tanto golpear el suelo. Frenético, me miró y balbuceó: “No la dejes entrar, no dejes…”
En ese momento el reloj se detuvo con un chirrido mortal. Oímos el vestido arrastrarse por la piedra. Una voz, casi maternal, canturreaba fuera del cubículo.
“Langley, Langley, baja del reloj,
Que el fuego ya espera, que el tiempo pasó.”
Contra todo mi escepticismo y razón, me vi a mí mismo abrazando a Edward, prometiendo no soltarlo. Era eso o permitir que la figura nos tomara en sus brazos helados. Con la primera luz del alba, la voz cesó, y, cuando salimos de la torre, una bandada de cuervos surcaba el cielo, como si cargaran consigo el nombre y los suspiros de Abigail.
Mansión Langley permanece, como una herida oxidada, y cada generación jura que las tragedias terminan cuando se recuerdan. Pero sé —como sólo lo saben los que han visto aquello— que el reloj alguna noche volverá a sonar en la hora imposible, y una sombra buscará compañía.
Así cuentan los moradores de Dorsey que nunca hay paz para quien busca en el pasado lo que el pasado no desea entregar.
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