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Portada del relato La casa del acantilado
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Fragmento:


Las primeras noches, la niebla sólo cubría los ventanales y las jambas, y mis miedos se limitaban a perseguirme en sueños. Pero la tercera noche, mientras examinaba un tomo de poesía metafísica, sentí que la niebla me rodeaba incluso dentro de la biblioteca, deslizándose por entre los anaqueles de madera seca. Aquí comienza verdaderamente mi relato y el abismo que, al recordarlo, aún amenaza con devorarme el juicio.

Duración: 04:20

La casa del acantilado
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Jamás me han gustado las casas solitarias, y menos aún las que se encaraman sobre los huesos erosionados de acantilados que miran al mar, pero la miseria –y la ambición de una nueva vida, tras la pérdida de mi esposa– me llevaron a aceptar el encargo de catalogar la biblioteca personal del difunto doctor Melville, en la villa de Rockgate. Había prometido a la heredera, una fría sobrina llegada de la ciudad, que sólo tardaría dos semanas en la labor, pero mis cálculos no contemplaban ni los caprichos del clima ni la resistencia de las puertas que se cerraban solas al paso de aquella extraña niebla que, al caer la tarde, invadía la casa hasta inundar los más remotos salones como hálito de fauces imaginarias.

Las primeras noches, la niebla sólo cubría los ventanales y las jambas, y mis miedos se limitaban a perseguirme en sueños. Pero la tercera noche, mientras examinaba un tomo de poesía metafísica, sentí que la niebla me rodeaba incluso dentro de la biblioteca, deslizándose por entre los anaqueles de madera seca. Aquí comienza verdaderamente mi relato y el abismo que, al recordarlo, aún amenaza con devorarme el juicio.

La niebla emitía un murmullo, un susurro suave que parecía imitar mis propios pensamientos y distorsionarlos, como si soplara directamente contra las fibras más íntimas de mi conciencia. Rememoraba frases, medias verdades y, cada vez con mayor nitidez artificial, recuerdos que jamás habían sido míos. Aquella noche perdí el hilo del tiempo, y cuando la niebla se retiró a la madrugada, volví en mí acurrucado entre libros esparcidos, sin recordar cómo habían llegado allí.

Intenté racionalizar aquel episodio recurriendo a la fatiga, a la humedad o algún moho insidioso que envenenara el aire. Sin embargo, al consultar el diario del difunto Melville –escondido tras un volumen de Swedenborg– encontré en sus páginas confesiones sorprendentes: “La niebla regresa siempre al caer la noche... Me susurra nombres y secretos que no son de los vivos, y con cada susurro siento menos los límites de mi propio ser.”

A la sexta noche, desperté de un sueño violento y profético a causa de un aullido breve y desgarrado que resonó por el pasillo. Siguiendo el helado rumor de ropas arrastradas, llegué a la galería. Allí, ante los ventanales cubiertos por la albura lechosa, creí ver, oír, la silueta temblorosa de un niño que lloraba pero cuyas palabras formaban la frase más aterradora que escuché nunca: “Recuérdame donde nunca estuvimos.”

Desde entonces, la niebla se hacía cada noche más densa y los susurros más personales, como si conociera mis temores profundos. El aire me parecía envenenado de irrealidad. Imágenes que jamás había contemplado asaltaban mi mente: el rostro agonizante de mi esposa, la promesa incumplida a mi madre moribunda, la risa burlona de un padre que nunca conocí. Comencé a preguntarme si la enfermedad de Melville era alucinación o si la niebla se alimentaba del dolor no dicho, de las fracturas secretas del alma humana, convirtiendo los mismos cimientos de lo real en polvo soplado por las brisas.

Llegó entonces la visita de la sobrina, la joven Judith. Me encontró demacrado y tembloroso, rodeado de velas y libros amontonados a modo de barricada. Me confesó entonces, con la voz apenas audible, que las gentes del lugar se referían a la niebla como “la túnica de Olvido”. Viejas habladurías decían que quienes se exponían a ella sentían cómo la realidad se cuarteaba en jirones, dedicándose desde entonces a errar como souvenirs de sus propias vidas.

Esa noche, desesperado, decidí marcharme. Pero al buscar la puerta, me perdí en pasillos que se multiplicaban como en un sueño oscuro. La niebla me cercó, rozándome la piel, penetrando en mis ojos, en mi nariz, en los recovecos de la memoria. Los susurros se desataron en idioma personalísimo: voces de seres que nunca existieron al lado de gritos de amor, de muerte, de traición, de todo cuanto huimos en el razonado transcurrir de los años.

En el último umbral, me encontré con Melville. No era él, y sin embargo lo era todo. Sonrió con lástima, abrió los brazos –brazos de vapor y de ecos–, y me susurró: “Ahora sabes. La realidad también enferma. La niebla sólo nos muestra la fiebre, la transpiración de heridas y soledades no curadas.” Sentí terror, sí, pero también una turbia paz: entregarse a la irrealidad era un descanso seductor.

Hoy escribo estas palabras desde una paz pestilente, en la villa de Rockgate, donde la niebla, mi única compañía fiel, me enseña que cada noche la realidad se ahueca y perdemos, gota a gota, todo lo que alguna vez pensamos era nuestro. Si encuentran este escrito, huyan de la casa y de la niebla, pues un día les susurrarán su nombre, y al recordarlo, comprenderán que la enfermedad de la realidad es, después de todo, lo que llamamos vivir.

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