La grieta del silencio
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Edición limitada de la novela Anatema.
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Novela romántica Antes del amor
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Portada del relato La mujer que tocaba a la puerta
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Fragmento:


La mañana trajo el bullicio de los pájaros y un aire de normalidad que casi logró engañarla. Inspeccionó la puerta, observó los cerrojos. Nada fuera de lo común, salvo una humedad helada impregnando la manija, como si la hubieran tocado dedos muy fríos. Tomó nota mental de llamar a un cerrajero y, contra su costumbre, quedó el resto del día distraída, revisando viejos documentos en busca de una historia convincente, algo que explicase su ansiedad.

Duración: 06:28

La mujer que tocaba a la puerta
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La primera vez que Emma Stroud vio la casa Underwood, estaba lloviznando con esa indecisión que parece pedirte volver sobre tus propios pasos. La agencia de bienes raíces había insistido mucho: era la oportunidad ideal, una ganga exquisita, sólo requería ciertos arreglos superficiales, cosillas fáciles que no espantarían a una restauradora joven y con energía. Para Emma fue evidente desde la verja oxidada: algo en aquel caserón de fachada desconchada y jardines enmarañados parecía observarla con una mezcla de espera y recelo.

Al principio creyó que era el silencio, tan profundo tras las paredes húmedas, lo que le erizaba la piel. Si se forzaba a racionalizarlo, incluso la campana de viento, rota y sin melodía, era producto del azar y del tiempo. Pero la causante no era ninguna corriente real ni ninguna grieta en los cimientos; después lo habría jurado ante cualquier sensato abogado: la casa la conocía, o eso fingía, como si la hubiera estado aguardando toda una vida.

Las primeras noches transcurrieron limpias de sobresaltos concretos. El suelo crujía como un mar respetuoso; el reloj de base de mármol, heredado con la casa, marcaba las horas con un tañido denso y demorado que parecía pesarle a la noche. A Emma le costaba conciliar el sueño, pero atribuía el insomnio a la excitación de esa nueva vida solitaria, su trabajo de restauradora freelance donde había esperanza de empezar de nuevo.

A las tres de la madrugada, un sábado de marzo, el primer sonido: alguien golpeaba la puerta trasera. Muy despacio, tres golpes de madera antigua, no demasiado fuerte pero inconfundiblemente humanos. Emma no prendió la luz; sentada en la cama, escuchó cómo las pulsaciones se repetían, idénticas, a intervalos precisos, hasta disolverse en el amanecer.

La mañana trajo el bullicio de los pájaros y un aire de normalidad que casi logró engañarla. Inspeccionó la puerta, observó los cerrojos. Nada fuera de lo común, salvo una humedad helada impregnando la manija, como si la hubieran tocado dedos muy fríos. Tomó nota mental de llamar a un cerrajero y, contra su costumbre, quedó el resto del día distraída, revisando viejos documentos en busca de una historia convincente, algo que explicase su ansiedad.

Encontró, enterradas bajo facturas amarillentas y recetas de dulces olvidados, dos hojas escritas a mano. La letra era baja y apretada, líneas que corrían en paralelo como si temieran perderse. Era una carta firmada por “Rose”, fechada en 1923. Hablaba de la “luz gris” que subía por la escalera cada madrugada y de pasos que descendían del desván con una regularidad dolorosa. Rose se quejaba de sueños en los que unas manos invisibles trataban de empujarla fuera, susurrando nombres que no podía recordar al despertar.

Emma sintió que una corriente la atravesaba; tuvo la idea medio absurda de estar encontrando una hermana lejana, alguien que compartía la misma intimidad tensa con las habitaciones vacías. Doblegó la carta y regresó a sus tareas, pero ya nada, ni la luz polvorienta que se filtraba por los visillos ni el sonido de sus herramientas, pudo alejar de su mente el eco de aquellos sueños ajenos.

La segunda noche todo se repitió, sin variaciones: los tres golpes a la misma hora, un silencio tan apretado después que apenas si creía escuchar su propia respiración, y el reloj marcando las horas sin clemencia. Pero esa vez, con una determinación que sólo pueden dar las pesadillas de infancia, Emma cruzó la fría cocina y posó su mano en la manija.

Del otro lado no había viento. Abrió la puerta, y la negritud del jardín apenas permitía distinguir las siluetas retorcidas de las ramas y una niebla que palpaba el suelo. El silencio era distinto, expectante, y Emma retrocedió, cerrando con suavidad. Se sentó en la escalera, el corazón disparado. En ese instante olió rosas marchitas, un perfume imposible en el jardín abandonado de Underwood.

Durante los días siguientes, trató de rastrear a Rose. Entre las polvorientas memorias de la ciudad pequeña pudo hallar, en un registro parroquial, la defunción de Rose Underwood, “fallecida en circunstancias no esclarecidas” en el invierno de 1924. No había nadie que recordara su vida ni su muerte; su nombre era apenas un borrón en los registros.

El fenómeno se intensificaba. Los golpes en la puerta se sumaron al leve arrastrarse de pasos en la biblioteca, al crujir de la silla de la costurera en el desván, y una luz grisácea, tan débil que podía tomarse por un capricho de la luna, surcaba el rellano de la escalera. Emma dejó de dormir. Se sentó a leer la carta de Rose una y otra vez, preguntándose si sería arrastrada por ese mismo cauce sin palabras.

Una madrugada, incapaz de seguir huyendo, Emma subió al desván. Lo había evitado inconscientemente hasta entonces; era el lugar más frío y primitivo de la casa, y sentía, sin saber por qué, una aversión lenta, como si sus pasos traicionaran un secreto. Subió, con las manos heladas, rozando los clavos oxidados y las vigas, hasta hallar el rincón en sombra donde la luz gris parecía agolparse, temblorosa y pequeña.

Allí, medio enterrada bajo un tablón, encontró una segunda carta. Esta vez, entre líneas más temblorosas, Rose narraba un temor final: “ella viene por mí; no quiere que viva aquí. Necesita la casa vacía. Dice que la memoria es peligrosa”. Emma sintió el aire tan espeso como un sueño. De pronto, detrás suyo, los tres golpes sonaron, lentos, contra la tabla del suelo del desván. Se volvió, esperando ver, por fin, a la autora de la carta, o a la espectadora inquieta que había perseguido a Rose y ahora la miraba a ella.

Pero sólo halló su propia sombra, deformada en la pared. Supo que, si respondía a los golpes, quizás podría quedarse para siempre, aferrada a la casa y a su misterio como Rose, viviendo y repitiendo el retablo de los pasos, las cartas y la luz gris.

Aquella mañana, Emma selló las cartas en una caja y las enterró en el jardín antes de la llegada del sol. Abandonó la casa al menos durante una temporada. Nadie volvió a preguntar por Underwood y su historia, porque todo misterio necesita ser elegido, una y otra vez, por quien está a punto de desaparecer en él. Algunos domingos, cuando la niebla toca los cristales del pueblo, Emma cree escuchar los tres golpes secretos, todavía esperando, hasta que alguien, valiente o perdido, vuelva a abrir la puerta.

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